Odile Rodríguez de la Fuente
Bióloga. Directora de la fundación Félix Rodríguez de la Fuente


Esta semana se está desarrollando la COP24 en Polonia. Tres años después de la histórica cumbre de París, en la que finalmente y tras veinte años de reuniones y protocolos, los principales países emisores suscribieron un acuerdo, se efectuará un balance de los logros y se ajustarán los niveles de ambición necesarios para alcanzar los objetivos de París. La situación es crítica. Los últimos informes del IPCC (Panel Internacional de expertos sobre Cambio Climático) y de la ONU sobre la brecha de emisiones, revelan, no sólo que los efectos y consecuencias de una subida de 1,5C serán peores de lo inicialmente previsto, sino que cada día estamos más lejos de, incluso mantener, la temperatura media global por debajo de los 2C. Ya deberíamos haber llegado al pico de emisiones globales y tendríamos que estar en la senda de la reducción. Sin embargo, el 2017 volvieron a subir las emisiones y seguimos añadiendo peldaños a la ya empinada y obstinada gráfica de subida de las temperaturas y concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, a una velocidad sin parangón en la historia de la Tierra. Según el último informe de la ONU, si quisiéramos lograr el objetivo de mantenernos en una subida de 1,5C, tendríamos que quintuplicar las ambiciones adquiridas en el acuerdo de París. Esto significa una reducción del 7% de las emisiones, cada año a partir de ya, para llegar al recorte de casi el 50% de emisiones en el 2030. Y a día de hoy, el país que más ha logrado reducir sus emisiones en la UE, no ha superado el 1,5%. Y así, cada año que pasa sin reducir emisiones a nivel global, se multiplican y hacen aún más quiméricos y “sin precedentes en su escala” los esfuerzos necesarios para asegurar un futuro mínimamente digno y saludable a nuestros hijos.

Ilustración de Javier F: Ferrero

La ciencia es clara. No es opinión, no es política, son conclusiones objetivas avaladas por más del 97% de la comunidad científica. De hecho y a pesar de los negacionistas, nunca ha habido más consenso científico sobre ningún otro tema en la historia de la humanidad. ¿Y qué nos dice la ciencia? Que somos la primera generación en sentir los efectos del cambio climático y la última en poder hacer algo para detenerlo. Qué la ventana de oportunidad para frenar un cambio disruptivo en el clima, se hace cada día más pequeña. Qué ya hemos causado efectos irreversibles y que cada día estamos más cerca -aunque una buena parte de los científicos opinan que ya hemos cruzado ese umbral-, de que mecanismos de retroalimentación positiva nos lleven a puntos de inflexión, que arrastren al planeta de forma abrupta e irrefrenable, a una subida de las temperaturas medias globales de más de 3-5 ºC.

Cada día se suman más voces de pensadores y científicos que nos advierten de un colapso natural y socio económico, de insondables dimensiones, como resultado del calentamiento global. Y no estamos hablando de algo que ocurrirá en 50 o 100 años. Ya estamos viendo los efectos de un calentamiento de 1 ºC y son peores de lo previsto por la mayoría de las proyecciones científicas. Si tenemos en cuenta, además, la inercia climática y que los escenarios del IPCC incluyen tecnologías de secuestro de carbono, aún no probadas a gran escala, podemos vaticinar que la situación es razonablemente peor de lo “aceptado pública y políticamente”. Como muchos están ya pidiendo, deberíamos dejarnos de contribuciones determinadas nacionalmente (NDC) y poner en marcha un plan de emergencia climática.
Personalmente nunca me he caracterizado por ocupar posiciones radicales o alarmistas en la defensa de la naturaleza. Siempre he querido ver el vaso medio lleno y apostar por lo bueno y positivo que hay en nosotros. Creo en la humanidad y en su capacidad innata para superarse y trabajar unida ante la adversidad. Creo en nuestro potencial para reconciliarnos con nuestra verdadera esencia, como una hebra más en la compleja y maravillosa trama de la Vida. Por ello siento una rabia y frustración enormes ante cómo estamos encarando el mayor reto que nunca antes ha afrontado la humanidad y que nos ha tocado vivir a nosotros.

Como divulgadora ambiental e hija de uno de sus pioneros a nivel mundial, no puedo procesar por qué permanecemos impasibles ante la emergencia de la situación. Achaco esa pasividad a la falta de información y pedagogía, así como al flaco favor que los medios de comunicación, la política y las grandes corporaciones nos hacen a ese respecto. Estoy segura que, en pocos años, cuando quizá sea ya demasiado tarde y suframos de lleno la primera oleada de los efectos de un cambio climático irreversible, la sociedad se alzará incrédula y quizá incluso se rebele de forma violenta ante los responsables de no haber hecho lo suficiente a tiempo. Pero a día de hoy seguimos hipnotizados bajo el influjo y espejismo de una cotidianidad frívola que se alimenta de problemas sobredimensionados. Es cómo el paciente que, padeciendo una enfermedad terminal, proyecta su frustración en disputas familiares y laborales. Cómo la colectividad humana en estos momentos, no quiere aceptar su situación y asumir el cambio necesario en su vida para elegir curarse. Porque, aunque parezca paradójico, la transformación en nuestra organización socio-económica necesaria para evitar el suicidio colectivo, representa no sólo la única cura posible, sino una mejora muy sustancial en nuestra calidad de vida, equidad y libertades. Supone colectividad, innovación y fuerza dejando en un muy segundo plano las diferencias, las fronteras y la competitividad que hemos erigido fruto de la codicia y manipulación de unos pocos.

Estamos ante una encrucijada crítica. Como si de una guerra se tratara, el cambio climático debe ocupar un espacio prominente en los medios de comunicación, las políticas de estado, la educación y la transformación socio económica. Se trata de una amenaza existencial que afecta a toda la humanidad y a buena parte de la biosfera. No hay tiempo para continuar en esta inercia de negación, frivolidad y cortoplacismo. Los esfuerzos necesarios para hacer frente a este reto, son sólo la reticencia y desconfianza propios de cualquier cambio porque las cualidades del nuevo paradigma, suponen un salto cualitativo sin parangón. Los pilares sobre los que nos erigiremos ya no serán los de una economía competitiva y dominada por unos pocos, o de una sociedad cuyo bienestar es medido en términos de su PIB, o de una ciencia mecanicista y supeditada al capitalismo. Nuestros pilares serán cincelados por los límites del planeta y su funcionamiento sistémico e interdependiente donde cada parte ocupa un rol equitativamente vital. El hombre, sometido por el hombre, verá su renacimiento y liberación, de la mano de la naturaleza.

Este, es un momento histórico y por ello debemos despertar y tomar las riendas de nuestro futuro. En ausencia de liderazgos claros, es perentorio que cada uno asuma su responsabilidad y pase a formar parte de la solución y así, al menos, deje de ser parte del problema. Ha llegado el momento de estar a la altura de las expectativas y esperanzas de nuestros hijos, o no nos lo perdonarán.


“Hay un misterioso ciclo en los acontecimientos humanos. Para algunas generaciones mucho viene dado. De otras generaciones se espera mucho. Esta generación tiene un rendezvous con el destino.”

Roosevelt 1936

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Licenciada en Biológicas y producción de cine creó y dirige la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente. Ha capitaneado grandes proyectos de sensibilización ambiental entre los que destacan exposiciones, la revista trimestral Agenda Viva, plataformas online, documentales para tve, libros, aplicaciones, congresos y una Marca de Garantía para productos de alimentación. Actualmente colabora llevando la sección de medio ambiente en un programa de radio con Juan Luís Cano, imparte charlas y escribe artículos de opinión. Pertenece a varios comités de asesoramiento, grupos de trabajo medio ambientales y a la Junta rectora de Rewilding Europe.

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