La decisión de la jueza británica Vanessa Baraister es una maniobra especialmente hábil y diabólica, muy favorable a los intereses reales de la Casa Blanca y del Nº 10 de Downing Street. En efecto, su decisión consiste en “rechazar”, temporalmente, la extradición del fundador de WikiLeaks para –en caso de ser necesario– organizarla mejor a su debido tiempo, evitando el coste político de una medida francamente impopular como es el envío de un denunciante a las garras del Pentágono. Y decimos “si es necesario” porque la extradición en sí no es, y nunca ha sido, el objetivo principal de los opositores de Assange; el objetivo era y sigue siendo silenciarlo para siempre, vivo o muerto.

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En 1928, Michele Isgro, fiscal del tribunal especial fascista de Roma, concluyó la lectura de la sentencia que condenaba al líder comunista Antonio Gramsci a 20 años de prisión por “incitación a la rebelión”, con la frase “Debemos impedir que este cerebro funcione”. La decisión de la magistrada Baraitser tiene un objetivo idéntico. Sólo se diferencia de la del fiscal italiano en la forma, ya que aquella mostraba menos perversidad y más franqueza que esta de la distinguida dama británica.

Una segunda ilusión fue creer o esperar que Joe Biden fuera más humanitario, más complaciente que su predecesor Donald Trump. Es exactamente lo contrario. No se trata, por supuesto, de exculpar a este último, xenófobo y reaccionario hasta la médula. Pero el favorito, y de lejos, del Estado Profundo (Deep State) era y sigue siendo Biden, no Trump. Y es este Estado Profundo, la conjunción de Wall Street, el Pentágono y el aparato mediático, el que quiere el pellejo de Assange, el que quiere su silencio definitivo, sin indulto alguno. No olvidemos que a la hora de calificar el “delito” del fundador de Wikileaks, fue Biden –ya en 2010– quien utilizó todo su poder político como vicepresidente de Estados Unidos para descartar cualquier asociación entre la labor informativa de Assange y la libertad de expresión o los delitos políticos. Fue él quien los calificó de espionaje e incluso de “terrorismo informático”.

No olvidemos tampoco que en su decisión provisional de no extraditarlo, la jueza Baraitser se preocupó escrupulosamente de dar su pleno acuerdo, sin la menor reserva, al contenido de los argumentos del solicitante estadounidense. Su pretexto “humanitario” tenía el objetivo concomitante de dar a la nueva administración de Biden un poco de tiempo para tomar algunas medidas de limpieza y maquillaje de las condiciones de detención, para que sus prisiones pudieran acoger al denunciante sin observaciones engorrosas. De este modo, ya no necesitarán pretextos humanitarios para que continúe la tortura, que es real, infligida a este periodista ya sea en Londres o en Virginia. Su única falta es haber hecho del coraje su oficio. Y haber utilizado su talento para que la gente conociera la dimensión y la banalidad de los crímenes cometidos por nuestros “poderes democráticos”, en particular, durante las guerras “humanitarias” que fabrican. Y cuál es el increíble alcance de su hipocresía cuando dan lecciones de libertad de expresión por doquier mientras se dedican a amordazar de por vida a la misma persona que es portavoz de esta libertad. El colmo de la hipocresía, la cobardía y el sadismo, sin duda.

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Cobardía lamentablemente compartida por otros protagonistas de esta infamia. Julian Assange puede no tener credencial de prensa. Puede que no tenga un título oficial de una escuela de periodismo. Pero eso es todo lo que ha hecho durante la mayor parte de su vida. Ejercer el periodismo es abrir, facilitar el paso a la luz. Es sentir el deber de expresarse cuando uno es testigo de algo y tiene la convicción, la sensación de que ese “algo” que ha visto debe ser transmitido, que no debe, no puede, permanecer en la sombra. Los múltiples premios de periodismo que ha recibido Assange sólo han reconocido esta condición sin tener en cuenta si era o no un periodista con carnet.

Por eso es penoso tener que constatar el imperdonable silencio de sus compañeros periodistas y de los partidos políticos que se proclaman demócratas, ecologistas, socialistas y progresistas y que, ante el crimen continuado que se está produciendo en Londres, optan por la pusilanimidad del silencio. Pues este silencio contribuye, discreta pero muy eficazmente, a facilitar la ignominia que se está preparando. “Hay circunstancias –dijo Miguel de Unamuno al general franquista Millán Astray– en las que callar es mentir”. Hay otras en las que callar es apoyar. En este caso, la sentencia de muerte que se prepara contra Julian y su palabra.

Vladimir Caller – Federación Anarquista

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