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Odile Rodríguez de la Fuente
Bióloga. Directora de la fundación Félix Rodríguez de la Fuente


Atrapados por el abrazo cegador de las ciudades, de los medios de comunicación, del día a día dentro de una estructura socio-económica que absorbe todas nuestras energías es difícil, por decir lo menos, adquirir conciencia de lo que ocurre fuera de nuestro contexto mas inmediato. Si lo hacemos, además, suele ser por noticias que nos asustan y dejan impotentes cómo la guerra de mercados entre EEUU y China, el Brexit, la sombra independentista y populista o los atentados de ISIS; todo ello aderezado por personajes de la talla de Trump y Putin. Saturados por un oleaje continuo de información, hemos aprendido a cerrar nuestras terminales, incapaces de procesar la cantidad desmedida de datos con que nos bombardean continuamente, con el objeto de manipular nuestra forma de vida, modelos de consumo, creencias políticas y un largo etcétera. Como resultado, la mayoría, pierde interés y curiosidad volviéndose escéptica ante cualquier noticia que no le ataña, directamente, y más si esta supone una llamada a la re-acción, al compromiso, a la demanda de transparencia, a cuestionarse modelos imperantes.

El reto está en como llegar, con información verdaderamente trascendental, a todos los que conformamos y consolidamos esta sociedad. Como lograr, sin alarmismos, que la gente recupere su autoestima y valore su fuerza para exigir, con toda la información en la mano, como deberían ser las reglas del tablero en el que todos jugamos.

Lo cierto es que más allá de nuestro contexto inmediato se cierne una realidad que debe ser tomada en serio. El modelo de “desarrollo” vigente, lineal, extractivo, competitivo y determinista, propicia un crecimiento ilimitado e insostenible que, como un castillo de naipes, se erige atractivo y seductor pero endeble, frágil y con unos costes medio ambientales y humanos imposibles de asumir. Los que estamos atrapados en el, al servicio de las decisiones de políticos y poderes económicos, vemos nuestras necesidades inmediatas satisfechas, sucumbimos a la publicidad de un bienestar sin parangón en la historia y no nos planteamos qué se esconde en la trastienda. Nadie quiere ver a costa de qué se construye el espejismo del “desarrollo” y el bienestar. Nadie se detiene a evaluar, si esta carrera frenética que tan ocupados nos mantiene, ha mejorado realmente nuestro bienestar interior y el de las futuras generaciones.

Sin embargo, dado que el citado modelo no sólo está en crisis, sino que claramente acarrea consecuencias que acaben por estallarnos en la cara, la sociedad tiene la obligación de saber fidedigna y sinceramente lo que conlleva. Tiene el derecho a conocer y poder elegir otros modelos, consciente de lo que implican. Poder apoyar de forma clara y factible lo que elijan, en base al conocimiento, a la transparencia. Poder ejercer su poder directamente a través del consumo responsable y el voto, para exigir a los políticos y poderes fácticos que se adapten y trabajen al servicio de los nuevos vientos.

Ciñéndonos al territorio dentro de nuestras fronteras, podemos afirmar que centralizar e industrializar la producción agropecuaria (para abaratar costes) y apostar por la cantidad en lugar de la calidad, ha dado lugar a un lento pero inclemente desmoronamiento del bagaje cultural y medio ambiental español. El 80% del territorio nacional está en crisis, viéndose esquilmado de sus pobladores. Con la sangría implacable que detiene el corazón de los pueblos, se pierden saberes tradicionales, cultura popular, usos y manejos del territorio integrados y adaptados a la naturaleza, modelos de vida que apuestan por la comunidad y la multifuncionalidad. De la mano de esta crisis antropológica que puede borrar nuestra identidad de un plumazo, se cierne la consabida crisis medio ambiental. Paradójicamente las dos van de la mano. Los biotopos y ecosistemas españoles son antropogénicos. Es decir, vinculados y dependientes de la actividad agrosilvopastoril tradicional que el hombre viene realizando en ellos a lo largo de los últimos siglos.

Sin embargo, el actual modelo de desarrollo, apuesta por la cantidad en lugar de la calidad -obligando a estabular los rebaños como máquinas de producción alimentarías, a cultivar a costa de fertilizantes, herbicidas e insecticidas con el objeto de obtener el máximo rendimiento de una tierra agotada- haciendo inviable la supervivencia del pequeño agricultor y ganadero tradicional. Es muy rentable para unos pocos, apostar por la cantidad y por modelos insostenibles, agresivos con el medio, con nuestra salud y con la pervivencia de nuestros pueblos. Pero el consumidor tiene derecho a saber lo que está comprando. Por qué una manzana que proviene de Chile es más barata que una ecológica de Aragón. Por qué nuestra economía considera externalidades (costes no reflejados en el precio final del producto) el daño ambiental y la falta de respeto a los derechos humanos en países del tristemente llamado tercer mundo.

Muchos, si supieran lo que se esconde tras un filete barato probablemente estarían dispuestos incluso a pagar un poco más en función de los valores añadidos que tiene un producto de calidad. Pero el kid de la cuestión, está en cambiar el sistema económico. En ofrecer una ventaja competitiva a aquellos productos que ofrecen beneficios ambientales y sociales mientras se tasan o simplemente se reflejan los costes reales, que hay detrás de los productos industriales, en su precio de venta al público. Sea como sea esos costes los acabaremos pagando todos, tal y cómo ya está ocurriendo con la crisis climática.

Aún estamos a tiempo de reconocer el protagonismo del agricultor y ganadero tradicional en la conservación y producción de biodiversidad, en su importancia como eje vertebrador de los pueblos, en su valor como receptor de una sabiduría oral que de no ser por el, se perderá. Ha llegado el momento de que tomemos conciencia de la realidad que nos sostiene, exigiendo transparencia en el etiquetado y la urgente trasformación de una economía que prime la naturaleza y el bien común, apoyando a los pocos héroes rurales que sobreviven y luchan por un modelo de desarrollo sostenible y responsable con la humanidad y la naturaleza. Ellos representan, incluso, los últimos seres libres del yugo homogeneizador del sistema actual; fuentes de sabiduría y sentido común, tan poco común en el día a día de una sociedad anestesiada.

 


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Licenciada en Biológicas y producción de cine creó y dirige la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente. Ha capitaneado grandes proyectos de sensibilización ambiental entre los que destacan exposiciones, la revista trimestral Agenda Viva, plataformas online, documentales para tve, libros, aplicaciones, congresos y una Marca de Garantía para productos de alimentación. Actualmente colabora llevando la sección de medio ambiente en un programa de radio con Juan Luís Cano, imparte charlas y escribe artículos de opinión. Pertenece a varios comités de asesoramiento, grupos de trabajo medio ambientales y a la Junta rectora de Rewilding Europe.

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