Por Jorge Casas Neira, coordinador de Alianza Verde en Castilla y León

Últimamente hemos tenido un incesante bombardeo de noticias avisándonos de la alarmante situación generada por la okupación de viviendas, pero poco se oye hablar de la okupación real que se está viviendo en muchas zonas rurales de España.

Obviamente, todas estas noticias torticeras y sin sentido alguno, no pretenden sino desviar la atención de problemas reales mucho más importantes. Como ya se ha hablado largo y tendido de este tema, no quisiera perder más tiempo intentando desmontar fake news, como gustan de decir ahora.

Sí quisiera, sin embargo, poner el foco en una okupación silenciosa que llevamos sufriendo en la «España Vaciada» desde hace tiempo sin atención mediática, sin grandes titulares, pero incesante y más que preocupante. Como consecuencia del abandono de las zonas rurales, muchas empresas aprovechan la oportunidad para establecer actividades contaminantes, que no generan empleo y que, básicamente, empeoran la situación, tanto a nivel poblacional como medioambiental. Claro ejemplo de ello son las actividades mineras a cielo abierto o las macrogranjas, que están creciendo como setas en otoño por toda la geografía de las zonas despobladas.

Un ejemplo paradigmático es el proyecto de mina a cielo abierto en Retortillo, un entorno protegido del Campo Charro donde la empresa australiana «Berkeley», pretendía extraer uranio a cielo abierto. Es más que sabido que el uranio en España es de baja calidad, por lo que todo hace pensar que el proyecto de Berkeley se limitaba a una simple operación financiera especulativa. Son ya muchos años de litigios para parar el proyecto, pero con la introducción de una enmienda en el proyecto de Ley de Cambio Climático para prohibir la extracción de minerales a cielo abierto en España, la coalición de gobierno ha asestado un golpe final al plan de la minera australiana.

Otra de las actividades que ha ido ganando fuerza en las zonas rurales en los últimos años son las explotaciones ganaderas intensivas, las llamadas macrogranjas. Fruto de la creciente demanda de carne -especialmente de porcino- en países como China, algunas empresas han encontrado un filón en la “España Vaciada” para la implantación de macrogranjas.

Estas explotaciones ganaderas son muy contaminantes, principalmente por la gestión de los residuos orgánicos o purines que acaban filtrándose al subsuelo y contaminando los acuíferos. Además de la contaminación por nitratos derivada de los purines, las macrogranjas causan un grave perjuicio en la biodiversidad de las zonas afectadas, así como un gran impacto paisajístico. Lejos de fijar población y crear puestos de empleo en zonas rurales, estas explotaciones tienen como consecuencia el cierre de negocios ganaderos familiares y la desaparición del turismo rural favoreciendo, aún más, la despoblación.

A pesar de las promesas de creación de empleo y dada la alta mecanización de estas macrogranjas, son pocos los puestos de trabajo necesarios para su funcionamiento y normalmente no son ocupados por gente de la zona. Todo esto sin hablar del maltrato animal, algo habitual en estas granjas que incumplen sistemáticamente la normativa sobre bienestar animal.

Dado que normalmente estas actividades se implantan en zonas despobladas, los promotores de las mismas contaban con tener muy poca oposición, pero la realidad se ha vuelto en su contra. Las organizaciones ecologistas estatales y algunos partidos políticos, así como plataformas locales, se han alzado en contra de esta okupación perniciosa de su entorno y en muchos casos han conseguido parar proyectos de implantación de macrogranjas en sus territorios. No obstante, el problema sigue creciendo y se estima que más de sesenta localidades de la provincia de Segovia tienen problemas de acceso al agua potable como consecuencia del alto nivel de nitratos derivado de las actividades ganaderas porcinas en intensivo.

Quizá debemos empezar a decir que en las zonas rurales te vas a tomar un café y cuando vuelves hay unos okupas en tu pueblo poniendo una macrogranja. A lo mejor de esa manera, los medios empiezan a hablar de los problemas reales del mundo rural. Quizá hablarían de que los servicios públicos cada vez son más escasos, de que cierran consultorios de atención primaria o de que el transporte público es insuficiente. Podrían hablar de que, a pesar de que las infraestructuras ferroviarias están hechas y enfuncionamiento, cada vez hay menos trenes y nos vemos obligados a usar vehículos privados o autobuses en el mejor de los casos, cuando el tren es menos contaminante.

En fin, se podría hablar de muchas cosas, pero parece que la España olvidada no «okupa» grandes titulares, de momento.

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