Cynthia Duque Ordoñez

La ONU ha hablado: condena las largas penas privativas de libertad impuestas a mujeres iraníes acusadas de conspiración a la seguridad nacional, de propaganda contra el estado y de «alentar y perpetrar la corrupción moral y la prostitución”.

La noticia no es que haya condenado a Irán una organización en la que una minoría de países occidentales y capitalistas gobierna el futuro de la mayoría de su asamblea, conformada por países en desarrollo que de postularse en contra del imperialismo son aniquilados. Pregúntenles a las mujeres libias. A ellas nadie les preguntó si querían ser bombardeadas, invadidas y usadas como moneda de cambio en juegos de poder para acabar en posesión de los yihadistas. Pregúntenles a ellas señores míos de las Naciones Unidas que opinan de su interés por el bienestar de las mujeres.

A nadie se le escapa que Irán vive inmersa en guerra fría con EE.UU, quien ha tratado de llevar al país eurásico la “democracia” como la llevó a Libia, Afganistán, Irak o Irán hace décadas en 1979. Véase la relación entre el gobierno de Jimmy Carter con el ayatolá Jomeini antes de la revolución islámica de Irán y después por miedo al fantasma del comunismo que recorría el mundo. Pocos saben que EE.UU desarticuló una insurrección militar iraní permitiendo la llegada al poder del ayatolá Jomeini con quien mantenía relaciones desde 1963 -según los informes desclasificados de la CIA-, es decir, 16 años antes del cambio de régimen. ¿El Sha llevaba tiempo sin ser útil o jugaban a dos bandas?

Al margen de que algunas de las que en España llamamos políticas presas promueven revoluciones de colores que acaban golpeando países no alineados -no imperialistas o que no se dejan espoliar- podemos asegurar que la situación de la mujer iraní no es la mejor con respecto a los derechos humanos, en buena medida gracias a la intervención de EE.UU para instaurar a Jomeini en el poder permitiéndole implantar su estricta moral islámica a uno de los pueblos musulmanes más modernos y laicos de su época.

Mas resulta curioso cuanto menos que no tengan repercusión mediática o política los crímenes de honor[1] en nuestro país vecino y aliado Marruecos. Tampoco los casos que cada año se denuncian de matrimonios forzosos de adolescentes violadas con sus violadores, los asesinatos en vía pública -lapidadas- en Arabia Saudí, entre otros muchos países. Claro, entendemos -pero no compartimos- la situación: no quieren molestar a los regímenes que impiden la llegada de inmigrantes subsaharianos a Europa y que permiten ocupar su territorio para desde aquel bombardear a otros países de Oriente Medio o del Golfo Pérsico.

Tampoco me voy a olvidar de las compañeras americanas que tampoco son escuchadas y que también se ven oprimidas por creencias y credos de sus gobernantes: de las mujeres y niñas argentinas que no tienen derecho a decidir sobre su cuerpo cuya salud y vida está en riesgo grave ya que las creencias religiosas -católicas- de sus gobernantes pesan más que su derecho a la dignidad y al libre desarrollo de la personalidad. Los abortos clandestinos en condiciones sanitarias pésimas son una muestra más de la discriminación social y sexista que sufren las mujeres pobres. Por otro lado, los feminicidios y secuestros de mujeres no disminuyen en México como tampoco lo hace la explotación sexual de niñas en Colombia.

A las elites solo le importan las pobres para una única razón: usarlas o esclavizarlas una vez las deshumaniza eliminando el sentimiento de culpa. Si la herramienta del patriarcado es la religión no es producto de la casualidad, sino de la intencionalidad de quienes nos quieren sumisas y calladas, de quienes controlan el orbe mundial y no quieren que nada cambie. Por ejemplo, si las mujeres nos rebelamos contra los trabajos de cuidados no remunerados ni valoramos no se reparten las tareas de cuidados, sino que se exige al Estado del Bienestar que lo supla y el capital lo último que quiere es aumentar los servicios públicos.

Las mujeres somos invisibilizadas por los organismos del capitalismo en su propia campaña geopolítica contra Estados no amigos y prueba de ello es la escasa difusión que se hace de la situación de las mujeres presas, declaradas culpables de su propia violación, encerradas en Estados aliados de nuestras democracias.

Los Emiratos Árabes reciben anualmente un alto número de inmigrantes asiáticos para realizar tareas domésticas o de constricción. En 2014 Human Right Watch entrevistó a 99 mujeres que habían ido al país para trabajar como personal del hogar. Los resultados fueron demoledores: la mayoría vivía encerradas en barracones sin pasaporte, habían sufrido privaciones de comida y descanso, apropiación de salario y 24 de ellas había sufrido violencia física o sexual. Eran esclavas en pleno siglo XXI, tratadas como propiedades en poder de sus empleados, quienes actuaban como “amos” o compradores. Los empleadores por ley deciden cuándo el trabajador empieza a trabajar, si se cambia de trabajo o si vuelve a su país. Durante la vigencia de la obligación contractual, los empleadores retienen el pasaporte del trabajador. A este sistema esclavista se le denomina “kafala” y ha supuesto que mujeres embarazadas producto de una violación de sus empleadores -las cifras son ocultadas por el gobierno de los EAU- acabe ataca con cadenas a la para de una cama de hospital por “adulteras”.

No son las únicas, pero sí las más vulnerables -alejadas de su familia, sin poderse comunicar con ella y pertenecientes a las castas más pobres de países en desarrollo y poco influyentes- en sufrir humillaciones y violaciones de derechos humanos en nombre de la religión: diversas mujeres de todo el mundo se han visto detenidas y encarceladas después de haber sufrido una violación en los Emiratos o en Qatar.

La religión culpa a la mujer del delito que comete el hombre, porque nos considera seres pecaminosos y perversos que prácticamente “llamamos” al delito y cuando el hecho se castiga no es por vejar nuestra dignidad. En 2013 Marta Deborah Dalelv de nacionalidad noruega fue condenada a 16 meses de cárcel por “adulterio” en Dubái tras denunciar a su compañero de trabajo. Su gobierno tan solo manifestó públicamente que la “apoyaría en la apelación”. Años más tarde, en 2016, otra joven europea, de origen holandés, fue violada durante sus vacaciones en Qatar, su pena fue conmutada por el pago de una multa y la deportación.

La religión no solo es enemiga de la mujer, también de la razón -crítica de la realidad material y objetiva-, por consiguiente del comunismo, al punto de venderse a los enemigos de sus creyentes, no sea que éstos piensen por sí mismos y dejen de financiar a señores que viven en la opulencia que dicen hablar con seres imaginarios. Tan solo en países laicos en los cuales no se apoye o fomente ningún tipo de credo las mujeres dejaremos de ser usadas como herramientas para perpetuar la sumisión de las capas obreras a los intereses neoliberales.

Mientras, la lucha bienintencionada se fracciona en cientos de grupúsculos luchando contra las consecuencias de la dictadura del capital sin ningún movimiento obrero fuerte que rebata al capitalismo las élites económicas tejes sus alianzas. Cuando nos demos cuenta de que la lucha obrera aúna a todas las demás y que es la única capaz de atacar el corazón del problema, quizás estaremos demasiado enredados en su tela de araña para poder escapar.

[1] Se conoce como crimen de honor a la violencia emocional, física o sexual que ejerce un hombre musulmán contra una mujer de su familia, pudiendo matarla como resultado de las lesiones sin reprobación de parte de la sociedad. Las ofensas incluyen la negativa a aceptar un matrimonio concertado, iniciar una relación con un no musulmán o alguien que no haya sido aprobado por la familia, negarse a seguir casada con un maltratador o llevar un estilo de vida excesivamente occidental.

El caso más reciente de crimen de honor es el asesinato de Israa Ghrayed, una joven palestina de 21 años brutalmente asesinada por su hermano tras publicar un vídeo en redes sociales con un joven que le había pedido matrimonio. El caso ha incendiado la opinión pública palestina que exige justicia y el fin de tal patriarcal práctica anclada en la religión.

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