Opinión

ONG, ¿elementos del Estado?

Desde diferentes posiciones del espectro político actual encontramos siempre a quienes argumentan que hay organizaciones de carácter no gubernamental que sirven como herramientas a los poderes estatales cuando se trata de minar los derechos de algún colectivo o la clase trabajadora. Aunque algunas de ellas redirigen hacia la inacción la organización o la rabia que pudiéramos encontrar en aquellas personas que se solidarizan con las causas más nobles, muchas otras —la gran mayoría y las más pequeñas y humildes— apuntan hacia el alivio o consecución de los derechos básicos y fundamentales de las personas a las que defienden o por las que luchan.

Antes de comenzar a discernir cuáles son las actividades o razones por las que unas forman parte del entramado del sistema que pretende desorganizar la lucha social y otras existen porque precisamente el sistema no respeta sus derechos, entender que el nacimiento de muchas organizaciones se da porque el Estado no es capaz de cubrir sus necesidades, entre otras cosas, es primordial.

Cuando empezamos a ver que hay ciertas organizaciones que tratan de perpetuar su existencia al no apuntar contra los actores que la han hecho nacer, sino que procuran mantenerse como herramienta social sin exigir al Estado que cumpla con sus deberes, podemos empezar a vislumbrar algunas corrientes que deberían encender alguna que otra bombilla en nuestra cabeza.

El carácter político

Por su parte, el recorrido que ha tenido la ayuda humanitaria desde sus inicios ha ido alterando el carácter político en su aplicación. Además, su profesionalización y relevancia dentro de la defensa activa de los derechos humanos ha producido un viraje en su esencia apolítica y neutral. Encontramos cómo la gran mayoría de las organizaciones que trabajan sobre el terreno integran en sus discursos amplias peticiones de respeto de los derechos humanos que están ligados, precisamente, a una ideología concreta, como es obvio y esperable.

Si bien es cierto, no debemos confundir la coordinación con el gobierno en la atención a un grupo determinado de personas con una continua colaboración entre Estado y ONG. De hecho, debemos diferenciar la relación de las ONG cuando tratan con el Estado y con la ciudadanía y de qué forma lo hacen, como comentaba en párrafos anteriores cuando no señalan las transgresiones que se pudieran cometer.

Por otra parte, y evidentemente, el tejido asociativo creado a partir de una necesidad no siempre implica la existencia de una organización de carácter humanitario. Son muchas las asociaciones vecinales o colectivos los que hacen un trabajo impecable a nivel barrial y que, si no fuera necesario, dejarían de existir. Hablamos aquí de recogida de alimentos, ocio, actividades para personas mayores o cualquier labor social que se nos pueda ocurrir que, si el Estado fuera capaz de proporcionar, la gente no tendría que organizarse.

Servilismo al Estado

Cuando hablamos de actores presentes en lo social vemos cierta relación con el servilismo al Estado a medida que el tamaño de la organización crece. Las pistas y actividades que nos pueden ayudar a identificar a este tipo de actores presentes en el entramado social durante décadas las encontramos tanto en la ciudadanía como en la relación que tienen con las instituciones a las que puedan servir. Hablamos aquí de elementos conciliadores enfocados hacia los oprimidos que postergan el malestar y el origen del problema no queda resuelto; o bien de mitigadores que de una forma ilusoria calman el sentimiento de injusticia implicando a la gente única y exclusivamente con su cuota mensual sin insistir en el poder organizativo que, en este caso, están monopolizando dichas organizaciones. Esto, además, libera el sentimiento de culpa o preocupación de quien en otra circunstancia podría dedicar algo más valioso y que las organizaciones más pequeñas siempre buscan: su tiempo.

Porque la solidaridad y compromiso, cuando se unen, son especialmente peligrosos para aquellos que tratan de arreglar el conflicto existente con parches de carácter institucional. Al fin y al cabo, se basan en la promesa de la solución del problema con el dinero de quien se queda satisfecho con su labor y compromiso social hasta que le llega la factura mensual. Esto se junta a que, aunque sean capaces de aliviar de forma momentánea los estragos de quienes atienden, si no se focaliza el problema y se trata de exterminar, como vengo repitiendo durante todo el texto, son una extensión más de un sistema que da y reparte las migajas necesarias para aplacar el descontento social.

Pablo Sánchez

Politólogo. Cofundador y coordinador de equipo de The Health Impact.

Entradas recientes

5,7 millones desplazas en RD Congo y el silencio internacional es de lo más llamativo

En los territorios de Rutshuru y Masisi, en Kivu Norte, más de 1,3 millones de…

4 días hace

Los CIE tan solo son cárceles encubiertas para amedrentar a la población migrante

Un informe arroja luz sobre una realidad sombría y a menudo ignorada en el tratamiento…

4 días hace

Seguí, Vox, España 2000, Losantos… Así fue el lawfare contra Mónica Oltra

Una invitación a reflexionar sobre el poder de los medios, la influencia de las campañas…

4 días hace

La hemeroteca se la juega a Ayuso y Feijóo

Marina Lobo, sin pelos en la lengua, nos recordó cómo las redes sociales y los…

4 días hace

El veto del PP a Miguel Ángel Rodríguez

El Partido Popular, haciendo uso de su mayoría absoluta, bloqueó una serie de iniciativas propuestas…

4 días hace

Pseudoterapias, estrés y cáncer: una combinación peligrosa

El mundo de las pseudociencias está lleno de mensajes erróneos que indican que nuestros padecimientos…

4 días hace