[Opinión] El conflicto catalán: Lo peor del “patriotismo” español

"La tierra no le pertenece a nadie y que la patria no tiene porqué traer violencia"

2
14Shares

Alfredo Rojas Salinas

Cuando hace unos meses se empezó a hablar del referéndum catalán me pareció que podría tratarse de un proceso bastante impredecible, enriquecedor e interesante. Los resultados de las consultas ciudadanas suelen despejar muchas dudas en cuanto al pensar y sentir de un grupo social respecto a un tema determinado y, en la mayoría de los casos, son bastante beneficiosos. Imaginé que de resultar una votación favorable a la independencia podrían abrirse las puertas de un proceso largo y complejo, porque también habría gente que quisiese seguir en España y bueno,  aparecerían detractores, cuestionamientos, debates, diferencias, procedimientos y correría el tiempo, con lentitud y densidad, pero con la convicción de que los consensos llegarían tarde o temprano. Nadie tiene porqué salir perjudicado.

Quizás no hubiese sido necesario eliminar las relaciones por completo. Tal vez retomar antiguas dinámicas, como durante la última república, en la que Catalunya se hallaba federada a España, pero funcionando de manera independiente. Es difícil, lo sé, pero alguna puerta se hubiese abierto, algo de cordura, sensatez, diálogo, solidaridad. Pero aquí estamos, cinco meses después, con un golpe de estado por parte del Gobierno de España, el ex gobierno catalán enfrentado con la ley y un fanatismo español que aplaude la violencia y la intolerancia.

Yo no sé qué tanto se quejan, si al final en su DNI dice que son españoles”, “si no te gusta España puedes irte”, “cuando alguien se quiere independizar de sus padres se va de casa y no se atrinchera en su cuarto”. Son algunas de los argumentos o eslóganes menos ingeniosos que ha ideado la derecha española en relación al deseo de algunos ciudadanos que no se sienten identificados con España. Son los mal llamados “patriotas”, esos que aún guardan la foto del fascista Franco bajo el colchón y que le piden, rosario en mano, que por favor proteja al país.

Para mí, lo peor de todo esto es que no me impresiona en lo absoluto. No me impresiona que se sientan orgullosos de su bandera, que la tengan en sus casas, en sus balcones, que la enseñen con prepotencia y altanería. No me impresiona que crean que España les pertenece y que piensen, con preocupante naturalidad, que los inmigrantes somos lastres, que las mujeres exageran con el tema del machismo, que hay que matar a los delincuentes (pero solo a los pobres), que el aborto está mal, que el catalán es idioma de perros y que los vascos son terroristas.

No sé qué historias les han contado, pero se las han creído. Quizás ni las historias se saben; quizás ni se las creen. Quizás es solo una manera desesperada de encontrar algo a que aferrar sus convicciones, de esperanzarse con la eterna promesa de estabilidad que plantean los Estados y que, por culpa de los invasores y los despatriados, nunca llega. Pero están equivocados, profundamente equivocados.

¿Qué les da el derecho de ser tan agresivos, soberbios e intolerantes? ¿Qué los hace sentirse tan vulnerables frente a cualquier idea que se escape de lo que proponen los estamentos que ostentan el poder? Está bien, hay complacencia en los medios de comunicación y sesgos en los relatos que conforman la identidad nacional. Pero no es justificante para la prepotencia y el atropello. Los “patriotas” han terminado formando parte de un ejército silencioso que ataca y escarmienta a cualquiera que muestre indicios de infidelidad nacionalista, erigiéndose como un mecanismo de control desde las bases mismas de la sociedad, lo cual resulta muy funcional a quienes ejercen soberanía política y económica sobre esta porción de la península ibérica.

Hay complacencia en los medios de comunicación y sesgos en los relatos que conforman la identidad nacional.

España puede ser hermosa, claro que sí. Pero su hermosura radica precisamente en su diversidad, en las distintas construcciones identitarias y de tradición que colman hasta los rincones más recónditos de este país. No es su poderío militar, ni su riqueza, ni su historia llena de sangre, ni la imposición de una lengua, ni sus atropellos contra las libertades, ni la condescendencia hacia el fascista, ni la injusticia social que representa una monarquía. No. Lo hermoso de España radica en su gente, en sus diferentes idiomas, en las reuniones familiares de día domingo, en la sonrisa desinteresada y en el camino a casa.

Pero nada de esto entienden los “patriotas”, los gritones, los enajenados. Esos que insultan y amedrentan a quien lucha por la igualdad, que vejan y humillan a quien aún guarda las heridas que España le propinó a su pueblo y a su familia, que hacen la vista gorda cuando los que piensan como ellos están procesados como delincuentes pero no olvidan ni el más mínimo rumor que llegue a sus oídos sobre un disidente. Son los mismos que se sienten orgullosos de que España, en el siglo XVI, haya sido el imperio más grande del mundo y se haya repartido el globo como si fuese un trozo de pan.

Espabilen. Recuerden que fracasaron y que jamás encontraron las indias, que saquearon, violaron y asesinaron a un continente completo, al mismo que actualmente sus grandes conglomerados económicos siguen explotando para dar vida a vuestra gloriosa nación. Es que al mundo lo rige el capital, dirá alguno. Pues que mal que así sea y que mal que lo intentes justificar, y que creas que las defensas de las fronteras son por tu bien. Los habitantes de otros países no están pendientes de ti ni de España, no quieren saquearlos, ni violarlos, ni matarlos, ni imponerles religiones, ni nada. Qué triste debe ser vivir con esa inseguridad y pensar que todos son potenciales enemigos, ladrones o terroristas.

Es que vosotros sois lo mismo y también nos gritáis a nosotros, dirá otro. Pues sí, porque existe una distancia galáctica entre defender las libertades y defender la represión. No hay lógica alguna en pensar que un mensaje de odio, de discriminación y de ofensa gratuita, sea homologable a intentar erradicar con fuerza todas esas prácticas retrógradas de represión verbal y física. No los estamos atacando, nos estamos defendiendo. Así que no sigan intentando ponernos a su mismo nivel, porque nuestra rabia es solidaria y la de ustedes es nauseabundamente egoísta.

La tierra no le pertenece a nadie y que la patria no tiene porqué traer violencia.

Antes de terminar quisiera dedicar unas palabras al tipo que entró enardecido en una cafetería de Bruselas y le puso a Puigdemont la bandera de España para que la besara. Déjame decirte, con la mayor de las tristezas, que no has entendido nada. Porque ese acto “patriótico”, esa violencia gratuita, esa prepotencia descerebrada, ese ego mal fundado, pasa por alto una serie de conflictos históricos, de penas, de muertes, de guerras, de abusos, de persecución y de amedrentamiento político, económico y social. Porque la soberbia de tu nacionalismo te hace sentir atacado y mancillado, pero no tienes idea, y te pasas por alto los saqueos y violaciones de la guerra de los 30 años, todo a causa de los caprichos de un rey ajeno. O las medidas autoritarias que trajo consigo el fin de la guerra de sucesión española, prohibiendo y criminalizando la lengua catalana. Y con Franco… espera, olvidaba que en este país no se habla de Franco.

Me parece profundamente triste. Creo con firmeza que sentir orgullo y amor por tu tierra está bien y que debiese ser algo saludable, que acoja y celebre la diversidad, y que nos una a través de la diferencia. Porque en cada pueblo de esta nación la gente se siente dichosa de saber que comparte costumbres, que tienen raíces en común, que aman sus fiestas y celebraciones, que las historias familiares recorren espacios que cambian constantemente, pero que conservan la tierna fidelidad de la tradición. Y para eso nadie tiene la necesidad de creer en una bandera.

Entiendan que la tierra no le pertenece a nadie y que la patria no tiene porqué traer violencia. Se olvidan que los conflictos que tienen dentro de su país los han creado sus propios reyes, tiranos y transiciones. Que los vascos y los catalanes estaban aquí mucho antes de que su reino de cotas ensangrentadas llegase a arrasarlo todo, y que no tienen ningún derecho de decirles cómo se deben sentir. Sean españoles, pero sientan vergüenza de la España que los acarrea, que los enlista y recluta, que los vuelve vigilantes y que en los momentos clave los olvida. Y recuerden, como última fuente de esperanza, que tienen la fortuna de que aunque la bandera española esté empapada de sangre por la historia, vuestras manos aun no lo están.

14Shares

2 Comentarios

  1. cuán patético e ignorante es el autor de este artículo, luego se quejan de que los españoles con carreras que tienen que emigrar, mientras que aquí mantienen a semejante simio al teclado. Recomendaría al periódico que ya que ha permitido a este individuo trabajar aquí, que se le costee una formación minima de ESO Y BACHILLER

Deja un comentario