Manuel I. Cabezas González
Doctor en Didactología de las Lenguas y de las Culturas

En uno de sus relatos, Juan Varela cuenta la broma que un grupo de estudiantes gastaron al despistado tío Cándido. Un día, cuando volvía de su olivar, seguido por su burro asido por el ronzal, un estudiante ocupó el lugar del burro mientras que sus compañeros desaparecieron con el pollino. Cuando el tío Cándido se dio cuenta del cambio, liberó al estudiante, al que creyó víctima de un encantamiento. Algún tiempo después, fue a la feria a mercar un nuevo jumento. Un gitano le ofreció uno y cual fue su sorpresa al ver que el burro que se le ofrecía era el mismo que se había transformado en estudiante. Entonces, acercándose a él, le dijo al oído: “Quien no te conozca que te compre”.

He traído a colación este relato de Juan Varela porque se puede establecer un paralelismo o analogía con ese otro “burro” de la política española: el camaleónico o veleta o bipolar de C’s que se hace llamar Albert Rivera. Este personaje es un alumno aventajado de Groucho Marx, aquel que, en una de sus películas, decía aquello de “estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.

Desde los inicios de C’s, Albert Rivera y sus muchachos no han dejado de contradecirse para, luego, tener que rectificar y cambiar sus principios. Han superado incluso a Zapatero y, por eso, se les puede aplicar lo que tan certeramente dijo Felipe González sobre este último: «Rectificar es de sabios y hacerlo todos los días es de necios». Además, se les podría decir también a los de C’s que sólo aciertan cuando rectifican. Miremos el espejo de la hemeroteca, para pasar revista sólo a algunos de sus maltrechos y cambiantes principios o contradicciones o incoherencias.

Desde el inicio de su vida política pública, allá por el 2006, el líder de C’s se ha hecho llamar Albert Rivera. Pero hete aquí que, en el Registro Civil, su nombre de pila es Alberto Carlos. ¿Por qué la catalanización y la amputación de su nombre de pila? ¿Acaso se debe a un complejo de inferioridad de charnego, sin pedigrí y con pretensiones “montillanescas”? ¿O acaso se debe al deseo de diluirse e integrarse entre los catalanes de la “ceba”, como sucedía con los “cristianos nuevos” en nuestra historia pretérita? Nombrar es dar vida e imprimir carácter. El cambiar el nombre es avergonzarse de sus raíces, es querer camuflarse como el pulpo o el camaleón. Es un comportamiento de cobardes y oportunistas. Pero hay todavía más.

En la primera campaña, con la que C’s se puso de largo, 89.840 votantes mordieron el anzuelo de la foto de Alberto Carlos Rivera, en pelota picada, y de unas frases programáticas y motivadoras: “No nos importa dónde naciste. No nos importa la lengua que hablas. No nos importa qué ropa vistes. Nos importas tú”. Frases resumidas en el eslogan: “Sólo nos importan las personas”. Además, se repitió insistentemente que los candidatos de C’s no eran profesionales de la política, sino profesionales que se iban a dedicar, durante un tiempo, a la política. Con este doble anzuelo, C’s consiguió pescar tres diputados: A. C. Rivera, J. Domingo y A. Robles. Ahora bien, “illico”, se desencadenaron las hostilidades entre ellos, olvidándose de las personas, para conseguir ser el macho alfa de C’s. Por cierto, Rivera lleva 13 años regentando la grey de C’s y no tiene visos de querer volver a su actividad profesional previa, si es que la tuvo alguna vez. Además, sólo le importa él y los fieles servidores de su guardia pretoriana.

Rivera y sus muchachos, según el momento y el lugar, negaron o no el pan y la sal, unas veces, al PSOE; otras, al PP. Y, a pesar de que afirmen que jamás pactarán nada con el partido de extrema derecha VOX, no tuvieron empacho en recibir financiación (varios millones de euros) del partido de extrema derecha Libertas e ir de la mano con ellos, en 2009, en las listas al Parlamento Europeo. «Cuando se pone sobre la mesa esa cantidad de dinero te lo planteas. Es uno de los parámetros que hemos tenido en cuenta», Rivera dixit. También han descartado futuros acuerdos con el partido de Sánchez y con el de Abascal. Dentro de unas semanas, veremos cómo cambian de opinión. Vender los principios por un plato de lentejas (unos millones de euros) no es coherente ni sensato y sólo se explica por el deseo patológico de llegar al poder por el poder. Y esto corrobora que la coherencia tampoco es moneda de curso legal en C’s.

Los de C’s mienten también sobre la edad del partido, tildándolo de partido joven, cuando ya va para los 14 años, y sobre su líder, Rivera, que tampoco es un líder reciente: a los 13 años al mando de C’s, desde su fundación, hay que sumar sus años en las Juventudes del PP. Y lo curioso es que no parece que él y su guardia pretoriana se vean afectados por la limitación de mandatos. Da la impresión que han echado raíces y que no han llegado a la política comidos y comiendo, sino para poder comer.

Haz lo que digo, pero no hagas lo que hago, podría responder Rivera, cuando alguien critique el sistema de primarias de C’s. Para cualquier pacto poselectoral, Rivera anunció que exigirá que los partidos hayan seleccionado a sus electos por el sistema de primarias. Ahora bien, se trata de una exigencia que no se impuso él mismo en las elecciones de 2013 ni tampoco en las del 28A. En efecto, en muchas circunscripciones, la designación digital fue la regla para poner en cabeza de lista a personajes mediáticos y populares, que aseguren una buena cosecha de votos.

Por el plato de lentejas de Libertas (varios millones de euros), C’s pasó de ser un partido de centro-izquierda a uno de centro-derecha, traicionando y prostituyendo, para más inri, tres principios básicos de C’s: el antinacionalismo, el regeneracionismo y sus propósitos renovadores. Ante este giro de veleta, un dirigente de C’s declaró: «estamos aquí por la ambición de un niño con cara bonita, sin ideología ninguna y capaz de casarse con quien le garantice poder y una portada».

Y si hablamos de transparencia y de respeto-aplicación de los estatutos de C’s, tanto una cosa como la otra brillan por su ausencia. Por un lado, en varios ejercicios fiscales, las cuentas de C’s han sido presentadas de forma extemporánea o no lo fueron, para ser auditadas por el Tribunal de Cuentas. Además, el que suscribe, como muchos otros militantes, fue expulsado testicularmente de C’s, sin seguir el protocolo estatutario. Motivo: exigir precisamente transparencia y respeto a las reglas de juego de los estatutos del partido.

Entre otros motivos, C’s nació para defender los derechos lingüísticos de los ciudadanos de Cataluña. Durante 13 años, no se ha conseguido nada, excepto que el español haya podido utilizarse en el Parlamento de Cataluña por los diputados de C’s. Pobre o, más bien, decepcionante resultado. Ante la pretensión de los nacionalistas catalanes de utilizar el catalán en el Congreso de los Diputados, Rivera manifestó que “sería poco práctico” y “ridículo” ir con el “pinganillo” en el hemiciclo. Sin embrago, algún tiempo después, Rivera se contradecía al defender, en una radio, que las lenguas oficiales estuvieran presentes en el Congreso.

En 2015, se produjo otra metedura de pata de Rivera, de la que tuvo que desdecirse. Según él, la regeneración de España “sería bueno que la encabezara gente nacida en democracia y sin las mochilas de la corrupción política”. Según esta descabellada propuesta, no estarían legitimados para este proyecto los mayores de 38 años: por lo tanto, ni él, que tiene 40 años, ni el 79% de los miembros de Comité Ejecutivo de C’s, ni los cabeza de lista de todas las elecciones. Además, con los fichajes estrella y el trasvase a C’s de militantes de otros partidos, muchos de ellos llegan con mochilas cargadas de malas praxis y con un pobre bagaje intelectual y, sobre todo, moral y ético. Muchos de estos fichajes se han estrellado ya contra la “prueba del algodón” y han salido rana.

Estos son sólo algunos de los sinsentidos, de las contradicciones que jalonan el ideario y la praxis de C’s y de su responsable máximo, Alberto Carlos Rivera. Estos mensajes contradictorios de C’s no hacen peligrar seriamente nuestra ignorancia de votantes, más bien la fortifican. Por eso, como el tío Cándido a su burro, le digo alto, claro y desde la “honestidad radical”: “Rivera, el que no te conozca que te vote”.

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