Feminismos

No es ningún misterio que el feminismo ha vuelto a irrumpir con fuerza en estos tiempos confusos, y ha logrado una vez más colarse despacito y sin hacer ruido en todas las esferas económicas y profesionales. Cada vez tenemos más claro que el feminismo no es algo marginal, y cada vez son más las que apoyan con su voz las premisas que defiende.  

Antes de ayer, cuando la presentadora y actriz Oprah Winfrey recogió el Globo de Oro Cecil B. de Mille, pronunció un atronador discurso que todavía resuena en las conciencias de los que, tras defender y blanquear la imagen de abusadores y agresores machistas, vieron como su trono se desmoronaba a golpe del #MeToo.  

Sin embargo, tengo la sensación de que hemos pasado por alto el hecho de que antes de ayer Oprah hizo muchas cosas más. Hizo muchas cosas más, digo, porque sacó a relucir uno de los mayores problemas a los que se enfrentan las mujeres (y por ende las feministas) en nuestros tiempos: el derecho a la palabra, y por encima de todo, el de ser creídas.  

Guardó unas palabras Oprah para el recuerdo de Recy Taylor, una mujer que (como muchas) fue violada y apaleada en los 40 por seis hombres que (como muchos también) jamás respondieron ante la justicia por sus actos. La palabra de una mujer siempre conlleva un precio. El de Recy (como el de muchas otra vez) fue el rechazo, el acoso, la persecución y los insultos. También pagaron un precio semejante Anita Hill, Nafissatou Diallo… Recuerdan quizá estas historias (como ha señalado Rebecca Solnit en su aclamado ensayo Los hombres me explican cosas) a aquella lejana epopeya en la que Casandra, la hermana de Helena de Troya, fue dotada de un don inusual: la capacidad de predecir el futuro. Sin embargo (y como todas las mujeres) este don conllevaba una maldición: la de no ser creída.  

No es casualidad que la falta de credibilidad que la sociedad otorga a las mujeres haya sido denominada por Solnit como ‘el síndrome de Casandra’. Porque Casandras, al fin y al cabo, somos muchas. Y no todas tenemos el altavoz que Oprah ha aprovechado con auténtica maestría.  

Desterrar para siempre el síndrome de Casandra pasa por entender que la histeria, la mentira y la venganza no son cualidades exclusivas de las mujeres, y mucho menos la tónica general cuando exponemos las violencias que sufrimos. Sin el privilegio de la credibilidad seguiremos poniendo el contador de feminicidios a cero cada 1 de enero. Y sin el privilegio de la credibilidad, seguiremos necesitando Oprahs que nos recuerden que sí, que los hombres (no todos, lo sabemos) abusan y violan.  

Muchos son los que han acusado a Oprah de aprovechar el discurso para lanzar su carrera hacia la Casa Blanca. Olvidan que con una violación denunciada cada 8h (solo denunciada) y más de 300 denuncias por violencia machista al día, cada vez está más claro que lo personal es político. Pero también viceversa.  

Este año hemos sufrido una de las peores oleadas de misoginia. Desde la defensa flagrante a los acusados de la manada, pasando por los casi cien feminicidios. Y resulta que casi cuatro de cada diez mujeres asesinadas había denunciado a su agresor. Los expertos maldicen y se tiran de los pelos en busca de esa fórmula mágica que nos permita acabar de una vez por todas con la violencia machista. La respuesta estaba mucho más cerca de lo que pensábamos: para acabar con la violencia machista, debemos, simplemente, creer a las mujeres.  

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