Juanlu Gonzalez

Todos los recientes presidentes norteamericanos, nada más acceder al poder, se marcaron como uno de los objetivos centrales de su mandato resolver el conflicto entre Israel y Palestina. Son conscientes de que es uno de los problemas más sangrantes que atenazan al mundo moderno, fuente de inestabilidad permanente en el mundo musulmán y, sobre todo, saben que el posicionamiento norteamericano –invariablemente del lado de Israel– perjudica enormemente la credibilidad de Estados Unidos en el mundo.

Donald Trump no iba a ser menos. Con la grandilocuencia que lo caracteriza, anunció un plan de paz para Oriente Medio que denominó “El Acuerdo del Siglo” y prometió un nuevo enfoque del problema, jamás usado anteriormente, que prometía una solución original y plausible para todas las partes. Sin embargo, la supuesta facilidad con la que iba a armar su histórico arreglo, se ha encontrado con multitud de trabas por el camino que han hecho que se demore una y otra vez su presentación en sociedad. Algunos ya lo llaman “El Acuerdo del Milenio” porque, a este paso, va a tardar mil años en concretarse definitivamente.

Ilustración de Javier F. Ferrero

Sin embargo, entre tanta ida y venida diplomática, ya se van filtrando detalles del futuro texto que podrían ser bastante preocupantes, de no ser porque se trata de un acuerdo muerto antes de nacer, dada su génesis, su procedencia y los precedentes de la administración Trump en relación a Israel. Y es que EEUU no puede ser mediador, ni árbitro en el conflicto árabe israelí. Todo el mundo es consciente de que EEUU es parte del problema, no parte de la solución. Siempre ha sido así, pero sobre todo desde el traslado de la embajada desde Tel Aviv a Jerusalén, contraviniendo los consensos internacionales y saltándose todas las líneas rojas establecidas por la Comunidad internacional. De hecho, los palestinos boicotean a la Administración Trump desde diciembre de 2017, cuando se hizo efectivo el traslado de le legación diplomática. Todos los puentes están rotos entre ambos estados, ni si quiera se cogen el teléfono. ¿Qué futuro tiene un supuesto acuerdo si una de las partes desconoce a su artífice?

Pero la cosa es aún peor, el acuerdo entierra definitivamente el modelo de dos Estados defendido por la Comunidad Internacional y por todas las administraciones estadounidenses anteriores a la llegada de Donald Trump, que era lo que mandataba la ONU y lo que el mundo ha considerado tradicionalmente como solución al conflicto árabe-israelí. El acuerdo acabaría definitivamente con la posibilidad de un estado palestino actual o futuro, lo que siempre ha perseguido Israel, aunque jamás se ha atrevido a reconocerlo públicamente.

El plan reduciría para siempre a Palestina a una especie de conjunto de bantustanes como los sudafricanos del apartheid, unas reservas para palestinos, sin continuidad territorial, sin viabilidad económica, sin soberanía, sin fronteras, sin ejército. Nada que pueda considerarse como un Estado viable. Por otro lado, supondría el reconocimiento a la ampliación de facto de las fronteras de Israel sobre tierras palestinas, culminando así un proceso de conquista que se inició en 1948. Es decir, el acuerdo consolida 70 años de robo ilegal de tierras por la fuerza. Es una aberración jurídica y un mal ejemplo para el mundo. ¿A cambio de qué? —se preguntarán ustedes.

Si lo que salió de Oslo o de la Resolución 242 de la Consejo de Seguridad de Naciones Unidas era una solución al problema que se resumía en la frase: Paz por Territorios, todo apunta a que el plan de Trump y su yerno Kushner podría resumirse en la frase «Paz por Dólares». Conlleva la renuncia a los derechos nacionales del pueblo palestino y la renuncia al cumplimiento de varias resoluciones del CSNU y de la Asamblea de NNUU y de tratados firmados entre ambas partes con supervisión internacional, a cambio de dinero para inversiones que ni si quiera sería aportado por Israel, sino por las monarquías del Golfo.

La supuesta “novedad” de este documento es que Trump pretende gestionar el conflicto palestino como si fuera una negociación empresarial a la que está más que acostumbrado. Para él, todo tiene un precio, esa es su visión mercantilista del mundo. Piensa que mejorando la calidad de vida del pueblo palestino, este va a renunciar a sus legítimos derechos. Porque cree que los derechos también pueden comprarse y venderse como si fueran ladrillos. Pero Trump y su yerno Kushner se equivocan, el pueblo palestino es un pueblo digno, tiene la razón, la legitimidad y la legalidad de su parte y no va a vender sus tierras ni su libertad como pretenden estos señores.

Eso es algo con lo que todos cuentan y ahí es dónde Trump se la está jugando. Por eso no se podría hablar en términos de acuerdo, todo apunta a que va a ser más un chantaje o una imposición. EEUU está haciendo valer su presión e influencia para atraer a su terreno a los países árabes y que se sumen al documento y, si el pueblo palestino no se aviene a aceptar sus términos, procurarán que anulen todo tipo de ayuda económica o humanitaria a Palestina.

EEUU ya ha movido sus fichas en este sentido, ha cortado la ayuda a Agencia de la ONU para Refugiados Palestinos ONU y ha puesto en peligro a escuelas y hospitales, sobre todo en Gaza y en los campos de la diáspora. Trump sabe que el retorno de 5 millones de palestinos refugiados es un derecho inalienable reconocido internacionalmente y que ese será un escollo insalvable para su execrable plan. Pero ni si quiera con esas presiones económicas la dócil Autoridad Palestina va a aceptar una humillación semejante, porque si lo hiciera, sería su última acción y sus responsables serían destituidos de inmediato.

De momento, parece que sólo Arabia Saudí y Emiratos, ambos aliados de Israel y EEUU en la región, apoyan el plan sin fisuras. Al resto de países árabes les cuesta digerir, por ejemplo, la ocupación judía total de Jerusalén y de sus lugares santos para el mundo musulmán. Probablemente sea ese uno de los motivos del retraso en hacer público el Acuerdo del Siglo. Tampoco sería fácil para Jordania aceptar una confederación con los bantustanes cisjordanos que alterase la composición de su país, o para Egipto anexionarse Gaza, por muchos petrodólares que llegarán desde el Golfo Pérsico a esos estados.

Pero no adelantemos acontecimientos. Los acuerdos son cosa de dos y nadie en Palestina consideraría si quiera sopesar las condiciones para el arreglo salidas de la agitada factoría de ocurrencias de Donald Trump. Ni EEUU, ni sus aliados, ni su magnate-presidente tienen suficiente dinero para comprar la legalidad internacional ni la dignidad de todo un pueblo que ha demostrado capacidad una asombrosa capacidad de resistencia durante tantos años. No hay más que ver cómo Hamás ha conseguido doblegar a Israel semanas atrás en Gaza, para comprender que no van a lograr imponer ningún acuerdo que vaya contra los legítimos, inalienables e imprescriptibles derechos del pueblo palestino sobre su tierra milenaria.

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Juanlu González, es un activista por la paz, anticapitalista y antiimperialista, que desarrolla parte de su tarea contrainformativa como analista en distintos medios nacionales e internacionales de prensa, radio y televisión. Experto en conflictos MENA (Medio Oriente y Norte de África) aunque, como internacionalista, no desdeña abordar otros espacios geográficos diferentes. Colabora asiduamente con las cadenas HispanTV y RT y mantiene su propio blog desde el año 2000, los Bits Rojiverdes, donde vuelca buena parte de su producción.

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