Pedir un bloque de cambio climático en el debate electoral es no entender nada

Javier Andaluz
Coordinador de Clima y Energía de Ecologistas en Acción


Termina el proceso electoral a Cortes Generales con lo que parece será la continuidad del gobierno de Pedro Sánchez. Una campaña, en la que ha resurgido el fantasma de la ultraderecha que entra en el Congreso de los Diputados con una fuerza importante. A diferencia de otros países europeos donde muchos partidos han extendido un cordón sanitario a estas formaciones, en España la fragmentada derecha no ha dudado en asumir que un pacto con Vox era viable y jugado en el terreno pasional del odio y la culpabilización a todo lo diverso. La irrupción de Vox con el beneplácito de los partidos de la derecha que han jugado en el terreno de la involución de derechos y libertades que predica la ultraderecha española. La emergencia climática no ha llegado a los oídos de los políticos, aún cuando Greta Thunberg, la juventud movilizada por el clima, la comunidad científica y miles de activistas estaban pidiendo afrontar la crisis que enfrentamos. Agitar el discurso del miedo ha sido visto por uno y otro lado del hemiciclo como una oportunidad que no han desaprovechado.

Más allá de los resultados parece que nuevamente la altura de miras y el cortoplacismo han dirigido los debates electorales. Es triste admitir que a diferencia de otros comicios en el que el cambio climático era totalmente ausente, esta vez, al menos, algo han dicho. Un insuficiente reconocimiento del reto donde la falta de liderazgo climático ha sido el objeto de denuncia a lo largo de la campaña. Han sido muchas personas las que han señalado la temeridad de que este no sea uno de los temas principales temas a abordar en el discurso político mayoritario. Una de las demandas que se han producido antes y después de los dos debates electorales televisados es la incorporación de un bloque específico sobre transición ecológica.

Una pretensión más que legítima, de obligado cumplimiento moral, abordar el cambio climático es la principal tarea política, social y económica que afrontamos y afrontaremos en el próximo siglo. El panel de científicos ha sido contundente y los países mediterráneos nos estamos jugando la supervivencia. Pero como dijo Greta Thumberg ante las Naciones Unidas, “No podemos solucionar una crisis sin tratarla como una crisis”, lo que en la práctica significa que no necesitamos un bloque sobre el cambio climático en los debates.

Considerar que el reto de la descarbonización puede parcelizarse, y evaluarse como un tema más a tratar implica no entender nada de lo que se nos avecina. Todas las políticas, los servicios sociales, los derechos de los que disfrutamos están íntimamente ligados con la respuesta que demos a la lucha climática. Una relación que se da en dos vías la primera es que sino abordamos a tiempo una drástica reducción de las emisiones desaparecerán las bases materiales que permiten que disfrutemos de estos derechos, mientras que, por otro lado, la forma en la que abordemos el cambio climático debe de dar una respuesta a un nuevo concepto de redistribución justa y sostenible. Porque la realidad es que el auténtico freno de la transición que necesitamos es la mentalidad de aquellos que siguen sin entender que el sistema económico actual no puede dar respuesta al reto climático. El pretender seguir con un modelo productivo globalizado y concentrado en las manos de unos pocos no podrá afrontrar la crisis climática sino que ampliará la exclusión de millones de personas y comprometerá recursos fundamentales para garantizar la justicia social. Aunque surge con fuerza el concepto de un nuevo capitalismo verde, este como mucho podrá poner pequeños parches, o más bien etiquetas verdes, que, aunque momentáneamente puedan suponer algún beneficio nos harán perder tiempo.

Durante la campaña muchos de mensajes han girado en torno a la identidad nacional, lo que muchos simbolizan con un trozo de tela diseñado para evitar las confusiones en las batallas navales y que la armada de Carlos III hundiera sus propios barcos que se  convierte en el ataque que lanzar al adversario. Sin embargo, independientemente de la visión que tengas sobre las fronteras, nuestra identidad como pueblos está forjada de èqueños elementos comunes. Estos son los que históricamente han forjado infinitas manifestaciones culturales y marcado las relaciones entre distintas sociedades, cuya mera supervivencia se encuentra amenazada de no abordar el reto climático. Los olivares, las dehesas, los campos de frutales o la trashumancia, están en un declive que irá agravándose como consecuencia de las acciones pasadas y enfrentan un enorme riesgo por la falta de acciones en un futuro.

¿Cómo se puede pretender salvar una “patria” cuando la abocamos a la desertificación? ¿No es profundamente estúpido que nos importe más que un ría marque una frontera, frente a que ese río pueda seguir llevando agua? Frenar el cambio climático es clave para seguir conservando los bienes que nos ha legado la tradición y el trabajo de las generaciones pasadas.  Es precisamente la relación entre los distintos ecosistemas de la península, incluidos los humanos, los que han formado la diversidad de identidades de nuestro país, y son los individuos que viven en él, desde una brizna de hierba hasta la población, quienes están en riesgo de desaparición o desplazamiento por el cambio climático.

El empleo y las pensiones son de las principales materias de discusión en los debates, junto a el las políticas fiscales copan gran parte de las escasas propuestas que se han escuchado en los debates. Estos bloques constituyen un ejemplo de la falta de visión climática de los líderes políticos, ya que a parte de la necesidad de financiar a través de una política fiscal la descarbonización de la economía, obvian abordar que seguir uniendo el empleo a la producción nos condena a ser incapaces de frenar el cambio climático.

Entender el reto supone comprender que el empleo tal y como se ha concebido tras la revolución industrial, es decir, ligado a la producción de bienes de consumo ha llegado a su fin. Un mundo dentro de los límites del planeta requiere un menor consumo energético y material, lo que hace inviable seguir con el paradigma del hiperconsumismo como motor económico. Esa realidad debería obligar a nuestros gobernantes a preguntarse cómo se va a dar respuesta a la reducción deseable de la producción de bienes. Negar esta realidad que se hará cada vez más evidente está provocando ya la expulsión de miles de personas del mercado laboral, cuya única salida es recurrir a la caridad, la mendicidad o la ocupación. Durante estos debates no hemos oído nada de como la economía debe de orientarse a poner en el centro la vida, a la consideración de los trabajos reproductivos, al establecimiento de mecanismos de garantía social como la renta básica, la reducción de las jornadas laborales, el desarrollo de una red local, cercana y sostenible para la alimentación, o el freno a las largas cadenas de comercio que están matando al planeta.

El informe Stern en 2008 ya fue muy claro señalando que cuanto más se siga retrasando la transición ecológica que necesitamos mayores serán los costes del cambio climático. Estar a la altura requiere un cambio radical de la forma en la que se da respuesta a los problemas, por ello, no se puede seguir pidiendo un bloque de cambio climático en los debates. Es necesario asumir que la respuesta climática que necesitamos pasa por que cada uno de los bloques de debate deba tener en consideración los aspectos del cambio climático, porque de no ser así, las propuestas sobre pensiones, fiscalidad, empleo,… chocarán con la realidad de los límites del planeta lo que antes o después será demasiado caro.

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