La Constitución de Pinochet fue reformada multitud de veces por diferentes gobiernos durante los últimos 30 años de democracia en Chile. Le fueron retiradas sus medidas autoritarias y antidemocráticas, pero siguió siendo el sostén del modelo neoliberal chileno e impedía grandes reformas estructurales como las claman los ciudadanos en salud, educación y pensiones.

Su final llegó ayer. El pueblo ha decidido y Chile, en un histórico plebiscito surgido en respuesta a protestas sociales acaecidas durante el último año, redactará una nueva Constitución y enterrará su actual Ley Fundamental, el germen de las desigualdades que originaron las revueltas.

Los chilenos votaron abrumadoramente a favor del «Apruebo» (más del 78 % de los votos), la opción que abre un proceso constituyente, y eligieron que este sea absolutamente ciudadano, encargando la redacción de la nueva Carta Magna a una convención constitucional (79 % de los votos) que estará compuesta por 155 personas elegidas por votación popular solo para ese fin. La participación superó el 50%, el mejor porcentaje desde que el voto dejó de ser obligatorio en 2012.

Pedro Vallín, periodista y escritor, ha comentado el gran paso dado por el pueblo chileno y ha estado especialmente acertado al hacerlo, pues solo necesitó 4 palabras para resumir la situación y dejar una pulla a la Constitución española: «Todo atado y desatado». No hace falta decir nada más.

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