Juan Ignacio Codina
Subdirector y cofundador del Observatorio Justicia y Defensa Animal
Autor de PAN Y TOROS. Breve historia del pensamiento antitaurino español


Cuentan las crónicas que, en la correspondencia que el rey intruso José Bonaparte mantuvo con su hermano Napoleón, Pepe Botellas se lamentaba ante el pequeño emperador francés de que “para conquistar España harían falta doscientos mil franceses”, y que ni con esas. Es conocida la resistencia que las tropas napoleónicas encontraron al invadir España a comienzos del XIX. He llegado a leer que, en las calles del centro de Madrid, algunas personas se tiraban debajo de los caballos de los soldados franceses para rajarles la tripa, a los caballos, y así diezmar sus recursos. Y es que, en la guerra, como se sabe, vale todo, y en una España que durante siglos había sido embrutecida, y que estaba acostumbrada a ver morir a decenas de caballos desangrados en una “festiva” tarde de toros, rajar como si nada a unos cuantos por la calle, tirándose al empedrado, debía parecer muy poca cosa.

Pero no crean que este artículo va a ser una diatriba contra  la histórica brutalidad del pueblo español —que podría serlo, pero no—. De hecho, seríamos unos ignorantes si creyéramos que solo España ha sido una nación de salvajes, mientras que el resto han sido  unos santos. No, ni mucho menos. De hecho, como decía el valenciano y gran antitaurino Vicente Blasco Ibáñez en uno de sus artículos en El Pueblo, precisamente titulado Brutalidad universal, ningún país se salva de la barbarie. Dicho mal y pronto, el autor de La Barraca denunciaba que en todas partes cuecen habas, y no le faltaba razón. Solo que, mientras que en otros países cada vez las fueron cociendo menos, en España se siguieron cocinando a diario, incluso hoy en día, y las servimos bien calientes y como plato único, acompañadas, eso sí, de banderillas, de sangre y de muerte, que así gustan más a los españoles.

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Esto lo debió entender a la perfección nuestro amigo José Bonaparte. Venía a “afrancesar” a un país “españolizado”, y se encontró con un pueblo que se mofaba de él, y que no deseaba salir ni de su propia inmundicia ni de su ancestral miseria intelectual. Pobre iluso el francés. No había sido el primero, ni fue el último, en intentar enderezar al pueblo español. Se quedó con un palmo de narices. No me extraña que se diera al vino, porque no hay nada más frustrante que pretender ayudar a alguien, intentar llevarlo por el buen camino, y que esa persona, erre que erre, haga oídos sordos. Más vino, por favor, y qué viva el vino.

El caso es que, como digo, el rey francés, y afrancesado, no había sido el único en empeñarse en reformar España. La idea era que nuestro país, tan grande para unas cosas, y tan miserable para otras, no solo formara parte de Europa geográficamente, sino también culturalmente. Muchos españoles ya lo habían intentado antes, e incluso también durante aquella misma época, y estos últimos fueron peyorativamente tachados de “afrancesados”, que era lo peor que a uno le podían llamar a comienzos del siglo XIX. Pero, hoy en día, gracias a destacados historiadores, sabemos que aquellos “afrancesados” no eran unos traidores. Ni mucho menos. Más bien eran grandes patriotas españoles, que lo único que pretendían era reformar a su país, regenerar sus costumbres y, en definitiva, mejorar al pueblo español. Eran, después de todo, aquellos “patriotas reflexivos” a los que años después se referiría Azorín.

Este escritor alicantino, y también gran antitaurino, decía que los “patriotas reflexivos” señalaban los males de la patria con el único afán de perseguir la mejora y el progreso del país. Pero, claro, frente a ellos siempre han estado los otros “patriotas”, los irreflexivos, los de cartón piedra. Vamos, los que agitan mucho la bandera pero, en el fondo, velan más por sus intereses que por la felicidad general. Y es que, en España ha habido siempre una corriente reaccionaria que se ha opuesto sistemáticamente al progreso. Sobre todo cuando el progreso era una amenaza y podía suponer la pérdida de privilegios para poderosos sectores económicos, políticos y religiosos. Así, cada nuevo intento de renovación, de reforma, ha sido encarnizadamente combatido por los que más tienen que perder con los cambios: la monarquía, la aristocracia, el poder económico, la Iglesia… Todos están muy interesados, incluso hoy en día  —o, mejor dicho, hoy en día mucho más— en que el pueblo español siga siendo víctima de caciques y de corruptos, pero que se mantenga “feliz” —e ignorante— con su ración de pan y toros, no vaya a ser que ahora a los españoles les dé por leer y que, cuando les robemos, se pongan a protestar. Eso sí que no, hasta ahí podíamos llegar. Un buen español es aquel al que roban y encima da las gracias, y vuelve a votar a los que le roban. Esta es la historia de España. Cada paso adelante ha supuesto dos hacia atrás. Y así nos va.

Parece que la patria se deja de lado si por medio hay diversión taurina, sangrienta y bárbara.

Y, esto, como persona culta que era, José Bonaparte debió entenderlo a la perfección. Militarmente la conquista española estaba resultando un verdadero desastre, así que había que buscar otros medios de meterse al pueblo español en el bolsillo. A ver, si a muchos reyes les había dado resultado, ¿por qué no iba él mismo a probar las políticas del pan y toros? ¿Que estos bárbaros españoles prefieren deleitarse viendo sufrir y agonizar a un pobre animal en vez de acudir al teatro o leer libros? Pues corridas de toros. ¿No quieres toros? Pues toma toros. Así, la proclamación de José Bonaparte como rey se celebró, por expreso deseo del monarca, con la organización de dos corridas de toros. Le duró poco al francés su “afrancesamiento”. Fue poner los pies en España y darse de bruces con la tozuda realidad del pueblo español. Seguramente, al galo le traían al pairo las corridas de toros, probablemente no le interesaban lo más mínimo: lo único que quería el rey, desesperado por congraciarse con sus nuevos súbditos, era ponerse al pueblo español de su lado. Dicho de otro modo: si los españoles se pirraran, por poner un ejemplo, por los pistachos coloraos, pues José Bonaparte los hubiera repartido a espuertas, desde carromatos, como en los desfiles. Pero claro, entre una buena ración de sangre, de barbarie y de cruel sufrimiento del pobre toro, y otra de pistachos, ¿qué clase de imbécil elegiría los pistachos, que además engordan una barbaridad? No, ningún español que se precie desdeñaría una buena dosis de brutalidad, que para eso ya están los extranjeros, tan ilustrados ellos que no saben apreciar el arte y la belleza de ver morir a un inocente animal chorreando sangre por la boca en una agonía hermosamente estética y digna de las almas más sensibles y cultas. Es decir, las de esos españoles taurinos que, como es bien sabido, nunca han tenido remilgos a la hora de desvivirse por las diversiones más inhumanas ni por el cachondeo más analfabeto y feroz, que para leer, pensar y dirigir el mundo ya están los demás. Y olé.

Nada, nada, aquí a matar toros y más toros. Sangre a borbotones. Más diversión y menos Ilustración, y no se hable más. Eso el monarca galo lo vio muy claro pero, seamos francos —nunca mejor dicho—, tratándose de españoles, tampoco había que ser un lince para darse cuenta de ello. Es más, cuando la Gaceta de Madrid publica el anuncio de las regias corridas en honor de la coronación, se dice literalmente: “El rey nuestro señor —se refieren a José Bonaparte—, deseoso de que el público se divierta y regocije con motivo de su real proclamación, se ha servido mandar hacer dos funciones de toros…”. Y los taurinos, cómo no, tan contentos. No en vano, siempre han sido —junto al resto de poderes establecidos— los primeros interesados en mantener al pueblo español en su analfabetismo más funcional, pues así perpetúan la barbarie tauromáquica con más facilidad que si el pueblo hubiera sido culto, sensible e instruido. Así, por tanto, debemos hablar, además del poder político, del económico y del religioso, del poder taurino. Todos ellos poderes fácticos que han pugnado más por sus intereses que por los de España y los de los españoles. Y lo siguen haciendo hoy en día.

Pero, volviendo a José Bonaparte —más que Pepe Botellas debería ser Pepe ‘el de los toros’—, la cosa fue incluso peor. Para quedar bien con el pueblo, rebajó las entradas para las corridas en un cincuenta por ciento. Y los españoles, con el país alzado en armas contra los franceses, tan contentos. Parece que la patria se deja de lado si por medio hay diversión taurina, sangrienta y bárbara. Primero la tauromaquia, y luego España. Por cierto, esta rebaja nos ha de recordar al reciente descuento en el IVA de los espectáculos taurinos con que el Gobierno de Rajoy obsequió al lobby de la muerte. Del 21 por ciento pasaron a pagar a las arcas públicas tan solo el 10 por ciento. A esto se le llama hacer patria, porque Hacienda somos todos, menos los patriotas de la sangre y la barbarie, claro, que esos van a lo suyo.

En fin, así es como todo sucedió con José Bonaparte. Venía a europeizar a España y él acabó españolizándose. Ahora bien, lo que nunca te contarán los “intelectuales” de la tauromaquia, esos que hablan con un lenguaje tan petulante como vacío, tan enrevesado como yermo, esos que vomitan una verborrea ampulosa pero sin contenido, lo que nunca te contarán esos es que un Gobierno español, el de Carlos IV, había prohibido la tauromaquia en España en 1805 y que, a cambio, fue un rey francés, un rey extranjero, José Bonaparte, quien de facto, tácitamente, las vuelve a legalizar mediante una Real Orden con fecha de 22 de julio de 1808.

Así es, señores taurinos, a ustedes que tanto se les llena la boca defendiendo este símbolo sangriento de la identidad nacional, esta seña de cutrez cultural y este patrimonio inhumano, resulta que un gobierno de españoles, de grandes patriotas, lo prohibió, y fue un rey extranjero el que, años después, lo legalizó. Pues vaya patraña de patrimonio nacional que es la tauromaquia si la vino a salvar, y por un mero interés político, un rey intruso. No nos vengan con historias. Que la gran fiesta nacional, el orgullo de nuestra nación, el santo y seña de la identidad de la patria, la envidia de nuestros enemigos, nuestras queridísimas corridas de toros fueran prohibidas por un gobierno español y fueran legalizadas por un monarca extranjero debería darles vergüenza. Al menos vergüenza torera. Pues ni eso. Y qué viva el vino.

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