Federico Velázquez de Castro González
Presidente de la Asociación Española de Educación Ambiental (AEEA)


Es ya un tema muy recurrente la alarma sobre si la crisis ecológica terminará destruyendo una buena parte de la vida sobre la Tierra, incluyendo la nuestra. Aunque la misma pregunta se formulaba antes en relación a la carrera de armamentos y confrontaciones militares, aspectos, por cierto, nada irrelevantes, ya que además de mantener las áreas de influencia, no es difícil pensar en disputas futuras por los recursos, incluyendo el agua y la tierra; y dado el desarrollo de los arsenales actuales, este  riesgo continúa presente. 

Mas, centrándonos en lo ambiental, tenemos serias razones para estar preocupados. De lo que más se discute hoy es sobre el cambio climático (o emergencia climática, como ya se la conoce), y sabemos que lo peor es su evolución exponencial, es decir, el tiempo tan veloz al que crecen las concentraciones de gases de efecto invernadero. Porque cambios climáticos, a lo largo de la historia (y de la humanidad) ha habido muchos, pero ninguno tan rápido como el presente. Aceptando el hecho de que la temperatura media global ha ascendido 1,1 ºC, los esfuerzos se dirigen a contener la subida, evitando la superación de 1,5 – 2ºC, por los efectos tan graves que acarrearía. Piénsese que dados los largos tiempos de residencia en la atmósfera de muchos de estos gases (100 años para el dióxido de carbono, por ejemplo), el vertido anual que de ellos se realiza viene a reforzar las concentraciones anteriores.

Desde que Donella Meadows y otros colegas del Instituto Tecnológico de Massachusetts trabajaran para el Club de Roma, hoy entrevemos el futuro a través de escenarios que integran la evolución de la población, el consumo energético, la tecnología, el nivel de vida…, eliminado especulaciones y colocando ante nosotros, a través de modelos matemáticos e informáticos, lo que el futuro puede depararnos. Y así encontramos una serie de resultados, desde los más asumibles a los peligrosas, todos dentro de lo viable, aunque con diferente grado de probabilidad.

Es fácil imaginar que un clima más hostil endurecerá las condiciones de vida sobre el planeta, especialmente a las poblaciones más vulnerables. Pero si no se actúa con decisión, una población creciente, que alcanzará los 9.000 millones de personas para mediados de siglo, demandará energía y bienes (sobre todo en las nuevas clases medias de los países emergentes) que, si se plantean bajo las ópticas consumistas de nuestras zonas enriquecidas, tendrían que utilizar masivamente combustibles fósiles, cuando la única solución a las irregularidades climáticas consiste en su abandono. En caso contrario, la temperatura aumentaría y el océano podría acidificarse y dilatarse (como ya ha comenzado a ocurrir), las corrientes térmicas dificultarse, y la capa de permafrost, que ocupa buena parte del norte del continente euroasiático y americano podría fundirse liberando dióxido de carbono y metano, que retroalimentarían el efecto.

En esas condiciones se produciría una gran hecatombe, debido a múltiples migraciones de las costas hacia el interior, de las zonas áridas a las templadas y de las muy frías (lo que ocurriría si la corriente del Golfo se interrumpe) a las cálidas. La humanidad debería reubicarse, y dada la ausencia de solidaridad y fraternidad que ya apreciamos ante los inmigrantes del Sur, los augurios no parecen muy esperanzadores. Finalmente, la humanidad estaría ante un desafío que posiblemente la diezmara, pero seguiría teniendo posibilidades de sobrevivir.

En esta línea, y pese a la presión de compañías y países que harán por continuar el comercio de los combustibles fósiles, el cambio climático ya está en las agendas políticas y, aunque no con la suficiente determinación, ya se vislumbran tendencias positivas: desarrollo de las energías renovables, inicio del transporte eléctrico, tasas elevadas de recuperación y reciclaje, impulso a la economía circular…, que nos irían alejando de los escenarios más comprometidos. Aunque sin bajar, por un momento, la guardia pues estas tímidas tendencias tendrán que vérselas con la acumulación, ya comentada, de las emisiones de gases invernadero. 

Existe, sin embargo, otro problema, de consecuencias igualmente graves y mucho menos conocido por la población. Se trata del grado creciente de intoxicación de nuestros organismos.

En el año 2003, la ex comisaria europea de Medio Ambiente, Margot Wallström, se sometió a una prueba analítica para conocer la cantidad de productos extraños que presentaba su organismo, dando como resultado la presencia de 28. La misma prueba la realizaría en España Cristina Narbona, entonces Ministra de Medio Ambiente, junto al resto de los ministros europeos, además del experto en medicina ambiental, Dr. Miquel Porta con idénticos resultados, pero con una oscilación en los compuestos detectados que en algunos de los casos alcanzaban los 43 en una misma persona. Lo que significa, extrapolándolo, que en todos nosotros existe ya una cantidad de compuestos químicos indeseables que, aunque en pequeñas proporciones –por sí mismos o por combinación entre ellos- pueden suponer una bomba de relojería para nuestro futuro.

El 99% de las mujeres embarazadas tienen en sus cuerpos una larga lista de sustancias químicas (Woodruff, T. el al., 2011) y la placenta es permeable a las mismas. Si hablamos sobre alteradores hormonales, se han contabilizado más de 900, muchos de ellos presentes en nuestra vida diaria (De Prada, C., 2019). Todos estos productos pueden venir a través del aire, del entorno laboral, del agua o de la alimentación. En los peces, por ejemplo, pueden detectarse metales pesados, dioxinas o hidrocarburos; en la agricultura convencional, plaguicidas; en los alimentos procesados, aditivos; y en cuanto a los microplásticos, se estima que participan ya de nuestro metabolismo. El hogar, asimismo, puede convertirse en una fuente de riesgos si utilizamos disolventes, ambientadores, insecticidas, lejías, fragancias…o simplemente a través de las emisiones del propio mobiliario.

Para hacernos cargo de la gravedad de los problemas mencionados, diremos que tanto en la crisis climática, en donde hemos alcanzando las 415 partes por millón de dióxido de carbono en la atmósfera, como en la intoxicación de nuestros organismos, estamos entrando en escenarios que jamás se han dado en nuestra historia, abriéndose un serio interrogante sobre lo que nos espera en el futuro.

Con el capitalismo jamás estaremos a salvo; su objetivo de vender en el corto plazo buscando el beneficio y no la salud, ha llevado a que la industria química, por ejemplo, haya colocado más de 100.000 productos en el mercado, el 90% de los cuales no está suficientemente evaluado. Existe una profunda contradicción entre el crecimiento sin restricciones, que es su verdadera vocación, y los límites que el planeta impone, límites que son ignorados con la creación continua de nuevas necesidades. 

Pero la ciudadanía también comparte responsabilidad. Se deben leer cuidadosamente las etiquetas de los productos, pues no todos son igualmente saludables; reducir al mínimo el uso del vehículo privado, escoger alimentos ecológicos, dentro de dietas de proximidad, bajas en carne y lácteos, y moderadas en pescado, especialmente los de mayor tamaño, que muestran mayor contaminación; limitar el consumo de ropa, cosmética…, sabiendo conservar los bienes y rechazando los envoltorios y envases abusivos. Manteniendo una posición crítica frente a la publicidad y la moda. Organizándose en asociaciones ciudadanas con el horizonte de la transformación social. 

Para salir adelante de estas amenazas se precisa una estrategia global en el que instituciones supranacionales, gobiernos, ayuntamientos y vecinos aúnen fuerzas apostando por la vida. Los acuerdos internacionales deben ser vinculantes y cumplirse. Y en los programas electorales el riesgo ambiental debe figurar de forma preferente. Pero la clave está en nosotros, los pueblos (como comienza el preámbulo de las Naciones Unidas), habida cuenta de los intereses que bloquean la toma de decisiones en los altos niveles. Sí, podremos sobrevivir, pero implicándonos para que no se juegue más con nuestra salud, ni con la del planeta. Hoy se alzan ya muchas voces críticas frente al cambio climático, pero se necesitan también contra la contaminación silenciosa. Algunos grupos de expertos y afectados ya lo hacen, pero todavía no es suficiente.

Hay una gran tarea por delante en la que científicos, medios de comunicación, ecologistas, médicos, profesores, sindicalistas…, deben informar y sensibilizar para pasar a una acción responsable. Asimismo, va llegando ya el momento de no quedarse sólo en el NO a lo que destruye, que quizás sea el obligado primer paso, sino que se debe ir diseñando el nuevo modelo al que nos queremos encaminar, para que ese anhelado marco de economía del bien común, fraternidad y participación, comience a forjarse en nuestras mentes y nuestros corazones. Las crisis pueden resultar oportunidades para alumbrar nuevos caminos, a condición de que nos encuentren preparados. En cualquier caso, no conviene demorarse; como gusta decir a Federico Mayor Zaragoza, mañana puede ser tarde.

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