Ana Morán

En mi barrio, como en muchos lugares de este país, vive alguna mujer que antaño fue prostituta. He conocido a varias, y, las memorias de mi madre, de mi abuela, y, de las vecinas, regalándome sus recuerdos, me hizo conocer las casas de tratos, aquellos lugares donde una mujer alquilaba habitaciones con derecho a cama, lavabo y palangana para vender su cuerpo a hombres que pagaban por ello. 

Algunas ejercían por libre, y, otras tenían un chulo con el que a menudo mantenían una relación durante algún tiempo. 

Maruja se autodenominaba “artista”- yo no soy puta, soy una mujer del arte-. Comenzó a prostituirse para sobrevivir en la época oscura de la posguerra, como Lola, cuyo hijo que padecía tuberculosis necesitaba antibióticos que sólo obtendría de estraperlo. Así empezó y terminó emigrando a Canarias, y, luego a Venezuela, a pesar de que su hijo falleció. Regresó con el suficiente dinero para comprar una casa y abrir un pequeño negocio. Nunca hablaba de sus años como “mujer de la vida” (otro eufemismo que usaban muchas prostitutas) 

Maruja no consiguió salir, tuvo muchos hijos y se desvivió por ellos, que son los que ahora la cuidan. Nunca logró prosperar. 

Antonia se casó con el camarero del bar donde trabajaba en la barra americana, y, Ani con un pequeño empresario que nunca dejaría de frecuentar clubes de alterne. 

Sí, entonces había mujeres que encontraban una salida a la prostitución en el matrimonio. A unas les fue bien, había amor. Otras, simplemente sobrevivieron sin necesidad de abandonarse cada noche en una cama ajena y vender su cuerpo para poder comer. 

Muchas abortaban y otras daban a sus hijos en adopción, con o sin documentos oficiales de por medio, o, esos niños y niñas acababan siendo criados por algún familiar, en el mejor de los casos. También existían la inclusa, el torno, y, los colegios internos. 

Pero ese panorama poco tiene que ver con la realidad actual. Sólo hay un nexo común, todas lo hacían por dinero, para sobrevivir, para alimentarse, para cuidar de su familia. No era un oficio, no es un trabajo, es la necesidad que lo domina todo. 

Hoy, la inmensa mayoría de la prostitución es trata, es violaciones continuas hasta reventarte por dentro, es mantener relaciones embarazada, con la menstruación que ocultan taponándose. Hoy es secuestro, drogadicción inducida y amenazas que no cesan para seguir lucrándose un entramado salvaje y mundial. 

 

Actualmente no te casas con tus clientes, los puteros; no sales por la puerta pagando la habitación que usaste, ni puedes comprarte una casa con ahorros. 

En nuestros días, las mujeres son explotadas, no ganan nada porque acaban endeudadas con viejas cuentas a estos proxenetas que las engañan, y las alejan de todo lo que tenga que ver con la sociedad, de cualquier atisbo de humanidad. 

Por eso cuando alguien habla de legalizar la prostitución hay que dejarle bien claro que las famosas scorts, putas ricas que cobran un pastizal son varias, no una generalidad. Esos opinadores tendrían que conocer la realidad cotidiana de clubes y burdeles, que se niegan a ver. Tenemos que abrirles los ojos a la vida diaria de estas mujeres que no eligieron sufrir lo indecible y que “no son artistas”, ni “mujeres de la vida”, son esclavas de un sistema que las maltrata y del que muchas quieren escapar. 

Abolir la prostitución es luchar por los derechos humanos, por la dignidad de miles de mujeres para que puedan encontrar una vida mejor. 

La prostitución sólo enriquece a los proxenetas y a las mafias, que son tan delincuentes como el putero que paga lo que considera unos servicios, y, contribuye al dolor y sufrimiento continuo de cada mujer con la que se acuesta, ella sin ganas, sin consentimiento, lo que la  ley denomina agresión. 

Por eso, no lo llaméis oficio cuando realmente es una explotación. 

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