Eva García Sempere
Coordinadora del Área Federal de Medio Ambiente de Izquierda Unida
Bióloga. Diputada de la XII legislatura en el Congreso


«La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sostenible y ecológica, y su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo. Esto pone a aquellos que producen, distribuyen y consumen alimentos en el corazón de los sistemas y políticas alimentarias, por encima de las exigencias de los mercados y de las empresas. Defiende los intereses de, e incluye a, las futuras generaciones. Nos ofrece una estrategia para resistir y desmantelar el comercio libre y corporativo y el régimen alimentario actual, y para encauzar los sistemas alimentarios, agrícolas, pastoriles y de pesca para que pasen a estar gestionados por los productores y productoras locales. La soberanía alimentaria da prioridad a las economías locales y a los mercados locales y nacionales, y otorga el poder a los campesinos y a la agricultura familiar, la pesca artesanal y el pastoreo tradicional, y coloca la producción alimentaria, la distribución y el consumo sobre la base de la sostenibilidad medioambiental, social y económica. La soberanía alimentaria promueve el comercio transparente, que garantiza ingresos dignos para todos los pueblos, y los derechos de los consumidores para controlar su propia alimentación y nutrición. Garantiza que los derechos de acceso y a la gestión de nuestra tierra, de nuestros territorios, nuestras aguas, nuestras semillas, nuestro ganado y la biodiversidad, estén en manos de aquellos que producimos los alimentos. La soberanía alimentaría supone nuevas relaciones sociales libres de opresión y desigualdades entre los hombres y mujeres, pueblos, grupos raciales, clases sociales y generaciones.»

O, dicho de manera resumida, la Soberanía Alimentaria es la respuesta para construir un nuevo modelo alimentario, que rompa la actual agricultura industrial globalizada que desde hace ya muchos años ha perdido su propósito inicial de ser un medio de vida y proveer alimentos a la población.  O, dicho de otro modo, es la posibilidad de decidir qué comemos y qué y cómo producimos.

En un contexto en el que se producen más alimentos que nunca a nivel global, también tenemos más personas que nunca pasando hambre, y más y más productorxs que no reciben precios justos y tienen serios problemas para continuar con la actividad. Cuando vamos a comprar alimentos, lamentablemente cada vez más en supermercados y menos en tiendas de barrio o directamente a productorxs, si nos fijamos en el origen de los productos,  muy pocos son de nuestro territorio. Los productos elaborados son casi todos de las mismas marcas y están compuestos de muchos ingredientes, muchos de ellos  culturalmente alejados de nosotros o directamente desconocidos.

Lejos, por tanto, queda la famosa afirmación de Brillat Savarin: «es más fácil que alguien cambie de religión que de forma de desayunar»

A pesar de la oferta que encontramos en mercados y supermercados, la diversidad agroalimentaria se está reduciendo y avanzamos hacia una dieta globalizada. Según estudios recientes del Centro Internacional para la Agricultura Tropical de Cali, Colombia  en los últimos 50 años ha aumentado la similitud de la dieta de distintos países y culturas, con un promedio de un 36%. Este hecho, según distintos estudios, supone un riesgo para la salud, para la producción y para seguridad alimentaria; sin contar, por supuesto, el riesgo de pérdida de identidad cultural.

El estudio titulado “El aumento de la homogeneidad en la oferta mundial de alimentos y las implicaciones para la seguridad alimentaria”, que  ha sido publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA (PNAS), analiza cómo han cambiado en los últimos 50 años el consumo de alimentos para buena parte de la población mundial. La principal conclusión es que la dieta de distintos países y culturas del mundo es cada vez más similar en su composición, y esto supone una amenaza potencial para la seguridad alimentaria.

A grandes rasgos, el estudio afirma que ha aumentado el consumo de alimentos más energéticos y con mayor contenido en grasas y azúcares (y, algo que se venía advirtiendo, mayor consumo de alimentos de origen animal) y se está acotando la variedad de cultivos consumidos a unos pocos. Los cereales en que se basan las dietas a nivel mundial son el trigo, el arroz y el maíz  y, en cuanto a oleaginosas, la soja, palma, colza y girasol. El consumo de todos ellos han aumentado de forma desproporcionada en las últimos 50 años y, en paralelo, ha provocado el descenso en el consumo (y por tanto en el cultivo) de otros alimentos como el centeno, el mijo, el sorgo, la yuca, la batata o el ñame. En ese sentido, aumenta la dependencia de los países en cuanto a acceso y disponibilidad a la cesta básica alimentaria y a unas pocas variedades determinadas y se generalizan los problemas asociados a cultivos (plagas, enfermedades y problemas causados por el cambio climático) a regiones cada vez más extensas, con lo que se pone en peligro el suministro mundial de alimentos, mientras disminuye la agrobiodiversidad, la sostenibilidad de los sistemas y el futuro de los productores locales. Asimismo, la asunción de una dieta globalizada (muy diseñada para grandes consumos de carnes y grasas en general en detrimento de legumbres, cereales y verduras) también contribuye a un aumento de la incidencia de enfermedades asociadas, como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y algunas formas de cáncer. Además de no ser universalizable.

Un ejemplo curioso que podemos poner es la quinua: este pseudocereal peruano, que está haciendo furor en las cocinas punteras españolas y europeas en general y del que se está hablando excelencias, apenas se consume en su país de origen ya que el precio es superior al de la pasta de trigo o maíz, según denuncian asociaciones de productores peruanos.

Como decíamos, a pesar de la gran variedad alimentaria, dependemos de apenas más de 100 especies; sólo entre arroz, trigo y maíz se alcanza más del 60% de la producción mundial. Según indican algunos estudios, bastaría una disminución notable de los rendimientos de sólo dos de los cultivos mayoritarios para provocar una fuerte crisis alimentaria en sólo un año.

También existe un riesgo geopolítico. La dependencia de unos pocos países productores hace que, en el caso de conflicto, se vea seriamente comprometido el acceso a los alimentos. Sin ir muy lejos, el conflicto en Ucrania hizo aumentar el precio del trigo y el maíz generando una crisis en los mercados europeos. También compromete la viabilidad de sectores por su alta dependencia de las exportaciones, como se vio en el sector cárnico en la crisis de veto ruso.

Ante esta situación, en la que además se alerta del impacto del cambio climático en distintos cultivos y cómo se está comprometiendo el acceso a alimentos tan asumidos en nuestra dieta diaria como el chocolate, el café o la cerveza, plantear políticas se soberanía alimentaria basadas en la lucha contra el cambio climático, en favorecer mercados y producciones locales, así como en recuperar variedades tradicionales que, por un lado estén adaptadas a las condiciones climáticas y geográficas, así como permitan aumentar la variabilidad genética y por tanto la capacidad de resistir a los cambios, deviene fundamental.

Respecto a esto último, tomando medidas que debemos poner en marcha de manera urgente y que pueden ser fácilmente impulsadas desde las distintas administraciones locales, autonómicas y estatal, encontramos dos prioritarias:

  • Garantizar la diversidad genética de los principales cultivos, mediante la recuperación,  conservación, desarrollo y crecimiento de variedades locales con distintas características que permiten una mayor adaptación a distintas condiciones.

  • Fomentar un aumento en la variedad de cultivos alternativos para diversificar la dieta, e investigar cómo es posible optimizar nutricionalmente la misma combinando distintos alimentos y recuperando alimentos o técnicas alimentarias que permitan una dieta completa. Asimismo, esto serviría como elemento de sensibilización y difusión del estrecho vínculo entre diversidad de cultivos, diversidad de la dieta y la salud.

Es obvio que esto solo resuelve una parte. Acabar con los tratados de libre comercio que estrangulan las economías locales y comprometen la diversificación productiva apostando por macrocultivos y agricultura industrial es otra de las líneas de trabajo imprescindibles. Acabar con el modelo agroindustrial es, también, una cuestión de supervivencia: consume más energía de la que devuelve en forma de alimentos. Esto significa ( Según estimaciones de Pimentel en “Energy, Food and society”) que si se dedicara todas las reservas conocidas de petróleo exclusivamente a alimentar a la población mundial con los sistemas de producción, distribución de alimentos y dieta americanos, sólo habría petróleo para unos 11 años.

La dieta importa. Y no puede ser solo una cuestión individual: no es justo volcar la responsabilidad en las personas consumidoras sin más mientras los grandes estrategas geopolíticos nos imponen qué y cómo consumimos.

Las políticas públicas de alimentación han de saltar a primera línea. Nos jugamos el futuro, y no es una frase épica.