Loïc Alejandro
Coportavoz federal de EQUO


Hemos visto en los pasados días como la DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) ha provocado lluvias torrenciales con los efectos que conocemos de inundaciones, corrientes, desbordamientos, riadas y demás desastres. Muchas veces se habla de «lluvias destructoras» y «aguas devastadoras», pero la lluvia solo cae del cielo y el agua solo coge el camino más corto para bajar. En lugar de echarle la culpa a un elemento como el agua, tal vez debamos hacer autocrítica y preguntarnos por qué cae tanta cantidad de lluvia y por qué el agua arrastra zonas construidas.

Una plétora de informes científicos explican y advierten que, debido al calentamiento global, serán cada vez más frecuentes y potentes las manifestaciones climáticas extremas (inundaciones, tormentas, …). Y otra plétora de informes sostienen que este calentamiento global es de origen antrópico, es decir, debido a la actividad humana.

Tenemos una responsabilidad colectiva en las DANAs, hay que asumirlo y actuar en consecuencia. Por supuesto, siempre hay negacionistas. A quienes dudan de esa realidad, les preguntaría lo siguiente: si, en el caso de tener que cruzar una pasarela, hay 99 especialistas de pasarelas que dicen que se derrumbaría con el peso, contra uno que dice que se puede pasar tranquilamente, ¿Cruzarían o no cruzarían la pasarela?

Más que sobre el por qué de tanta lluvia, quiero centrar mi reflexión sobre otro aspecto: ¿Por qué el agua arrastra zonas construidas? Por tres factores: porque cae más lluvia, porque se ha construido demasiado en zonas inundables y porque el agua no tiene por dónde infiltrarse y esparcirse. A este último aspecto quiero dedicar el resto de esta reflexión

Entre 1987 y 2011 la superficie artificial en España ha aumentado al ritmo de 51 hectáreas cada día. Una cifra vertiginosa que se podría entender si el aumento de la población fuera a la par, pero la tasa de artificialización ha sido de un 55% mientras la población ha aumentado tan solo un 21% en el mismo periodo.

Debemos revertir esa situación y actuar en 3 niveles: reducir, renaturalizar y permeabilizar. La mejor forma de luchar contra la artificialización es no tocar los espacios naturales. La lógica es la misma que con los residuos: primero reducir. Hay suficientes espacios construidos y degradados disponibles para crear nuevos proyectos sin necesidad de consumir más espacio natural.

Es también fundamental renaturalizar los espacios construidos. Paredes vegetales, cubiertas vegetales, islas vegetadas no son solo instrumentos para teñir de verde a las ciudades, son soluciones para convertirlas en espacios biofílicos, es decir aptos para el desarrollo de la vida, para albergar una biodiversidad rica. Por último, artificialización no significa siempre impermeabilización. Existen técnicas y revestimientos que permiten la filtración del agua de lluvia en el mismo sitio donde cae, evitando así su acumulación y las escorrentías. A su vez, como el agua no está sucia, puede infiltrarse en el suelo. De esta manera, se reconstruye el ciclo natural.

Esas técnicas basadas en la naturaleza y en permitir la filtración e infiltración del agua se denominan en España Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS). La manera convencional de gestionar el agua de lluvia es canalizándola en tuberías, concentrándola, y evacuándola. Se dimensionan las instalaciones convencionales de tal manera que sean suficientemente grandes para absorber episodios puntuales de mucha cantidad de lluvia. Se trata de un enfoque puramente hidrográfico, es decir basado en calcular cómo quitar el agua del medio, cuando el enfoque debería ser hidrológico, es decir, basado en el respeto del ciclo natural del agua.

Es también una cuestión de sentido común. El agua de lluvia es agua originalmente limpia que, al no poder filtrarse en el pavimento convencional, se desplaza y arrastra suciedad química y física, y entra en el sistema de canalización. Y allí, en demasiadas ocasiones, se mezcla con las aguas residuales. Es algo absurdo porque, a fin de cuentas, ensuciamos inútilmente un agua limpia, que luego hay que volver a descontaminar cuando llega a las depuradoras.

Este proceso tiene consecuencias económicas, puesto que la ciudadanía soporta con los impuestos y tasas el coste del saneamiento del agua. Por ejemplo en Donostia / San Sebastián la cantidad de lluvia que cae en suelo artificializado casi triplica el consumo de agua de su población, lo que significa que el coste del saneamiento podría dividirse casi por tres. Concretamente, la factura anual para una persona viviendo en Donostia / San Sebastián como yo, podría pasar de unos 200€ a menos de 130€ si el agua de lluvia estuviera gestionada integralmente con sistemas de drenaje sostenible. Un ahorro importante que justifica ampliamentea renovación de los suelos y cubiertas para integrar esos sistemas. Esto también es empleo verde, un empleo que genera más respeto hacia la naturaleza y más ahorro para el bolsillo.

Por todas esas razones, es precisa una nueva piel urbana, permeable y natural. Falta todavía mucha pedagogía en las instituciones y las empresas relacionadas con el sector del agua. La ordenanzas municipales y las normas urbanísticas deben fomentar el uso de esos sistemas y los pliegos de concesión deben incorporar una visión del ciclo del agua respetuosa con los procesos naturales.

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Concejal EQUO en Irabazi Donostia (Ezker Anitza - EQUO). Coportavoz federal de EQUO. Colaborador de ATTAC, Greenpeace, Intermon Oxfam, ACNUR, Medicos Sin Fronteras, Cruz Roja, Amnistia Internacional, HUB Donostia, Fundación Colibris, BeWelcome, Babyloan.

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