José Eizaguirre. Militante de Por Un Mundo Más Justo.

Las fechas navideñas, al margen de su dimensión religiosa, pueden considerarse las «fiestas patronales del consumismo». Al menos hasta estos tiempos de pandemia han sido los días del año en que las compras se disparaban más. Y, sin poder contrastar datos todavía, seguramente este año también lo hayan sido, aunque no se haya llegado a los niveles de otros años. Son, por tanto, días oportunos para hablar de compras y de consumo.

Es una realidad que desde que comenzó la pandemia causada por la Covid-19 la economía se ha contraído, con las dramáticas consecuencias que está teniendo para muchas personas que han visto reducidos sus trabajos y sus ingresos. El Estado hace bien en endeudarse para ayudar económicamente a estos trabajadores afectados. Pero no es difícil compartir la opinión de los expertos cuando advierten que esta situación no puede prolongarse indefinidamente.

Junto a ello, entre la gente se percibe una pregunta inevitable, y más aún en estas fechas navideñas: ¿es bueno consumir más para reactivar más la economía? Y si la respuesta es positiva: ¿es bueno comprar y consumir cuanto más mejor, para contribuir a la recuperación económica cuanto más mejor? Planteado de esta manera, el consumo se reviste de una dimensión social y solidaria: cuanto más consumimos –cada cual según sus posibilidades– más contribuimos a reactivar la economía y, por consiguiente, al bien común. De hecho, lo que estamos constatando es que si consumimos menos, la economía se contrae, se pierden puestos de trabajo y las personas lo pasan mal y necesitan ser ayudadas.

Esta lógica, de manera más o menos explícita y junto a otras motivaciones, ha estado sosteniendo nuestras actitudes consumistas. Pero la nueva situación provocada por la pandemia ha hecho formular de nuevo la pregunta: ¿es bueno consumir cuanto más mejor? Si nos hacemos de nuevo la pregunta es porque, de alguna manera, ya no tenemos tan clara la respuesta. Y este es un primer paso para preguntarnos y reflexionar sobre qué entendemos por economía, bienestar y bien común, lo cual ya es positivo.

Algo que nos cuestiona la respuesta es la fundada sospecha de que el consumismo –el consumo excesivo– está detrás de muchos de los males que nos aquejan: la explotación laboral de personas, la inequidad social e internacional, la degradación ambiental y la amenaza de colapso climático. De esta manera, no parece que consumir cuanto más mejor sea bueno para todos. Pero si consumimos menos, mucha gente se va al paro y eso tampoco es bueno. ¿Qué hacemos entonces?

La pandemia de coronavirus puede ser una oportunidad para iluminar esta situación aparentemente sin salida. Durante los meses de confinamiento más duro, de marzo a mayo, hemos sido obligados a quedarnos en casa, movernos menos y consumir menos. No solo menos, sino consumir sobre todo lo necesario, evitando lo innecesario.

Esta experiencia, sin duda difícil, nos ha ayudado a darnos cuenta de que, aunque sea por decreto, podemos consumir menos, movernos menos y contaminar menos. Y aunque para la economía de algunos haya sido negativo, es indudable que para el medio ambiente ha sido positivo: aires más limpios, aguas más claras, presencia de animales donde antes no se veían. Cierto que ha sido por obligación, pero poder, podemos.

Nos damos cuenta de que, cuando los expertos nos alertan de un grave peligro, las autoridades toman medidas que los ciudadanos comprendemos y aceptamos, aunque nos cuesten. Es lo que sucedió cuando, después de que la ciencia confirmara las consecuencias negativas del tabaco, se prohibió fumar en lugares públicos. Aun siendo una medida impopular, la sociedad estaba preparada para aceptarla; incluso muchos fumadores la comprendieron (y algunos hasta agradecieron que la norma les obligara a fumar menos).

El reto es hacerlo por voluntad propia y no porque nos obligan. Pero muchos reconocemos que necesitamos que nos pongan límites. Por eso la dimensión política es ineludible. Aunque no hubiera pandemia, ¿comprenderíamos y aceptaríamos que los gobiernos, ante la actual emergencia socioambiental, decretaran medidas excepcionales para, por ejemplo, reducir nuestra movilidad o limitar nuestro consumo? ¿Estaría la sociedad preparada para comprenderlo y aceptarlo, aunque nos cueste?

De alguna manera vislumbramos que ésta es la respuesta a la pregunta que nos hacemos sobre si es mejor consumir más o consumir menos: es mejor y necesario consumir y movernos menos, centrando nuestro consumo en satisfacer necesidades básicas. Y hacerlo no por obligación sino por convencimiento. Esto no quita que, excepcionalmente, podamos permitirnos un consumo extra, en rigor no necesario. Pero en conjunto debemos caminar hacia una sociedad de bajo consumo y movilidad. Nos parece bien que las bombillas y los electrodomésticos sean «de bajo consumo». ¡Pero es toda la sociedad la que debe serlo!

Conviene insistir en que «bajo consumo» no es tanto un concepto cuantitativo –que también– como cualitativo: hablamos de «consumo básico» o «consumo necesario». Y en este punto hay que preguntarse qué entendemos por «lo necesario». Por ejemplo, en el decreto del 14 de marzo de 2020 en el que se declaraba el estado de alarma se obligaba al cierre de todos los comercios, salvo los de productos de primera necesidad, entre ellos, los estancos y los establecimientos de bebidas. ¿El tabaco y las bebidas son productos de primera necesidad? En esto y en otras cosas, el debate está servido. Pero en otras muchas no debería resultar difícil ponerse de acuerdo sobre lo que es consumo necesario y lo que no lo es.

Una sociedad así definida «de bajo consumo» no solo sería más sostenible sino también más solidaria, al permitir que otras sociedades que actualmente no logran satisfacer sus necesidades básicas puedan hacerlo. No se trata por tanto de disminuir la producción sino sobre todo de dirigirla a la satisfacción de las necesidades básicas de quienes aún no las tienen resueltas, en lugar de satisfacer supuestas necesidades de quienes ya lo tenemos todo cubierto.

Centrar el consumo y la movilidad en lo necesario y evitar normalmente lo supérfluo supone un cambio cultural, estructural y personal. Necesitamos comprender que eso es bueno para todos (cambio cultural), pedir y aceptar que los gobiernos legislen a favor de esa dirección (cambio estructural) y ponerlo en práctica en nuestras vidas de buena gana (cambio personal).

Para caminar en esa dirección los gobiernos tienen, entre otros medios, la vía tributaria. En este sentido, la Economía del Bien Común, además de proponer una herramienta objetiva para medir la contribución al bien común de empresas y otras entidades, propone un principio básico: bajar los impuestos a las actividades y productos que más contribuyen al bien común y subirlos a los que menos contribuyen. Por ejemplo, subir los impuestos a los medios de transporte más contaminantes –el medio ambiente y el clima son bienes comunes innegables– y bajarlos a los menos contaminantes. Que lo que perjudica más el bien común pague más impuestos, para dedicar esa recaudación a compensar el daño causado. Y que lo que contribuye más al bien común pague menos impuestos, para favorecerlo.

De entrada suena bien, ¿no es cierto? Pero sinceramente, ¿estamos dispuestos? Una medida así supondría que muchos productos y servicios de los que consumimos subirían de precio. Por poner algunos ejemplos:

–   Los costes asociados a los combustibles fósiles se dispararían: transporte de mercancías, transportes privados, viajes en avión, calefacciones de gasóleo y gas…

–   También la electricidad procedente de energías no renovables (incluida la nuclear).

–   Los productos fabricados en condiciones injustas para los trabajadores estarían gravados con sobretasas, cuya recaudación podría ir destinada a políticas sociales y de cooperación internacional que lo compensaran.

–   La publicidad, sobre todo de productos innecesarios y de actividades contaminantes, tendría un coste adicional.

–   Una concepción amplia del «bien común» incluiría a otros seres no humanos. Así, se penalizarían las explotaciones ganaderas en las que los animales sufren maltrato. La carne, huevos y leche procedente de explotaciones intensivas subiría de precio y los de «animales felices» serían más baratos.

–   Del mismo modo los productos de agricultura respetuosa con los suelos serían más accesibles y lo serían menos los procedentes de agricultura industrial, que empobrece los suelos con agrotóxicos.

Esto es técnicamente posible. La pregunta es: ¿queremos? ¿Estamos dispuestos? ¿Lo comprenderíamos? ¿Lo aceptaríamos?

Todo ello, por supuesto, acompañado de medidas redistributivas para compensar a los sectores más afectados (como ya se está haciendo, aunque sea de forma «paliativa»). Pero no se trata de poner parches paliativos sino de reconfigurar la manera como organizamos nuestra economía como sociedad. Consumir menos, movernos menos, trabajar menos, centrar la producción en lo necesario, evitar la producción de lo innecesario… y, evidentemente, ¡redistribuir el trabajo!

Es evidente que en una sociedad de bajo consumo no es posible que toda la población activa trabaje remuneradamente cuarenta horas semanales. Ni es posible ni sería necesario. Debería entonces revisarse el concepto de «jornada completa» (reemplazándolo quizás por el de «jornada máxima») y favorecer el trabajo llamado «a tiempo parcial», en lugar de penalizarlo como se viene haciendo hasta ahora. Además, se debería beneficiar el trabajo de los sectores más básicos y penalizar el de los menos necesarios. Por ejemplo, el Impuesto de Sociedades de las empresas debería ser inversamente proporcional a su grado de contribución al bien común. Esto es un cambio revolucionario, pero ¿acaso no tiene sentido?

Por eso, la dimensión política es tan importante y necesaria como la personal y la cultural. Y por eso son necesarias propuestas políticas que vayan en esta dirección.

Finalmente y en el nivel personal, para llegar a ello (comprender culturalmente que es bueno y necesario caminar hacia ese horizonte y aceptar de buena gana las medidas legislativas que se establezcan, aunque nos cuesten) es necesario hacerlo con un determinado «espíritu» –me atrevería a decir, con una determinada espiritualidad–, una espiritualidad de la «sobriedad compartida». Que no nos tengan que obligar a vivir de forma sencilla sino que lo hagamos porque nos brota de dentro, porque hemos descubierto que lo importante, lo que nos hace felices y contribuye a que otros también lo sean, no es lo que tenemos sino lo que somos. ¿No lo sentimos así en lo profundo de nuestra conciencia?

José Eizaguirre. Militante Por Un Mundo Más Justo.

Enlace a La Economía del bien Común: https://economiadelbiencomun.org/

Fuente: Por Ún Mundo Más Justo