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Yolanda Martos Wensell
Asamblea Abolicionista de Madrid


Empezábamos la semana conociendo los datos del estudio de la Universitat de las Illes Ballears, donde se plantea que “uno de cada cuatro varones consume porno antes de los 13 años, siendo la edad de la primera visualización en torno a los 8”.

Por diferentes trabajos, conocemos también el efecto adictivo de la pornografía y la nefasta suplantación que realiza de la educación afectivo-sexual (en ausencia de esta). Ahora bien, resulta desconcertante pensar que el camino de un niño de 8 años sea ese. Esto nos lleva a cuestionarnos no solo la nocividad social que representa la pornografía de raíz, sino la fácil accesibilidad a la misma en la etapa infantil y las carencias educacionales de nuestra sociedad. ¿Qué está ocurriendo? ¿Cómo no han saltado las alarmas al comprobar el resultado que produce? El resultado es tristemente revelador: niñas de 12 años siendo agredidas sexualmente, humilladas por grupos de compañeros en los colegios. ¿Se puede educar en igualdad cuando la mitad de la clase piensa que es normal humillar y vejar a la otra media?

Cuando este horror emerge como noticia, sabemos que solo es un ápice de lo que debe estar ocurriendo entre nuestros preadolescentes. La realidad es que tanto el número de usuarios-adictos como su franja de edad, formación o extracción social son menos cuantificables que las consecuencias que está teniendo el consumo de la pornografía.

En el citado estudio de la Universitat de las Illes Ballears, se han observado, entre las principales consecuencias, “(…) la percepción distorsionada generalizada. La mercantilización y la cosificación de las personas presentes en los vídeos, en especial, de las mujeres. Finalmente, como efecto combinado de todos los impactos identificados: la alteración de las relaciones interpersonales, en especial, en los adolescentes y jóvenes”.

Sí, la población femenina está viéndose gravemente afectada porque los varones de todas las edades trasladan a las mujeres lo que ven en las imágenes, normalizando unas relaciones basadas en el sufrimiento y la humillación, sin atisbo de curiosidad por saber qué piensan y qué sienten ellas. Aquí, como ocurre con los maltratadores, no hay tampoco diferencia en la formación cultural de los hombres. Sabemos que entre los vídeos más demandados se encuentran las agresiones en grupo. Sabemos que tras la sentencia de la Manada, las violaciones grupales se han multiplicado.  Sabemos que uno de los jueces de La Manada interpretó el vídeo de la violación como si fuera un jolgorio en una película porno (obviamente, porque estaba acostumbrado a ver ese tipo de… ¿ocio?) No. Es algo muy distinto al ocio.

Escribe Andrea Dworkin, en su libro Nuestra Sangre, que: “Es típico en la pornografía que alguna de estas asqueantes crueldades tengan lugar en un contexto público. Un hombre aún no es el amo absoluto de una mujer –aun no es enteramente un hombre– hasta que la degradación es atestiguada y disfrutada públicamente. En otras palabras, una vez que establece dominio, el hombre debe también, públicamente, establecer que es dueño. La calidad de dueño se prueba cuando un hombre puede humillar a una mujer en frente de sus compañeros y para el placer de sus compañeros y que ella, aun así, se mantenga fiel a él”.

No tiene que ver con el ocio, no. No tiene que ver con el sexo. Tiene que ver con la dominación, el dominio y la deshumanización. Y, como diría Dworkin: “es un discurso de odio hacia la mujer”.

¿Dónde nos sitúa la pornografía a las mujeres?

En primer lugar, muy lejos de nuestros deseos, y muy lejos de nuestra realidad y de nuestra sexualidad. En castizo, los que siguen la pornografía no se enteran de nada. Bien es cierto que eso no les importa a los pornoadictos, pero sí hay que señalarlo para quien pretende defenderla en aras de la libertad y, mucho peor, del feminismo. En el ámbito de las relaciones adultas, una mujer percibe claramente entre las diferentes parejas de su vida aquella que está habituada a ver pornografía, precisamente por el trato denigrante que le infiere con total normalidad. Con una buena lista de testimonios de mujeres, se puede decir, con poco margen de error, que, en esos casos, la pornografía se está usando como dominio y sometimiento en el marco del maltrato habitual dentro de una relación, de la que difícilmente se sale.

Pero, quizá, la peor parte de esta “venta de libertad y estar al día” se la llevan las más jóvenes, empezando por las que ejercen de “actrices” porno, al que a menudo han acudido por curiosidad, por ganar dinero o porque les presentaban la participación como algo inocuo; bastaría con hacer una búsqueda en Internet para comprobar la lista de daños sufridos (provocando al suicidio de muchas). Pero el porcentaje mayor, ahora mismo, está en las adolescentes –que tal vez tengamos cerca–, cuando acceden con una pinza en la nariz a las peticiones de sus parejas, ya sean puntuales o estables, para no ser consideradas fuera de juego: algo muy antiguo. Sí, es muy antiguo lo de tener que prescindir de los propios deseos para no ser llamada “estrecha”. Y la demanda del patriarcado joven, alimentada por la pornografía, es cada vez más cruel con sus exigencias, y las chicas se esfuerzan y lloran. Y adquieren enfermedades venéreas por participar en prácticas a las que induce el porno. En paralelo, pierden la perspectiva de su derecho al placer, pierden autoestima y se intentan convencer de que el problema está en ellas si no les gusta; además de que, a menudo, no se sienten con fuerzas para decir la verdad porque el grupo al que pertenecen no lo vería bien, porque también calla. Esto supone una verdadera regresión con respecto al derecho a nuestros cuerpos y nuestra sexualidad.

Días atrás hemos podido comprobar el abismo que existe entre lo que los pornoadictos creen que es un jolgorio y la condición humana. El “caso Iveco” ilustra el analfabetismo emocional y sexual de quienes se ensañaron compartiendo la vida privada de una compañera hasta llevarla a la muerte. En ese caso concreto, al desconocimiento de la sexualidad femenina se suma el cuestionamiento sobre la potestad y la voluntad de las mujeres en relación con su libertad sexual. Los pornoadictos entran en la ecuación clásica del contrato sexual que señala Carol Pateman: “ese pacto entre varones en el que establecen cómo distribuirse entre ellos el acceso al cuerpo de las mujeres”. O, dicho de otra manera, una mujer para mí solo, en el matrimonio, y el resto, las prostituidas, para uso y disfrute de todos. Tan viejo como los orígenes del patriarcado.


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