El 9 de febrero, Portugal votó algo más que un nombre para la Presidencia de la República. Votó una forma de entender la democracia tras 52 años del fin de la dictadura. El resultado fue inequívoco: António José Seguro obtuvo el 67% de los votos, la mayor victoria en términos absolutos registrada en unas presidenciales portuguesas, frente al 33% del líder ultra André Ventura. Dos de cada tres votantes rechazaron explícitamente el proyecto de la extrema derecha. Las cifras importan porque desmienten la resignación.
La clave no fue un carisma repentino ni una campaña hipermediatizada. Fue la construcción paciente de un campo democrático amplio, capaz de sumar desde las izquierdas transformadoras hasta sectores liberales, pasando por socialdemócratas y municipalistas. Un frente cívico que entendió que, ante el autoritarismo, la fragmentación es una derrota anticipada.
Seguro llevaba 11 años fuera del foco. En 2014, tras ganar por apenas 123.000 votos las europeas con el Partido Socialista, fue apartado del liderazgo en unas primarias abiertas en las que obtuvo el 31%. Se retiró a la docencia universitaria y a la rehabilitación de viviendas en Penamacor. Ese paréntesis lo volvió transversal. No acumuló desgaste, no quedó atrapado en escándalos ni en la erosión del poder. Cuando volvió, lo hizo con un activo escaso: credibilidad.
Las encuestas iniciales le daban un 6%. Semanas después, el país lo eligió con dos tercios del voto. Desde hace más de 20 años ningún candidato de izquierdas ganaba unas presidenciales. En un contexto de derechización europea, Portugal apostó por el equilibrio institucional y el freno al ruido. Seguro apeló “a todas y todos los demócratas y humanistas” y nombró al adversario por lo que era: un peligro para la democracia.
El apoyo creció desde abajo: alcaldes y alcaldesas, activistas, electorado independiente. Después llegaron adhesiones de todo el arco parlamentario. La campaña puso el diálogo en el centro y se negó a competir en la carrera del grito. La moderación no fue tibieza, fue método. En una política acelerada, ganó quien desaceleró.
Ventura obtuvo 300.000 votos más que en las legislativas y superó, en porcentaje, a la coalición conservadora de gobierno. Ese es su premio de consolación. De los dos millones de votos que quedaron en disputa tras la primera vuelta, solo 400.000 fueron a Chega. El resto no se dejó arrastrar. El 33% es alto, pero también es un techo cuando el 67% vota contra el populismo.
Conviene subrayarlo: la Presidencia en Portugal no gobierna. Representa y arbitra. Ventura no aspiraba a gestionar; aspiraba a ocupar agenda, a prolongar minutos de pantalla y a consolidarse como “líder de la derecha”. La paradoja es que su estrategia terminó entregando la Presidencia a la izquierda. La división conservadora hizo el trabajo.
El rechazo social es medible. Para retener a un tercio del país, la extrema derecha necesita insistir en la estigmatización de personas migrantes y gitanas, y en la demagogia contra las ayudas públicas. Pero dos tercios no compran ese marco. Ahí está el límite estructural del griterío permanente. Sin ampliar discurso, no hay crecimiento.
Seguro se presentó por encima de los partidos. Frente al “no quiero ser presidente de todas y todos”, respondió con una cultura de compromiso con las soluciones. La noche electoral dejó un mensaje institucional: “A partir de esta noche dejamos de ser adversarios”. No era una concesión ideológica; era una defensa del marco común. Anunció un ciclo de tres años sin elecciones, no ser oposición sino exigencia. Eso dio oxígeno al gobierno conservador de Luís Montenegro y tiempo al PS para reorganizarse.
Las cifras finales aún contemplan 37.000 votos pendientes en municipios afectados por el temporal —Alcácer do Sal, Arruda dos Vinhos y Golegã—, irrelevantes para el resultado. Lo relevante es el sentido político: frenar el vértigo electoral que alimenta a la extrema derecha y reinstalar la idea de que la democracia se cuida con reglas, tiempos y mayorías amplias.
Portugal no venció al odio con espectáculo, sino con organización, memoria democrática y una mayoría que decidió no rendirse.
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