Pablo Pedraza Serrano

Actualmente, los humanos preferimos, yo ya no sé si por naturaleza, predisposición, alienación o por simple morbo, vivir en distopías antes que en utopías.

Antes de seguir, si hay alguien perdido en términos, explicaré cada uno. Una distopía, según la Real Academia Española, es una “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”, y una utopía, según la academia, es una “representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”.

¿Por qué pienso, o intuyo, que ahora preferimos las distopías? Hay que basarse en la dualidad de producción y reproducción sociales. El sociólogo Anthony Giddens expresaba que los actores sociales al realizar actividades (acciones) que llevaban a cabo (producción) y las repetían (reproducción) creaban así los sistemas sociales en los que nos movemos las personas, culturas, comportamientos, ideas, pensamientos, etc., a esta teoría la llamó la teoría de la estructuración. Si vemos esta dinámica en la creación literaria y audiovisual, podrán entender el porqué de mi hipótesis. Tenemos libros, series y películas como Los Juegos del Hambre, El Cuento de la Criada, Elysium, Blade Runner, The Man in the High Castle, Black Mirror, 1984, Fahrenheit 451, Un mundo feliz y más ejemplos, e incluso la película infantil WALL·E, los cuales nos cuentan un futuro distópico de pobreza, autoritarismo, desigualdad, destrucción y caos.

Editoriales, productoras cinematográficas y plataforma audiovisuales producen y reproducen este tipo de contenido que aceptamos y consumimos en bibliotecas, en nuestras casas y en salas de cine. Pero hay una idea común, por la cual existe dicha producción y reproducción sociales, que nos une a los creadores de estos contenidos y a los consumidores, y se resume en la frase “¡qué horror! pero podría pasar”. Este enunciado refleja el pensamiento colectivo sobre el camino y la dirección que está tomando la humanidad, y al parecer sin control porque todos la decimos entre nosotros pero muy poca gente se atreve a dar el paso para no llegar a ese destino.

Cuando se reflexiona y se debate sobre este destino distópico, que asumimos como real, con más personas en bares, en casa, en la universidad o en una comida familiar, siempre salta alguien diciendo “eso es porque hay personas a las que les interesa que ocurra”, y no le falta razón. En términos de la sociología marxista, en la dicotomía utopía-distopía también entra en juego el conflicto (o lucha de clases, como quieran llamarlo) entre opresores y oprimidos. Las sociedades actuales están estructuradas de tal forma que las distopías benefician a los opresores y perjudican a los oprimidos, mientras que las utopías perjudican a los opresores pero benefician a los oprimidos.

Entonces podrá saltar una persona y preguntar: “pero si quienes tienen más peso en el mundo son los poderosos (opresores) y las utopías les perjudican, ¿cómo podemos dejar atrás la distopía y conseguir lo utópico?

En esa duda, que la puede tener cualquiera, vemos cómo se ha introducido la idea de “la no vuelta atrás” de las distopías, es decir, que es imposible frenar la hecatombe y que las utopías son imposibles de conseguir. Pero no hay que alarmarse, en épocas anteriores se han luchado por derechos, libertades e igualdad y se han conseguido; por ende, no vamos a ser menos nosotros.

Las distopías desigualan las sociedades haciendo que pocas personas ganen mucho y, en contraprestación (como si de una transacción económica se tratase), una gran mayoría sufre devastadoras pérdidas, tanto materiales como no materiales, pero las utopías, y éste es el argumento que hay que utilizar para ir de frente, son unas “representaciones imaginativas de una sociedad futura de características favorecedoras del BIEN HUMANO”, es decir, lo utópico lleva al bien común, donde ganamos todos sin excluir a nadie. No os desaniméis si veis en la definición el adjetivo “imaginativas”, porque en la definición de distopía se encuentra la palabra “ficticia”, y si decimos que las distopías son posibles y reales, ¿por qué las utopías no?