Una de las preocupaciones de las organizaciones de la ONU que trabajan en Yemen era que la enfermedad por COVID-19 se extendiera por el país. Desde la aparición del primer caso, el 13 de abril, la preocupación era máxima puesto que las condiciones de salud, así como las enormes carencias de todo tipo que sufre el país por culpa de la guerra civil, lo convierten en el escenario ideal para la rápida propagación de la enfermedad y con consecuencias peores que en otros países.

Los epidemiólogos ya habían predicho que la COVID-19 se extendería más rápido, más ampliamente y con consecuencias más letales en Yemen que en muchos otros lugares. Ahora hay todas las razones para creer que esto ya está sucediendo, con la transmisión comunitaria sin control en muchas partes del territorio.

La ONU está recibiendo informes de todo el país, procedentes de médicos o de familias afectadas por la enfermedad. Con una grave escasez de equipos para realizar pruebas, los informes oficiales reflejan una prevalencia mucho menor de la real, según creen los expertos de Naciones Unidas.

La ONU ha pedido a las partes beligerantes que controlan las distintas partes del país que hagan todo lo posible para tratar de reducir la propagación de la COVID-19. Esto incluye transparencia en la notificación de todos los casos, desarrollar campañas de información a los ciudadanos y desarrollar protocolos de distanciamiento social, entre otras medidas.

El principal problema será contar con fondos suficientes para poder luchar contra la enfermedad, por lo que se espera que en las próximas conferencias de donantes se destinen partidas presupuestarias para tratar de evitar que la situación de Yemen sea catastrófica: hacen falta tests, respiradores, equipos de protección para los sanitarios y otras medidas para evitar que, en caso de que la población tenga que confinarse, no se desate una hambruna.

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