Pronto van a cumplirse tres años desde que empezó el brote de SARS-CoV-2. Desde hacía ya tiempo, y antes del 2019, sabíamos que tarde o temprano íbamos a sufrir una pandemia. De hecho, en respuesta a los brotes de gripe aviar H5N1 del 2002, ya se había planificado cómo responder a una pandemia causada por un virus respiratorio.

Con la gripe A no lo vimos venir

Los virus de la gripe H5N1 causan enfermedad letal en aves domésticas. Solo esporádicamente son capaces de infectar a personas, con niveles de mortalidad cercanos al 50 % o mayores.

Por fortuna, hasta ahora no han logrado adaptarse a transmitirse de persona a persona. Pero siguen circulando en aves y cambiando constantemente, lo cual implica que no podemos descartar que en algún momento adquieran esa capacidad de transmisión y causen la siguiente pandemia. Aunque la realidad es que es imposible predecir qué virus en concreto va a convertirse en pandémico.

Pensemos por ejemplo en la pandemia de gripe del 2009, lo que se llamó gripe A en España. Fue causada por un virus de la gripe previamente no detectado que estaba circulando en cerdos en las provincias del interior de México. La respuesta contra este virus no impidió que terminara infectando en menos de un año a millones de personas.

Aunque por fortuna no era un virus de alta mortalidad, causó diez veces más de muertes en jóvenes adultos comparado con la gripe anual. Eso hizo que se revisaran los planes pandémicos para minimizar lo más posible el impacto de una futura pandemia.

Una década después: la covid-19

Diez años después de aquel 2009, la falta de preparación nos hizo fallar de nuevo. No conseguimos dar una respuesta lo suficientemente rápida al brote de SARS-CoV-2. Entre los fallos más evidentes están la falta de cooperación internacional, la falta de personal y la escasez de materiales para responder a una emergencia. Además de un importante vacío legal e institucional para decidir e implementar medidas de contención.

Parece que fue ayer cuando empezamos a oír que un virus nuevo estaba extendiéndose por una ciudad china ocasionando una enfermedad respiratoria muy severa. Y lo que entonces era casi imposible de imaginar en nuestra sociedad tan avanzada tecnológicamente se nos cayó encima. Un organismo microscópico nos doblegó y nos obligó a confinarnos, a usar mascarillas y a desconfiar de cualquier tipo de contacto con nuestro prójimo. Vimos como la sanidad se saturó, incapaz de poder atender a todos los enfermos cuyo número se multiplicaba de un modo exponencial. Nos familiarizamos con nuevas palabras, tales como igeges, SARS, COVID, test antigénicos, peceerre y ómicron, que se volvieron parte del lenguaje cotidiano.

La pandemia de SARS-CoV-2 no ha sido oficialmente declarada como acabada. Pero, con una vuelta a la normalidad como la que tenemos podemos decir con cierta certeza que nos hallamos en un período pospandémico. Únicamente la presencia de personas –cada vez menos– con mascarilla en lugares públicos o privados nos recuerda que el virus sigue circulando. Es prácticamente imposible que SARS-CoV-2 vuelva a llenar las UCIs y alterar nuestro comportamiento cotidiano como ocurrió en el 2020 y en el 2021. Sobre todo por la existencia de inmunidad vacunal o contraída por infección. Esta inmunidad no es capaz de frenar del todo las infecciones, pero sí de disminuir el número de casos graves.

Mejor no descuidarse

Eso no quiere decir que sea el momento de olvidarnos de este virus o de otros posibles virus pandémicos que vayan a surgir en el futuro, ni mucho menos.

Por un lado, aún nos quedan casos severos de covid-19 que se podrían disminuir aún más mediante el desarrollo de vacunas mejoradas que no solo protejan contra enfermedad, sino también contra la infección y sin necesidad de revacunaciones. Y el desarrollo de terapias adicionales a las que ya tenemos sería también beneficioso.

Por otro lado, la resolución de los problemas encontrados en nuestro nivel de preparación contra una pandemia es de importancia vital para combatir nuevas pandemias. En ese aspecto, los brotes y la reciente expansión del virus de la viruela del mono nos indican que seguimos sin estar preparados para afrontar futuras pandemias.

La expansión de la viruela del mono delata que seguimos sin estar preparados

El virus de la viruela del mono es fácil de contener debido a la existencia de vacunas y antivirales. Pero la respuesta sigue siendo demasiado lenta y aún no existe una coordinación internacional. Tenemos suerte de que el virus no es muy contagioso y requiera contacto prolongado con las persona infectadas.

Lo cierto es que nos ha costado tiempo implementar vacunaciones y tratamientos contra la viruela del mono. Un tiempo que no tendremos en el caso de brotes por virus más contagiosos que puedan venir en el futuro próximo.

Adolfo García-Sastre – The Conversation

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