IMAGE: Luisella Planeta Leoni - Pixabay (CC0)

La Association of School and College Leaders del Reino Unido ha respondido a una consulta del gobierno del país que sus planes para crear leyes que prohiban el uso de smartphones en los colegios son anticuados e innecesarios, que el tema lleva ya muchos años siendo gestionado de la manera adecuada por las propias escuelas y colegios directamente para así acomodar distintas necesidades de manera flexible, y que no es necesario un enfoque más estricto ni generar legislación relacionada con ese tema.

El Reino Unido se separa así de la triste aproximación francesa con respecto a la prohibición, que llevó a cabo en 2018, y enmarca el uso del smartphone en un contexto mucho más flexible, que incluye desde el uso para mantener el contacto con el hogar cuando las circunstancias lo aconsejen, a la posibilidad de integrar metodológicamente el uso del smartphone en la obtención de información y en las dinámicas de aprendizaje, en función de las preferencias de cada profesor.

La aproximación francesa es muy sencilla de explicar: controlar el uso que los niños hacen del smartphone es algo muy complejo, así que, aunque el uso adecuado del smartphone sea una habilidad fundamental hoy en día, preferimos cerrar los ojos, no complicarnos la vida, y convertir las instituciones educativas en sitios por los que el tiempo no pasa, en los que se siguen haciendo las cosas igual que en el siglo XIX. Básicamente, la opción que en su momento adoptó el gobierno francés se resume en «podríamos enseñar a nuestros niños a manejar el entorno tecnológico actual, pero en lugar de hacerlo, vamos a prohibir los smartphones«. El resultado es claro: esos supuestos «nativos digitales» que algunos creían que eran auténticos genios de la tecnología, cuando las circunstancias lo requieren, no tienen ni idea de cómo aprovechar sus capacidades, no saben enviar un simple archivo por correo, no son capaces de ir más allá de usar la red social de turno, y son, en realidad, «huérfanos digitales» que, en ausencia de una educación razonable, han tenido que aprender solos o los unos de los otros, y que muestran enormes deficiencias.

La época de los confinamientos durante la pandemia se convirtió en el perfecto reflejo de todo lo que estaba mal con esa aproximación: niños incapaces de enviar un ejercicio por correo electrónico, que no sabían buscar información fiable ni trabajar en grupo, que caían fácilmente en noticias falsas y las reenviaban irresponsablemente, y que carecían de las habilidades mínimas necesarias para aprovechar adecuadamente una herramienta tecnológica. Si se trata de preparar a los niños para el futuro, el sistema educativo lo está haciendo espantosamente mal. Ignorar la tecnología como variable de contexto que define los entornos en los que los niños van a tener que desempeñar su actividad en el futuro es, como era lógicamente de esperar, una barbaridad.

¿Es necesario controlar lo que los niños hacen con el smartphone en un contexto educativo? ¡Por supuesto, como es necesario controlar lo que hacen con un bolígrafo, y asegurarse de que lo usan para escribir y no como arma para apuñalar a su compañero! Pero eso únicamente quiere decir que en lugar de simplemente darle un bolígrafo a los niños sin más, les enseñamos también a escribir con él, es decir: LOS EDUCAMOS, que se supone que era lo que teníamos que hacer y para lo que estábamos. Con el smartphone es exactamente lo mismo: de acuerdo, es una herramienta más compleja y con muchas más funciones y posibilidades, pero tendremos que ser capaces de innovar en nuestros temarios para que esos niños, además de jugar, de entretenerse y de comunicarse mediante sus dispositivos, sean capaces de sacarles partido cuando necesitan información, cuando tienen que trabajar en grupo o cuando tienen que hacer muchas otras cosas. Lo contrario, además de irresponsable, es profundamente retrógrado.

¿Podemos evitar enfoques simplistas y maximalistas, y optar por reflexionar sobre la manera de introducir los smartphones y la tecnología en general en la educación, desde sus primeras etapas, y con una aproximación completamente horizontal, no vertical? Una aproximación vertical es la que usas para solucionar un problema: «oh, dios mío, tenemos un problema de fake news y vamos a diseñar un curso a medida para que los niños aprendan a distinguirlas». Una aproximación horizontal es la que usas cuando las variables de contexto han cambiado, y tienes que adaptar la educación a ellas – porque pretender plantearlo al revés es simplemente irresponsable estúpido.

Francamente, ganaríamos mucho como sociedad si los legisladores, las instituciones educativas y los padres entendiesen lo que está en juego aquí.


Enrique Dans

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