Daniel Hernández
Fundación Global Nature


La pérdida de biodiversidad es uno de los mayores retos a los que nos enfrentamos actualmente. En los últimos decenios se calcula que ha tenido lugar una pérdida de biodiversidad del 60% a nivel mundial, lo que significa que la actividad humana está causando una pérdida de especies mil veces más rápida de lo que habría ocurrido en circunstancias evolutivas naturales y que numerosos ecosistemas que nos proporcionan recursos esenciales se encuentran en grave deterioro.

La influencia de la biodiversidad en el bienestar humano es tan grande y la batería de servicios ecosistémicos que ofrece tan diversos, que su correcta gestión bien puede considerarse el camino hacia la sostenibilidad. Por ello la gran importancia de alianzas, como la coalición Por Otra PAC, donde nos unimos para perfilar entre todos este camino.

Debido a que las actividades derivadas de la industria agroalimentaria conllevan entre el 20 y el 30% del impacto ambiental relacionado con el consumo privado de la Unión Europea, el 2% del agua total consumida y la ocupación del 40% de nuestros suelos; desde la Fundación Global Nature consideramos esencial trabajar en la sostenibilidad de esa industria y en medidas que fomenten la biodiversidad y posibiliten la adaptación de estos sistemas al cambio climático. Proponemos lo que hemos probado durante más de 25 años acompañando a los agricultores en campo y practicando metodologías concretas con la industria agroalimentaria, a lo largo de toda la cadena.

Como factor clave, debe considerarse la identificación y normalización de indicadores agroambientales como instrumento transparente de evaluación de la sostenibilidad de un sistema específico. La presencia de determinados insectos, el porcentaje de suelo erosionado, el número de infraestructuras ecológicas, la superficie de hábitats seminaturales en la explotación o de terrenos en barbecho, son algunos ejemplos de ello.

Dentro de la PAC deberían proponerse ayudas para los agricultores y ganaderos que conserven y fomenten la biodiversidad, teniendo en cuenta estos resultados e indicadores agroambientales específicos, y no tanto las medidas aplicadas. En estos parámetros no sólo debería tenerse en cuenta el valor estático del indicador en cuestión, sino también su progresión en el tiempo. El camino hacia la sostenibilidad y la mejora de la biodiversidad es un proceso de mejora continua, en el que es importante tanto alcanzar los objetivos establecidos como avanzar hacia ellos. Para ello, un sistema de puntos para la percepción de ayudas asociados al indicador agroambiental, junto a la evolución que ha tenido desde el año anterior, sería muy útil.

Dentro de las buenas prácticas pro-biodiversidad a fomentar se encuentran la producción ecológica, la inclusión de leguminosas en las rotaciones, la restauración y conservación de infraestructuras ecológicas, setos, linderos y bosquetes donde se aloja la fauna beneficiosa, un adecuado control de la fertilización (especialmente en el caso del nitrógeno y el fósforo), la incorporación de materias orgánicas de manera regular, la práctica del no laboreo o bajo laboreo, la implantación de cubiertas vegetales que protegen el suelo de la erosión e impiden la fuga de nutrientes, dejar rastrojos, paja, restos de poda o de cosecha sobre el suelo (protegiéndolo de la insolación, las altas temperaturas, la erosión o los fríos invernales), el asesoramiento real en Gestión Integrada de Plagas, la implementación de sistemas de riego más eficientes (riego por goteo, también enterrado o semienterrado), la práctica del riego deficitario  y la creación de puntos de agua para fauna.

 

La ganadería extensiva es otro claro ejemplo de práctica que debería ser objeto de ayudas dentro del ámbito de la PAC. Es una práctica que lleva a cabo una gestión adaptada a la realidad del territorio, que aprovecha los recursos sin agotarlos, que genera paisajes además de productos cárnicos o lácteos.

Apoyar estos sistemas ganaderos extensivos consiste en una gestión proactiva basada en medidas como la redefinición del concepto de pasto, para dar cabida a sistemas de alto valor ambiental actualmente penalizados (como los dehesas y otros pastos bajo arbolado); la selección a nivel regional de los pastos agronómica y ambientalmente prioritarios, y el diseño de fórmulas concretas de manejo de los mismos en función de circunstancias regionales.

Mención especial merece la ganadería ecológica y extensiva y la conservación y el fomento de razas ganaderas y variedades vegetales autóctonas. Éstas suponen recursos genéticos muy valiosos ligados a la zona de actividad desde hace mucho tiempo. Su adaptación a las condiciones particulares de cada zona y su rendimiento suele ser mayor; su papel como “mejorante” en el cruce con otras razas o variedades es también muy apreciado.

Por último, otra línea de trabajo consistiría en la conservación y el fomento de insectos polinizadores, tanto de la más popular abeja melífera (Apis mellifera) como de otros tipos de polinizadores menos sociales (Bombus terrestris, sírfidos, etc.). Estos insectos suponen un valor económico anual de 15.000 millones de euros sólo en la UE (según la Estrategia Europea de Biodiversidad 2020). Son un gran indicador de la salud de nuestra biodiversidad y, sin ellos, nuestra alimentación correría un grave peligro. La gestión agrícola intensiva y el uso de plaguicidas están entre sus principales amenazas; el cese de estas prácticas y la implantación de zonas dentro la explotación (por ejemplo, en las esquinas) sembradas con especies vegetales melíferas, se encuentran entre las posibles soluciones.

La biodiversidad es, por lo tanto, un factor determinante en el camino hacia la sostenibilidad y lo seguirá siendo en el futuro; un camino en el cual, el sector agrícola y el ganadero están llamados a ejercer una labor fundamental de equilibrio. Por suerte, queda patente el gran abanico de opciones y alternativas disponibles para la conservación y el fomento de la biodiversidad. Alternativas viables en el marco agroambiental, social y económico, testadas a pie de campo y que invitan al optimismo; alternativas que ya se aplican en muchas explotaciones, pero que esperan su inclusión en el marco legislativo de la PAC y su Condicionalidad para extenderse, afianzarse y multiplicar sus beneficios. De ello depende la calidad de nuestros ecosistemas y sus servicios, pero también nuestra calidad de vida y la de generaciones futuras. Teniendo esto presente, podría considerarse una falta grave de responsabilidad no reconocerlo a nivel legal cuanto antes.


Referencias

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