Rafael Silva


Un Jefe del Estado que no ha pasado por las urnas tiene que mantener una delicada distancia política y debe sentirse y mostrarse solidario con las víctimas de cualquier crimen y no dependiendo de quiénes sean y qué discurso mantengan los verdugos

Emilio Silva, Presidente de la ARMH


En su discurso navideño del pasado día 24, el Rey Felipe VI usó más veces que ninguna otra, la palabra “convivencia”. Pues bien, vamos a prestarle a ella toda nuestra atención. Alusiones varias a que protegiéramos y cultiváramos dicha convivencia, porque parece ser que es “lo mejor” que tenemos los españoles, fueron insertadas varias veces en su discurso. Lo primero que habría que decirle al monarca es que ninguna convivencia es sana y democrática cuando hay algo impuesto, y en este caso, lo impuesto es él, es decir, la Corona. Una institución caduca y antidemocrática por naturaleza, que además en este caso se impuso por el propio dictador antes de su muerte. Franco impuso a su padre, y éste simplemente refrendó la Constitución cuando el Presidente Suárez ya se había encargado de que figuraran (en la Ley para la Reforma Política de 1976) las palabras “Rey” y “Monarquía”, ignorando un sufragio popular en torno a la Corona, porque “hacíamos encuestas y perdíamos”, en propia confesión de Suárez a Victoria Prego en 1995.

Sería incluso posible ignorar, pasar por alto aquéllos tiempos tan convulsos, pero en 2014 cuando su padre (ahora Rey Emérito) Juan Carlos de Borbón abdica…¿por qué no se consulta al pueblo sobre el modelo de Estado? Felipe hace caso omiso y acepta la Corona, es decir, nos la vuelve a imponer a todos los españoles, nos guste o no. Por eso el Rey tiene que hacer un discurso llamando a la “convivencia”, es decir, a la tranquilidad, a la paz social, porque sabe que se juega en caso contrario su propio Trono. En segundo lugar, habría que decirle al monarca, y tomo para ello las palabras de Juanma del Olmo (Podemos):El mensaje central de su discurso es la convivencia, pero no se puede hablar de convivencia sin hablar de los que la rompieron”. Rescatemos en este sentido una de las frases de su discurso: “Una convivencia que se basa en la consideración y en el respeto a las personas, a las ideas y a los derechos de los demás; que requiere que cuidemos y reforcemos los profundos vínculos que nos unen y que siempre nos deben unir a todos los españoles; que es incompatible con el rencor y el resentimiento, porque estas actitudes forman parte de nuestra peor historia y no debemos permitir que renazcan” (el subrayado es nuestro). Hay que decirle al monarca bien alto y claro que en nuestro país no hay rencor, ni resentimiento, ni deseo de venganza, sino de justicia, verdad y reparación. Incluso de garantías de no repetición, que tampoco se están observando, pues ninguno de los poderes fácticos del franquismo se ha desmontado (Fuerzas Armadas, Iglesia Católica, banca, grandes empresas…).

Es ya un clásico en el discurso navideño del Rey, que a lo mejor aprovechando el carácter festivo, amable y cariñoso de estas fiestas, lo suelta como quien no quiere la cosa. En el discurso de 2016 pronunció las siguientes palabras, tal como nos recuerda la ARMH en este artículo que recoge el medio Insurgente:Son tiempos para profundizar en una España de brazos abiertos y manos tendidas, donde nadie agite viejos rencores o abra heridas cerradas”. Más de lo mismo. Es un llamamiento a la concordia que no podemos aceptar los republicanos, porque como hemos explicado más arriba, no sólo los desaparecidos, los asesinados, los encarcelados, los arrojados a las fosas y a las cunetas, las mujeres violadas y maltratadas, los bebés robados, los exiliados, los que trabajaron a la fuerza, los que murieron de hambre, los que fueron despojados de sus bienes, o los que fueron expedientados y echados de sus puestos de trabajo, sino también la imposición a la fuerza de un régimen monárquico, van contra nuestros principios y pesan mucho en nuestras mochilas. Unas mochilas, insistimos, que no están cargadas de odio, pero sí necesitadas de mucha justicia, una justicia que esta restauración borbónica se niega a conceder a “todos los españoles”. Es un discurso por tanto autoprotector, con un rescoldo de miedo y de tranquilidad impostada, como si aquí no pasara nada. Es como si nos dijeran: “No preocuparos por los muertos de las cunetas, por los desempleados, por los precarios, por los pobres, por los desahuciados, por los pensionistas de míseras pensiones, por los jóvenes que se tienen que marchar al exilio laboral, por los estudiantes que no pueden pagar sus matrículas, por las mujeres que sufren la desigualdad y la violencia de género…¡Que reine la concordia!”. Es un discurso injusto, vacuo, inútil, insultante y repulsivo, digno precisamente de quien viene.

Son declaraciones indignas de un monarca, a sabiendas de que nuestro país ha sido amonestado por la ONU precisamente para exigir a nuestras instituciones la garantía de los derechos de las víctimas de la dictadura franquista. No puede existir en nuestro país esa “convivencia” ideal y pacífica que el Rey reclama desde la altura de su poltrona, no puede darse esa “concordia” (es también la palabra que utiliza Pablo Casado para nombrar su propuesta para derogar la Ley de Memoria Histórica) falsa, hipócrita y desigual, que trata mejor a los verdugos que a las víctimas, y que se desentiende y obstaculiza los pasos del derecho internacional sobre los derechos humanos cada vez que nos sacan los colores desde terceros países o instituciones. Cada vez estamos más convencidos de que este Régimen del 78 está podrido y no tardará en caer. Un Régimen sustentado en la desigualdad, en el desmontaje del bienestar, en la impunidad de los corruptos y de los asesinos franquistas, en el poderío de la Iglesia Católica y de las grandes empresas, ya ha durado demasiado. Tuvimos cuarenta años de dictadura y hemos tenido otros cuarenta de propina (o “de cloroformo”, en expresión de mi admirado Isidoro Moreno). Cuando hagamos caer este sucio y abyecto régimen, podremos algún día alcanzar la verdadera convivencia. Sin Reyes que nos tengan que llamar a ella, porque la convivencia no puede ser jamás algo impuesto o inducido, sino algo surgido de la propia armonía entre los pueblos y el conjunto de la ciudadanía.