Cynthia Duque Ordoñez

En plena revolución feminista algunos demandan debatir que es ser mujer con la finalidad de dinamitar al sujeto político de la lucha feminista después de siglos luchando para desligar nuestro sexo de los roles de género que han sostenido nuestra posición subordinada frente a los hombres en la jerarquía social y económica del sistema patriarcal; y justo ahora cuándo habíamos vencido la batalla de las ideas se surge la identidad de género basada en parámetros subjetivos de la personalidad desarrollada en el sistema patriarcal como algo empoderarte con la finalidad de alterar al sujeto político de la lucha y así deslegitimizar sus intereses y minimizarlos frente a los intereses de quienes han hecho de los roles de género -nuestra opresión- una parafilia de la cual enorgullecerse. La siguiente pregunta sería ¿empoderante para quién?  ¿A quiénes beneficia poner en duda a las mujeres?

Para responder a estas preguntas debemos reflexionar sobre la discriminación sexual de las mujeres:

Podemos diferenciar dos ámbitos de estudio para ilustrarnos sobre qué es ser mujer. Uno es la biología para la cual mujer es la hembra humana. La ciencia segrega a los mamíferos en dos sexos (binarios) dependiendo de la disposición de sus gametos en XX o XY y cómo de ellos se derivan una serie de caracteres sexuales primarios y secundarios desde el desarrollo de órganos sexuales hasta la densidad ósea o la capacidad cardiaca para que las hembras no mueran de un infarto durante el parto. Por lo tanto, ser una hembra humana es una casualidad natural, un hecho biológico inmutable y categórico que la cirugía no puede modificar jamás. Luego, en segundo lugar, tenemos a la sociología, que estudia cómo las hembras humanas interaccionan y son vistas en sociedad. Si bien las sociedades difieren culturalmente se repiten las normas de comportamiento para hombres y mujeres en sus relaciones sociales entre sujetos del mismo sexo y sujetos de sexos opuestos.

Ser mujer es aquel segundo sexo que comparte un mismo peligro y este peligro es ser víctima de violencia machista en alguna de sus múltiples vertientes desde las coacciones sociales para no desempeñar labores de liderazgo bajo la “amenaza” de ser considerada poco femenina hasta el propio asesinato al ser consideradas las mujeres un objeto más de posesión.

Las mujeres compartimos una misma realidad biológica que se traduce en ser tratadas de manera desigual respecto de los hombres (sexismo) en cada una de las sociedades existentes y antiguas tras la aparición de la propiedad privada y más arduamente desde el éxodo rural a la ciudad y la I Revolución Industrial. Por lo tanto, las mujeres no somos una identidad, no somos un estereotipo ni una esencia. Ni siquiera el comportamiento violento asociado a la hombría o masculinidad tóxica es una esencia derivada del sexo. Los hombres violentos no lo son por ser hombres, lo son por haber sido educados en masculinidades tóxicas que ensalzar los comportamientos violentos.[1]

Las mujeres seremos lo que queramos ser al igual que los hombres, sin embargo, en una sociedad patriarcal, dónde al nacer se te asigna un género, es una utopía y por eso cada comentario, cada actitud debe ser cuestionada porque no somos tan libres como nos creemos y en este punto el adoctrinamiento social no se detiene en aquello que en la construcción del pensamiento sobre los géneros asignados a los sexos, sino que invade cada una de nuestras reflexiones filosóficas, políticas o económicas útiles para mantener al sistema capitalista sobre el lomo sumiso de sus siervos.

Volviendo a la pregunta inicial. La puesta sobre la mesa de la identidad de género beneficia al patriarcado que estaba resquebrajado pues normaliza el sexismo al ser moralizado por el posmodernismo el trato desigual entre hombres y mujeres basado en la creencia de la construcción corporal imaginaria defendida por la teoría queer y enturbia el origen de la opresión sexual, ya que impide señalar al sexo como el único factor que actúa en cada sociedad para discriminar y oprimir a las hembras humanas.

A las niñas en la India que casan o extirpan el útero siendo niñas tras su primera menstruación no les preguntan si se sienten mujeres, es innecesario, lo son y por eso aplican los roles de género femenino sobre ellas para limitar, controlar o poseer su capacidad potencial para gestar. No les importa su bienestar, solamente que no se queden embarazadas después de ser violadas y ya no puedan sacar un buen precio por ellas en el mercado matrimonial o que no tengan dinero suficiente para concederles una dote. Esterilizándolas las hacen infértiles y por tanto, para su sociedad, incapaces de casarse porque entonces no serán útiles, de modo que, la familia las puede obligar a trabajar para ellos indefinidamente.

En África Occidental las niñas no tienen mejor suerte. Cuando empiezan a madurar sexualmente las madres y abuelas mutilan sus incipientes senos con piedras calientes para evitar su crecimiento y así evitar que las niñas sean violadas. También son fuertemente vendados a continuación. Esta práctica que deja horribles quemaduras y problemas de salud físicos y psicológicos en las niñas se denomina planchamiento de senos. Tampoco son preguntadas sobre su identidad de género porque no importa, la sociedad y sobre todo, los hombres saben perfectamente quienes son las mujeres. Las instituciones en Kenia han conseguido frenar el abuso infantil convenciendo a los padres que no casando a sus hijas siendo adolescentes y permitiéndoles ir a la escuelan podrán trabajar en el futuro y recibirán un salario con el que ayudarles y al cabo de un tiempo obteniendo mayores rentas que las obtenidas con la venta de sus hijas. La finalidad para maltratar a esas niñas era evitar que la mercancía se echara a perder antes de poder sacar un buen precio por ella, de ahí el afán por evitar que fueran agredidas sexualmente. De nuevo las niñas son maltratadas por ser hembras humanas.

En los países desarrollados no nos mutilan si somos occidentales, pero hay miles de niñas procedentes de África que si lo son, miles obligadas a ir a sus países de origen para contraer matrimonio como les sucede a muchas jóvenes musulmanas. Sin olvidarnos de las niñas gitanas que en ocasiones son casadas a espaldas del Código Civil antes de cumplir los 16 años, niñas a las que insertan un pañuelo por la vagina para romperles el himen. No es progresista mirar para otro lado y alegar que es su cultura porque son formas de agresión sexual y ni siquiera a esas edades podrían otorgar su consentimiento. No hay escusas que valgan para educar a las jóvenes a ser apreciadas en sociedad tan solo por su inexperiencia sexual porque no somos objetos cuyo valor dependa del uso que los hombres den de nuestro cuerpo.

En otro orden de cosas, de diferente forma las mujeres occidentales también sufrimos los efectos nocivos de los roles de género en cada agrupación en la cual participamos ya sea en la escuela, el trabajo, en el grupo de amigos, en la familia o al salir a la calle. Desde pequeñas nos inculcan ciertos valores y actitudes que toda señorita debe seguir, es decir, nos moldean y lo hacen de acuerdo al punto de referencia socialmente aceptado que es lo masculino pero de manera opuesta. Mientras que en ellos se valora positivamente la defensa contundente de sus opiniones -cualidad del buen gobernante- a nosotras se nos educa para lo contrario a riesgo de parecer altivas o caprichosas -la cualidad de las dominadas-.

Por ejemplo, a las niñas se las educa para ser princesas desvalidas de ahí que sean sus referentes en juegos y en el cine, juegan a ser serviciales con los demás, a primar los sentimientos y las necesidades de otros a las suyas propias. Somos educadas en el sacrificio y si te rebelas pobre de ti que quieres tomar los privilegios de género destinados por mandato divino a los hombres, quienes son educados para ser fuertes y valientes, para proteger a las sensibles y serviciales mujeres. Además de esta sutil violencia machista no paran de crecer el número de violaciones, sobre todo de violación en grupo con un alto nivel de salvajismo, una violencia que cada generación aprende de la pornografía y que ponen en práctica primero con las mujeres y niñas prostituidas. No es casualidad porque el sistema patriarcal se rebela contra nuestra incipiente libertad y trata de “encarrilarnos” al redil a base de miedo.

Si miramos más allá de los hechos se esconde la inquietante necesidad de dominar lo único que escapa bajo su control: nuestro sexo y nuestra capacidad potencial para gestar. Las mujeres no decidimos ser mujeres, nacimos hembras humanas y cada una de nuestras sociedades ha tratado de dominar nuestro cuerpo y mente evitando que nos posicionemos en igualdad dentro la jerarquía social y económica con el objetivo último de dirigir nuestra parcela más intima de poder y aquella que es enteramente nuestra: nuestro sexo.

 

[1] MARGARET MEAD, Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas, 1932.

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