Hoy, millones de niños y niñas sobreviven y se desarrollan gracias a los avances médicos y tecnológicos que solemos dar por sentado. Los innovadores descubrimientos de vacunas para prevenir enfermedades infantiles, junto con un mejor cuidado de las madres y los bebés, han salvado miles de vidas y han mejorado la salud en general. El mundo también ha hecho un considerable progreso en lo que se refiere al desarrollo de las capacidades humanas e institucionales para implementar soluciones que salvan las vidas de los niños y las niñas más vulnerables y a quienes es más difícil llegar.

Sin embargo, tal vez el cambio más significativo durante los últimos cien años sea nuestra mentalidad respecto a la infancia. En 1919, cuando Eglantyne Jebb fundó Save the Children, su convicción de que los niños y las niñas tienen derecho a la alimentación, la atención de la salud, la educación y la protección frente a la explotación no era una idea generalizada. La Declaración sobre los Derechos del Niño, cuyo original redactó Jebb, fue adoptada por la Sociedad de Naciones en 1924. Este documento reconoce estos derechos para toda la infancia y establece como obligación de toda la comunidad internacional otorgar a los derechos de los niños y las niñas un papel central en la planificación. La Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada en 1989 y ratificada por todos los países a excepción de uno, también ayudó a cambiar la manera en que se considera y trata a los niños y las niñas, es decir, como seres humanos con una serie de derechos claramente diferenciados y no como objetos pasivos de cuidado y caridad.

El argumento moral en favor de la inversión en la infancia es contundente. En un mundo tan rico en recursos, conocimientos prácticos y tecnología, es inaceptable que permitamos que continúen los actuales niveles de privaciones que sufre la infancia.

Que un niño o una niña no pueda disfrutar de su niñez es el resultado de decisiones que excluyen, de manera intencional o por negligencia, a grupos específicos de niños y niñas. El grado en que un niño o una niña puede disfrutar de su niñez depende, en gran medida, del cuidado y la protección que recibe —o que no recibe— por parte de los adultos. La Convención sobre los Derechos del Niño (CDN) proclama el derecho de la infancia a la supervivencia, la alimentación, la nutrición, la salud y el refugio. Los niños y las niñas también tienen el derecho a recibir educación, tanto de manera formal como informal. También tienen derecho a vivir sin miedo ni discriminación, sin violencia y sin sufrir abusos y explotación. Finalmente, tienen el derecho a ser escuchados y a participar en las decisiones que les conciernen.

En 2015, los líderes mundiales se reunieron en las Naciones Unidas para asumir un compromiso audaz: acabar con la pobreza en todas sus formas para el año 2030 y proteger el planeta para las generaciones futuras. En su conjunto, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que se fijaron representan la visión de un futuro en el que toda la infancia disfrute de su derecho a la salud, la educación y la protección, los fundamentos de la niñez.

Lo más importante es que los signatarios del acuerdo prometieron asegurar que esta visión se cumpliera en todos los segmentos de la sociedad, sin importar el nivel de ingresos, el lugar, el género o la identidad. Además, también prometieron que quienes se encuentran más rezagados —es decir, los más excluidos de la sociedad— serían los primeros a quienes se llegaría. Esta promesa de no dejar a nadie atrás debe respetarse. Solo así alcanzaremos su potencial para transformar la vida de millones de niños y niñas en todo el mundo, con el fin de garantizar a toda la infancia la niñez que merece.

A medida que estos marcos visionarios se han ido aceptando, la opinión pública sobre la infancia ha ido cambiando de forma lenta pero constante en todo el mundo. Por ejemplo, hay más personas en el mundo que ahora consideran que los niños y las niñas deben asistir a la escuela y no trabajar arduamente en el campo y las fábricas. Además, más Gobiernos han promulgado leyes dirigidas a prevenir el trabajo infantil y el matrimonio infantil, y a establecer la gratuidad y la obligatoriedad de la educación escolar para toda la infancia, al margen del género, el origen racial, la situación de refugiado o las necesidades especiales. El mundo ha cosechado muchos logros en el curso de estos cien años, pero aún nos queda mucho por hacer para asegurar que cada niño y cada niña, en todas partes, crezcan sanos, reciban educación y estén protegidos frente a cualquier daño.

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