José Manuel Domínguez de la Fuente
Muchas son las voces de políticos y ciudadanos europeos que escuchamos estos días tratando de cerrar las fronteras europeas y de rechazar a los migrantes, de rechazar la interculturalidad. Sin embargo, la interculturalidad no tiene por qué darse entre personas de países o continentes distintos, sino que se da incluso en el propio hogar, en el que conviven familiares con formas de ver la vida radicalmente distintas pero, sin embargo, alcanzan puntos en común y formas de entenderse e, incluso, de quererse y divertirse.

Sin embargo, a pesar de la pluralidad de nuestras sociedades (que como hemos dicho comienza en el propio hogar) no se nos ha educado en la diversidad, más bien todo lo contrario, en el rechazo o el miedo a lo distinto.

Hoy mismo podemos ver en los periódicos cómo en Grecia se ha cerrado por un mes el derecho a pedir asilo (un derecho humano) y salen hordas de gente a tratar de que no entren migrantes a su país para no “infectar” su cultura. Cabría preguntarse cómo han sido educados y cómo ha sido su socialización, educados para rechazar lo diferente y para “preservar su propia cultura”.

 Deberíamos, pues, preguntarles qué es eso de su propia cultura y si no es, más bien, una mera construcción hecha a partir de miles de experiencias cambiantes a lo largo de los siglos y que se refleja de manera muy distinta en cada persona, siendo probable que la mayoría de ellos no tengan ni una visión ligeramente parecida en la forma en que se ha de vivir. Es decir, rechazan lo diferente teniendo una gran ceguera para ver que ellos mismos son muy diferentes entre sí y que aquello a lo que llaman “identidad cultural” no es, probablemente, más que un auto-convencimiento de una identidad extra-material de la que se creen partícipes y desde la que rechazan a seres humanos que, probablemente, les aportarían mucho bien.

Desde luego, parece que hemos sido educados en una especie de interpretación del mundo hobbesiana en la que tenemos que sobre-vivir en base a la competencia con los demás y no con-vivir en base a unos valores cívicos que permitirían una mejor vida para todos y un beneficio general mucho mayor.

Por ello, aunque la situación de las generaciones actuales sea peliaguda, tenemos una tarea muy importante hacia las generaciones futuras: que crezcan en la diversidad, en la convivencia, educar en unos valores cívicos que permitan una mejor vida para todos en el respeto, independientemente de las creencias religiosas o políticas de cada uno.

No debemos olvidar que es un hecho que nacemos en sociedades y lo más útil es buscar la mejor manera de vivir en ellas. Conscientes de que somos interdependientes, hemos de decidir cómo llevar a cabo esa interdependencia, ¿entre guerras o entre valores cívicos de respeto? 

Para poder vivir bien en sociedad hemos de respetar esos valores con independencia de nuestras creencias particulares y esto solo puede partir del diálogo (dia-logos, la palabra compartida, la palabra que lleva al entendimiento). Uno de los mayores beneficios del diálogo es que, antes de juzgar a alguien en base a las construcciones que nos han hecho creer que es de una manera u otra, damos pie a conocerlo por sí mismo. Es decir, si normalmente cometemos el error de identificar al individuo con el grupo, el diálogo nos permite conversar y acordar entre iguales, entre ciudadanos con los mismos derechos y deberes al margen del grupo al que pertenezcan (o al que quieran pertenecer).

Así pues, la comunicación intercultural sólo es posible si dejando de lado el prejuzgar, mostramos interés por el otro y por su cultura. Es decir, si vemos la cultura como la suma de experiencias que pueden aprender unas de otras y no como un todo cerrado que siempre ha sido así y no puede cambiar.

Es importante recordar constantemente que la identidad a la que tanto apelan ciertos grupos de poder nunca es algo cerrado, sino cambiante y en continuo diálogo y apertura hacia otras experiencias, siempre buscando la mejor forma cívica de con-vivir. 

Por ello, no nos quedemos en el sofá y salgamos a las calles, a las fronteras y ante sus muros construyamos puentes.