Antonio Maira
Ayer por la mañana, estuve escuchando el programa matinal de la cadena SER en el que Pepa Bueno, una gran profesional de la radio, nos da gentilmente los buenos días y nos sitúa al corriente de las últimas noticias. Ninguna novedad en esto. Tampoco en la brevedad de las noticias internacionales, salvada en este jueves por el grave asunto del Aquarius.

La ternura de la periodista se va amortiguando a medida que señala que en la política de inmigrantes y de asilo tiene que aparecer la política de lo real, es decir la de las cuotas y la de la Unión Europea, a la que está inevitablemente ligado el Gobierno. No es la primera en decirlo. Antes lo dijeron algunas ministras responsables de la política de asilo y del desmonte provisional (hasta que se encuentre un cierre menos brutal), pero igualmente efectivo, de la valla con concertinas –un nombre muy bonito-, que, desafortunadamente producen desgarros graves capaces de acabar en amputaciones.

Lo del Acuarius es un caramelo que desahoga al Gobierno pero no resuelve nada. No obstante una cosa lleva a la otra y la señora Bueno (que hermoso apellido), acaba por cargar las tintas contra el Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Él es el Gran Culpable por haber cerrado la frontera con Méjico y haber detenido a millares de indocumentados, separando a los padres de los menores de edad, muchos de ellos niños. Una de las fotografías ya ha recorrido la red y la prensa escrita, los móviles y la totalidad de los canales de TV (excepto en los dedicados, casi con exclusividad, al futbol), como un rayo llegando a todos los lugares del mundo.

Se trata de un niño de apenas tres o cuatro años que llora espantado. Muchos de los cientos, seguramente miles de millones somos madres y padres, abuelas y abuelos, de niños como aquél, desvalidos y aterrados. Todos sin excepción, salvo los racistas que lo disfrutan y los racistas que apartan la vista ante la imagen de un pobre niño como el mejicano, como cerca de dos mil niños más, hacinados, hambrientos y solos.

Pepa Bueno se siente desconcertada, desde su programa ya le han dado permiso para emplear sustantivos como fascismo pero no sabe a quién atribuirle semejante epíteto, ni las condiciones de uso necesarias. Desde luego no a Donald Trump que es, como mucho, un desequilibrado o un multimillonario con un “yo” demasiado grande, o un producto del lujo y la publicidad más desbocados. Ha caído desde el cielo, eso sí en caída democrática (como Adolf Hitler), sobre los Estados Unidos. Además, política real obliga, es un aliado frente a las Fuerzas del Mal de nuestro tiempo.

La buena periodista cae en un desconcierto absoluto cuando tiene que hablar de los orígenes y circunstancias del desastre de las pateras, y del desastre mayor de las gigantescas migraciones en Europa. No tiene objeciones en llamarle fascista al Jefe del Gobierno de Italia ni a su ministro del Interior, pero no puede hacerlo ante declaraciones y conductas similares en el gobierno español. Se trata de conservar el bipartidismo y no ofender “por si las moscas”.

La cosa se pone fea cuando se ve obligada a hablar de las enormes migraciones en el Mediterráneo, o en Centro Europa.

Cuando un contertulio, Ernesto Ekaizer, le habla de la Guerra de Libia, como causa inmediata del desastre en el Mare Nostrum, Pepa Bueno cae en la contradicción más absoluta. Ese camino, sabe la señora Bueno, le llevaría a cuestionar no solo la guerra de Irak, sino también las anteriores guerras en Yugoslavia y las posteriores en Ucrania y Siria, es decir las intervenciones, militares y económicas, y las coacciones previas de EEUU y la OTAN en buena parte de los países del mundo.

Señora Bueno, no creo que su relación con la verdad esté mediatizada por la ignorancia. En ese caso usted no es una buena periodista.

La pregunta para debe ser la siguiente: ¿Por qué lo hace?

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