Ana Morán

Hace más de un año que no me despierta cada mañana, que no oigo su sublime ronroneo a la hora de la siesta, que no viene a saludarme cuando entro en casa, que no le acaricio, que no oigo su fino maullido al olor de los langostinos. Se fue un mes de abril, pero no ha habido ni un solo día que no la tenga presente.  Llegó una tarde de primavera, terriblemente asustada, y, se marchó una mañana suavemente, con su eterna dulzura, y, aunque las lágrimas y la pena me invadieran irremediablemente, el cariño y la estupenda vida que tuvo en mi casa, me hace sentir en paz.

Ay, cómo se quieren a los animales, cuánto amor nos proporcionan y cuánto aprendemos de ellos. No sólo son compañeros de vida, con ellos compartimos el planeta. Sí, porque desde que el mundo es mundo ha estado poblado de animales, plantas y hombres y mujeres. Todos somos seres vivos, unos razonamos y otros no, pero no me cabe duda que nos necesitamos para existir.

Pero, igual que un día desaparecieron los dinosaurios, tenemos que proteger especies animales en peligro de extinción. Asistimos perplejos a la disminución progresiva de las abejas que conllevaría la pérdida de alimentos por la menor incidencia de polinización; comprobamos con el lince ibérico está condenado, el  lobo asediado, o el tigre amenazado, entre tantos otros.

En la antigüedad cazaban para alimentarse, y se usaban pieles para cubrirse y aislarse del frío. En la actualidad se caza por placer, se organizan safaris para ello. Se crían visones, conejos o  zorros en granjas en condiciones lamentables para arrancarles la piel a tiras y confeccionar carísimos e innecesarios abrigos de pieles. Sometemos a una agonía tremenda patos, ocas o gansos para deleitarnos con su foie. Hacinamos a cerdos y hormonamos al ganado vacuno. Colocamos a pollos en mini jaulas con lámparas de calor para que produzcan a la velocidad de la luz. Y para qué, para ganar más dinero, pero ya sabemos cuál es el precio a pagar y a quién se lo repercutimos.

Nosotros seguimos usando plásticos y llenando los mares de sustancias tóxicas para los peces, que aparecen ahogados con sus vientres llenos de basura. Contaminamos con mercurio, convertimos los océanos en vertederos, sin pensar ni un momento, que es el hogar de los animales marinos. Y seguimos. Continuamos castigando al medio ambiente, individual y globalmente, con escasas imposiciones de sanciones de unos gobiernos que no aceptan que en el futuro no podremos ni respirar. Qué digo en el futuro, que hay ciudades donde la atmósfera es insoportable y altamente perjudicial para nuestra salud, y, por supuesto de todos los seres vivos.

Los animales domésticos sufren abandono en carreteras, en contenedores de basura, en campos, en plena ciudad, y, las protectoras no tienen ni capacidad ni medios económicos para soportar esta situación.

A los animales se les sigue torturando, bien sea en una plaza de toros, en una pelea de gallos, o sometiéndolos a una disciplina en época de caza usados y tirados cuando ya no sirven, como ocurre con la población de galgos. Y, en pleno siglo XXI, se conservan perpetuadas en el tiempo auténticas aberraciones denominadas fiestas basadas en maltratar a un animal, a un ser vivo, que siente y padece. Aún existen animales enjaulados, trasladados de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad para trabajar en el circo, para subirse a un taburete o acatar órdenes de un domador. Contemplamos cómo la legión utiliza una cabra como mascota, y, aún circulan por nuestros patios y nuestras calles personas que exponen a una cabrita a bailar como motivo de risa y recolección de algunas monedas.

Decía Schopenhauer que quien es cruel con los animales no puede ser buena persona. Cómo puede un ser humano maltratar a un animal, cómo pueden compartir vídeos orgullosos de la saña demostrada en sus viles actos, cómo las instituciones no legislan en la materia evitando ese sufrimiento gratuito fruto de mentes  despiadadas, cómo no se sanciona adecuadamente esa excesiva violencia. Pues tendrá razón el filósofo y este mundo está plagado de malas personas.

Animales expuestos en escaparates, en lechos de papel de periódico, donde los críos se paran a mirar y normalizan esas situaciones. No, hay tantos animales domésticos abandonados que no es moral ni ético pagar por “una mascota”. No me gusta usar esa palabra, un animal es un ser libre en su medio, su ecosistema, y, los animales domésticos son nuestros compañeros de vida. ¿Una mascota? Esa que será adquirida en navidad y abandonada en cuanto dé problemas, por desgracia es algo tan habitual que asusta  que alguien pueda considerar un ser vivo en algo parecido a un muñeco que compro y ya no me gusta, me aburre, una camisa que pasó de moda y no me pongo….

Debemos educar para aprender a valorar nuestro entorno, nuestro planeta, ese que compartimos con animales, plantas y que transitamos absortos recogidos por nuestra madre naturaleza, esa que castigamos desviando los cauces de los ríos, construyendo en selvas, bosques o en plena costa, esa que obviamos, de la que nos despreocupamos comprando compulsivamente, no reciclando y llenando la superficie terrestre de fábricas y medios de transporte que no cumplen los niveles aceptados de emisión de gases. No recordamos, o ni siquiera somos conscientes del daño que infringimos a nosotros mismos, a nuestros semejantes y al resto de seres vivos.

Sólo se me ocurre intentar que nos concienciemos, que tomemos cartas en el asunto, que nos detengamos y comprobemos  el perjuicio que estamos causando, porque se me encoge el alma cuando recuerdo al filósofo y pienso en lo que dijo una vez “el hombre ha hecho de la tierra un infierno para los animales”.