Federico Velázquez de Castro González
Asociación Española de Educación Ambiental


Estamos asistiendo a una verdadera explosión de iniciativas de economía circular, que de tan buen grado han asumido muchas empresas. Aparentemente el planteamiento es bueno, pues el objetivo supone alcanzar el residuo cero en base a un proceso conocido como biomímesis, en el que a similitud de lo que acontece en la naturaleza, nada se pierde y todo se aprovecha. En el área industrial, residuos y subproductos  encontrarían un segundo uso o aplicación antes de ser descartados.

Asimismo, para muchos sectores, poder afirmar ante la opinión pública que los desechos de sus actividades pueden ser reutilizados, parece ser una coartada para que no se pongan obstáculos ni reticencias a sus procesos, libres ahora de cualquier cuestionamiento ambiental.

Pero se trata de una verdad a medias. Pensemos, por ejemplo, en un tema tan controvertido como el plástico. Si, en teoría, gran parte de ellos son reciclables, el problema es que este proceso no se puede realizar en su totalidad, debido a su heterogeneidad (el plástico de una bolsa no tiene la misma composición que la de un envase de margarina, una botella de plástico, una bandeja de corcho blanco o una tarjeta de crédito). Por ello, las empresas optan por reciclar plásticos homogéneos (polietileno de baja densidad, sobre todo), procedentes de invernaderos o de residuos industriales, dejando las demás fracciones en el vertedero. Asimismo, en la industria del papel se parte, en gran medida, de papel recuperado, pero no todo lo que se deja en el contenedor es suficiente, hay papel que no se retorna, y las fibras de  celulosa se rompen a los 5 – 7 reciclados, por lo que hay que acudir a la introducción de madera en la cabecera de los procesos. Por tanto, hay muchos procesos y actividades que no pueden considerarse completamente circulares.

Aprovechar los residuos es la última opción, obligada sin duda, antes de perderlos, pero la gran diferencia entre las posiciones ambientales y las empresariales es que las primeras ponen el énfasis en la reducción y el cuestionamiento del consumo, dentro de un estilo de vida sencillo y contenido. El fabricante, por el contrario, no quiere límites, su objetivo es producir, publicitar, crear la necesidad y vender (mínimos costes, máximos beneficios). Poder presentarse ante la sociedad como preocupado por los requisitos ambientales, que en la mayor parte de los casos es, si acaso reciclar, muestra la cara amable, no siempre real, del producto a comercializar o la marca que lo patrocina.

Se han creado, incluso, consorcios que viven del reciclaje y que bajo prefijos como “Eco”, les interesa que el proceso no decaiga, a más envases, más negocio. Pero, como se ha expuesto, nada que ver con los planteamientos ambientales porque, además de reducir el consumo, clave de todas las contaminaciones y crisis, los envases deben ser reutilizados a través de sistemas de devolución y canje. Y los productos deben ser reparados, con adecuados servicios técnicos que eviten su descarte prematuro.

Es importante desenmascarar estas modas circulares que en poco ayudan a resolver la problemática ambiental. Las razones que las han generado se encuentran en la ignorancia (o indiferencia) sobre los límites que el planeta tiene, aspecto éste que el capitalismo no se encuentra muy dispuesto a asumir, pues va contra su propia esencia. Sin embargo, no hay otra vía para detener el crecimiento exponencial de los residuos y de las materias primas que los generan, lo que supone otro modo de pensar y producir, acorde a la visión armoniosa ser humano/naturaleza que el planeta necesita.