Parece que haya pasado un siglo desde el 8 de marzo de 2018, cuando 5 millones de huelguistas feministas paralizamos el país, reclamando una sociedad libre de opresiones, de explotación y violencias machistas. La huelga laboral, de cuidados, de consumo y estudiantil revitalizaba el 8 de marzo con una idea relativamente sencilla: que la alianza del heteropatriarcado racista con el capitalismo global era letal para las personas y el planeta. El movimiento feminista mostró (entonces y el siguiente año) una fuerza sin precedentes y la capacidad de movilizar e ilusionar a distintas generaciones en un proyecto social ambicioso, común y posible. Esta cuarta ola feminista iniciaba otra forma de hacer y concebir las huelgas, uniendo lo productivo a lo reproductivo, visibilizando el racismo, el capacitismo y la heteronormatividad. Poníamos en práctica la idea de que la huelga para ser general ha de abarcar diferentes ámbitos de la vida, expresando sin tapujos la intersección e interdependencia de distintos sistemas de dominio en su insoportable desprecio por la vida.

Ello nos permitió visibilizar que la esfera productiva y sus excesos está vinculada a la manera patriarcal de organizar la reproducción social; que lo productivo precisa bolsas de población sin derechos, feminizada, racializada, encargada de la reproducción. Con esta nueva dimensión de que lo personal es político, logramos construir un movimiento que creía firmemente en la necesidad de reconocer las complicidades e intersecciones entre ejes de desigualdad que distribuyen a las mujeres en distintas posiciones en la jerarquía social. Ello nos hizo más fuertes y nos puso en posición de construir juntas un futuro diferente. La pluralidad de feminismos, fruto de la pluralidad de experiencias y localizaciones, nos permitió identificar mejor las injusticias de la globalización neoliberal para repensar juntas los sujetos, relaciones, espacios, prácticas, fines y acuerdos para una sociedad más justa.

Parece que haya pasado un siglo, y no tres años, porque en lugar de avanzar por ese camino común que anticipamos, hemos desandado parte de lo avanzado. En 2019 el feminismo dejó de ser ese espacio común de lucha contra las opresiones, y dejó de ser un espacio seguro para las mujeres. Nos dimos de bruces con la disyuntiva de la que hablan Fraser, Battacharya y Arruzza (2018) entre dos feminismos: el hegemónico, que se preocupa por el techo de cristal; y el que se preocupa por quien lo limpia, del 99% restante. Si estamos dividas no es porque somos diferentes, diversas, heterogéneas y desigualmente situadas en la jerarquía social. Como demostramos en 2018, la diversidad puede ser fuente de solidaridad y enriquecimiento recíproco. Si estamos divididas es porque no se dan las condiciones para el diálogo entre algunos de esos feminismos diferentes. En estos tres años, el rico debate feminista ha sido sustituido por insultos, enfrentamientos, presiones, censura de actos y discursos, argumentarios y violencias hacia quienes muestran su desacuerdo con la parte del feminismo que ha conseguido ocupar las instituciones e imponer su agenda. Un feminismo esencialista, punitivista y excluyente que produce sufrimiento con sus prácticas, sus discursos, sus planteamientos y sus leyes. Un feminismo que está en las antípodas del movimiento que conjuró el cambio.

FEMINISMO AL PODER - Qué Leer

En breve hará un año desde que la pandemia de la covid-19 llevó al gobierno a decretar el confinamiento domiciliario. Aquella situación distópica hizo que muchas personas tomaran conciencia, de una forma extremadamente dolorosa, de la gravedad de las desigualdades que nuestra sociedad genera, aprovecha y explota. Se señalaron los trabajos esenciales, quiénes los ocupan y las condiciones de precariedad en que lo hacen; se señalaron los servicios públicos y el impacto que su desmantelamiento en años anteriores tenía sobre nuestra capacidad de hacer frente a la pandemia. El cierre de los centros escolares mostró la incompatibilidad del sistema económico con la crianza y la reproducción, confirmando y reforzando la brecha de género de los cuidados y los salarios; amenazando con abrir una brecha nueva, la digital, que con toda probabilidad se cruzará con el género y otras desigualdades y traerá nuevas discriminaciones. Vimos la situación de las residencias de ancianos y la cantidad de personas mayores solas y desatendidas; la situación de las familias con dependientes y la de personas que antes de la pandemia eran autónomas, pero que con el confinamiento pasaron a necesitar atención. La economía feminista llevaba tiempo diciéndonoslo: hemos subordinado la vida al capital y necesitamos poner la vida en el centro. Vimos y continuamos viendo la fragilidad de la salud mental y del equilibrio emocional, puestos a prueba por el distanciamiento social. Confirmamos nuestra interdependencia con los demás en lo físico y lo emocional, y sufrimos al tener lejos a nuestros seres queridos o por no podernos despedir de ellos. Tomamos conciencia de que muchas mujeres estaban encerradas en sus casas con sus agresores y de que la violencia machista tiene muchas caras. El encierro expuso a muchas personas a una violencia agravada: menores y mayores encerrados con sus agresores; trabajadoras encerradas en su lugar de trabajo; personas LGBT encerradas en el armario. Con desolación constatamos la situación habitacional precaria de muchas familias y de demasiadas personas: jóvenes, trabajadoras del sexo, migrantes, estudiantes y quienes sufrieron vivir en la calle en un país confinado.

Lejos de atender a estas situaciones de exclusión social con soluciones estructurales, las respuestas vinieron a reforzar jerarquías dentro de la precariedad: ayudas económicas destinadas principalmente a quienes disponían de trabajos formales “productivos”; una renta básica que no llega a quienes más la necesitan. La exposición al virus y su impacto en las condiciones de vida guarda una relación estrecha con la posición social que se ocupa en la jerarquía social. La pandemia sólo ha exacerbado las desigualdades existentes y la nueva normalidad se parece alarmantemente a la vieja. Abrimos al turismo los hoteles y los bares sin revisar las condiciones de trabajo de las kellys, del trabajo estival y hostelero precario; aprobamos unos presupuestos sociales y progresistas, olvidándonos de incluir a las trabajadoras domésticas en el régimen general de la seguridad social; cerramos la campaña agrícola sin revisar las condiciones de las temporeras; y hay hasta quien apresuradamente pidió el cierre de los burdeles (medida victoriana higienista), sin consultarlo con las afectadas ni proporcionar una alternativa económica y habitacional… Y una, dos y tres olas llevamos ya, en las que a la crisis, la incertidumbre, el miedo y la fatiga se suma el estupor de ver cómo se refuerzan entre sí dos lógicas que creíamos contradictorias: la reconstrucción de lo público y el autoritarismo del estado neoliberal securitario.

Con todo lo que nos ha pasado colectivamente este año; con todas las muestras de solidaridad y los atisbos de transformación; con todas las evidencias de que nuestro diagnóstico es correcto, y sabiendo que ha llegado el momento de impulsar y realizar ese proyecto feminista común llegamos al 8 de marzo más divididas que nunca. Divididas porque una parte del feminismo ha renunciado a la unión contra los patrones de exclusión del estado capitalista heteropatriarcal. Incluso los reproduce al presentar como universales sus propias exigencias y demandas, que no por casualidad encajan bastante bien en ese estado. Divididas por ese afán de algunas de imponer su propia normatividad, de decirnos a las demás qué sentir, querer, ser; cómo debemos comportarnos, expresarnos, amar o follar; qué priorizar, vindicar y hasta dónde exigir. Por ese afán de algunas de hacerse oír, utilizando sus plataformas institucionales para gritar más que nadie, sobreescenificando la división sin buscar el diálogo, coqueteando peligrosamente con los argumentos de la extrema derecha, alimentando un clima de pánico moral desde una posición de poder.

Recursos para enseñar feminismo en Secundaria y Bachillerato

Yo quiero que reconstruyamos el feminismo que paró el mundo. Que las experiencias de estos últimos años nos hagan crecer hacia feminismos más democráticos, más inclusivos, más morados, más verdes, antirracistas, multicolor. Que encontremos las palabras, los espacios, las prácticas, los medios y la voz para que el feminismo vuelva a ser la casa de todas. Que nadie le ponga candados ni nos salve de nosotras mismas. La cuarta ola feminista es el único proyecto social, político y teórico capaz de construir un futuro seguro para todas y para el planeta. Pero para lograrlo necesitamos reconstruir un movimiento que nos permita a todas estar y luchar unidas en nuestra diversidad.


Por Ruth M. Mestre i Mestre, miembro del Institut Universitari d’Estudis de les Dones de la Universitat de València. Mientras tanto.

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