Reflexiones para hacer la revolución feminista

Cynthia Duque Ordoñez
Coordinadora de Internacional en Contrainformacion.es


Tremenda tarea la que me ha tocado por hacer: escribir un artículo para el día después del ocho de marzo. Un día que se auguraba épico y el inicio de una nueva era. ¿Pensarían esto hace cien años las feministas socialistas? Posiblemente tuvieran los mismos miedos que yo tengo a que las conquistas sociales no se irradien a todas las capas sociales. ¿Sentirían el vértigo?

La historia se está repitiendo y nos da una nueva oportunidad para que esta vez sí, la rueda de la historia se pondrá en marcha y no parará hasta asentar el socialismo en la economía, en la sociedad y en la política. Tenemos las enseñanzas de ayer, si las queremos recoger y hacer nuestras, y el futuro para ponerlas en práctica, pero para eso solo necesitamos una cosa: tener las ideas muy claras.

¿Sobre qué debemos de tener las ideas claras mujeres y también hombres? Qué es ser mujer, quiénes son las oprimidas -a las que nos referimos y por las que nos movilizamos- y quiénes son nuestros enemigos para no confundirlos con nuestros aliados.

La mujer es aquel «otro sexo», que el varón desde su prisma evalúa y forma a su antojo, mediante la imposición de dogmas y roles definidos, desarrollados, para oprimirlas. ¿Todas las mujeres están oprimidas? ¿Esta oprimida la mujer dueña de sus medios de producción? Es innegable que las mujeres de clases económicas acomodadas han servido de moneda de cambio para las alianzas económicas y políticas de sus padres o hermanos. Es innegable que su papel ha sido ocupar un segundo plano por detrás del varón. Sin embargo, si bien la mujer burguesa tratará de equiparar sus derechos a los de los hombres burgueses, es decir, tratan de «conseguir las mismas ventajas, el mismo poder, los mismos derechos en la sociedad capitalista que poseen ahora sus maridos, padres y hermanos» no podemos considerarlas aliadas para comandar la revolución porque sin miramientos perpetuarían las relaciones económicas de poder con las mujeres -y también los hombres- de clase obrera. Nuestro objetivo es «abolir todo tipo de privilegios que deriven del nacimiento o de la riqueza. A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer.»[1]

Por ejemplo, ¿puede ser aliada de una mujer explotada sexual y reproductivamente para gestar un hijo de aquella que ha pagado por comprar su cuerpo, su tiempo, su salud y el fruto de sus entrañas?

Me apena enormemente que sigamos reflexionando sobre tales preguntas, porque eso quiere decir que avanzamos muy lentamente, o que avanzamos y retrocedemos dependiendo del momento histórico, pero al final no llegamos a ese «hilo» originario del que tirar y explicar las relaciones patriarcado-capitalismo. Despertar a las masas entraña tiempo, voluntad, dedicación, constancia en la formación y en la movilización, en resumidas cuentas entraña sacrificio de aquellas comprometidas con la causa en un mundo en el cual nos enseñan desde la cuna a ser individualistas y egoístas a semejanza de los Estados. Aun así confío en el ejército de las mujeres socialistas, porque reúnen las características anteriormente nombradas para hacer posible un mundo nuevo.

Si algo nos ha enseñado la lucha de las mujeres socialistas es que es una lucha internacional. Todas y cada una de nosotras estamos unidas por la sororidad. Todas y cada una independientemente de nuestra religión o raza tenemos las mismas inquietudes y demandamos el fin de los privilegios de nacimiento, raza, riqueza u orientación sexual.

¿Es importante seguir celebrando el Día de la Mujer Trabajadora?

Tan importante como recordar que la riqueza mundial está mal distribuida a través de redes que perpetúan los privilegios de una minoría sobre las opresiones que sufren una mayoría. El día ocho de marzo permite a las mujeres más politizadas extender el mensaje revolucionario a las menos politizadas. La huelga y la manifestación forma parte del taller revolucionario y diría que es su culmen, el resultado de una formación y movilización en las calles -su esencia- previas. Posiblemente estemos compartiendo movimiento sujetos de muy diferentes ámbitos y sensibilidades, actualmente liberales tratan de copar el movimiento feministas y expulsarnos para que nada cambie, pero a la mayoría nos une un sentimiento verdadero de querer mejorar este mundo.  Algunos tergiversadores han intentado hacer suyo el feminismo, pero el feminismo no tiene ni cara ni nombre, tiene ideas, unas ideas que crecen, se desarrollan y desechan aquellas que tras un sutil análisis son claramente contrarias a abolir la discriminación y los privilegios de la minoría, como por ejemplo las teorías no abolicionistas del género porque éstas toman los prejuicios vertidos históricamente sobre nosotras como verdades, cuando la única verdad es que nazcamos hembras o varones nacemos libres e iguales.

 

La mujer obrera sufre una doble discriminación, difícil de ver en ocasiones por los compañeros de ideología, por un lado es discriminada desde el nacimiento por su falta de riqueza, entendida como la posesión de medios de producción, y por otro, es discriminada por su sexo, por nacer hembra humana. A la mujer obrera no solo la explota el empresario o la empresaria. A la mujer obrera también la explota por su condición de mujer el hombre obrero, porque utilizan su fuerza de trabajo en las labores domésticas, cuidados y su potencialidad para gestar y ser madre, reproduciendo los roles de la familia tradicional burguesa sobre su compañera. Esta situación de doble explotación beneficia al compañero que dispone de una esclava domestica; beneficia al patrón porque podrá exigir al obrero jornadas laborales más largas y pagar salarios menores a las obreras; y también beneficia al Estado que deja de organizar, valorar y suministrar un servicio de cuidados a sus ciudadanos que tiene un alto coste económico.

El sistema capitalista tiene la prensa para manipular, controla la educación para adoctrinar, controla los poderes del Estado para silenciar, controla la economía para coaccionar, pero no tiene una cosa: la verdad. Nosotras tenemos esa posesión tan valiosa que sabiéndola difundir, explicar e irradiar a las oprimidas y a sus aliados nos hará comandar la revolución hacía ese cambio de era tan esperado y deseado por aquellos que han vivido dormidos condenados a no soñar.

Conserva celosamente tu derecho a reflexionar, incluso el hecho de pensar erróneamente es mejor que no pensar en absoluto. Hypatia de Alejandría.

[1] Alexandra Kollontai, El Día de la Mujer, 1913.

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