Loïc Alejandro
Coportavoz federal de EQUO


¿Os habéis fijado?

La comunicación política está llena de expresiones guerreras, retórica militar y metáforas bélicas. Ya no nos sorprende leer en los titulares o escuchar en los discursos políticos expresiones como «reúne sus tropas», «quema sus últimos cartuchos», «pasa a la defensiva», «reconquista terreno», «arsenal de medidas», «da un ultimátum», «control de daños», «batería de preguntas», «inicia una ofensiva», o simple y llanamente, «declaración de guerra». Además de expresiones hechas, la comunicación política emplea directamente el vocabulario de la confrontación, con palabras como combatir, lucha, enemigo, tregua, maniobras, capitular o deserción.

Cabe preguntarse por qué es así, qué efectos tiene y qué podemos hacer para cambiarlo.

Según el historiador escocés Thomas Carlyle, el ser humano ha nacido para luchar, y lo que define a los hombres es su carácter guerrero. Su argumento es que la vida es una batalla. Esto podría eventualmente explicar por qué la retórica guerrera se ha instalado en el discurso político, pero ese argumento no funciona. Aunque se pueda entender la vida como una lucha contra la enfermedad, el sufrimiento o la muerte, la evolución de las sociedades demuestra que la humanidad tiende a rechazar la confrontación como modo de gestión de las diferencias.

Otro aspecto que puede explicar esa militarización del lenguaje político es que la comunicación política es muy aficionada a las metáforas. Ayudan al receptor a hacerse una imagen mental para entender mejor el mensaje. Las metáforas deportivas, como por ejemplo «marcar puntos» o «montar su equipo», se usan para definir las reglas del juego y comentar el rendimiento del adversario. Las metáforas meteorológicas, como «ola de cambio» o «tormenta en el parlamento», sirven para resaltar la evolución rápida de los acontecimientos y hacer desaparecer la responsabilidad humana. Y las metáforas bélicas se usan para añadir gravedad a la situación y amplificar la confrontación.

Además, existe un legado que contribuye probablemente a la militarización del lenguaje político. En épocas sombrías de la historia, política y guerra se han fusionado. Cuántas veces, en tiempos de conflicto armado, hemos visto líderes políticos dirigirse a las masas como lo haría un general militar con sus tropas para prepararlas para el combate.

Así las cosas, ¿qué efectos puede tener esa retórica guerrera sobre el interés que manifiesta la población, y en especial las mujeres, hacia la política?

La encuesta del CIS tras las elecciones municipales y autonómicas revela que los principales sentimientos que despierta la política son la desconfianza, el aburrimiento y la indiferencia. Por otro lado, a pesar de que la representación femenina en los parlamentos es más alta en España que en varios países vecinos de Europa, sigue habiendo significativamente menos mujeres que hombres en política (un tercio menos, en general), cuando, en la sociedad, hay ligeramente más mujeres que hombres. Por último, la Encuesta Social Europea revela que el interés de las mujeres hacia la política es sistemáticamente inferior al de los hombres.

No es de extrañar. La oratoria guerrera y la retórica de la intransigencia hacen de la política un terreno de batalla en el que no apetece entrar. Con el lenguaje guerrero en la política rozamos la manipulación. Se transmite un estado de pánico y terror artificial, el adversario político se transmuta en enemigo, y contra este enemigo, como no, solo hay un salvador. La complejidad del mundo se reduce a un mensaje simple: «estos son los malos, yo soy el bueno».

Por lo tanto, es esencial cuidar el lenguaje porque éste tiene una influencia determinante sobre la manera de entender las cosas. Las palabras importan porque las palabras son los elementos con los que dibujamos los conceptos, de igual forma que los ladrillos sirven para construir una casa. Hablar de «enfrentamiento de jefes de filas» o por el contrario de «diálogo entre representantes de partidos», cuando se trata de un debate electoral, establece un marco completamente distinto en un caso u otro.

La función orientadora e integradora de la política se difumina y se convierte en un arma para la destrucción del adversario. El lenguaje bélico es el principal ingrediente de esa transformación. La política debería ser un espacio amable, fraternal y humilde donde los y las políticas se dediquen a trabajar para administrar lo común, en consonancia con la etimología de la palabra: “de, para o relacionado con los y las ciudadanas”. Un espacio de construcción, tolerancia y cooperación; no una arena de combate donde debe haber, por definición, vencedores y fracasados.

Debemos reivindicar esta forma de hacer y vivir la política y recordar lo que Marilyn Ferguson escribía en los años 80: «Trabajar por la justicia social, por la paz, por la superación de la pobreza y la alienación, por la construcción de un futuro verdaderamente humanizador no es posible sin una combinación de amor y poder. […] el poder sin amor se reduce fácilmente a la manipulación y explotación». Del mismo modo, para Petra Kelly, cofundadora del partido verde alemán en 1979, ser tierno y al mismo tiempo subversivo es lo que significa ser políticamente verde, como contraste con la forma convencional de hacer política.

Transformando el lenguaje en la política y dejando atrás el vocabulario bélico, habremos dado un paso para cambiar la política misma y podremos hacer de ella una actividad más apasionante y atractiva para los y las ciudadanas.

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