Tras el reinado transitorio de la covid-19, la atención de la comunidad biomédica internacional vuelve a concentrarse sobre El emperador de todos los males, título que concedía al cáncer el médico y divulgador Siddartha Mukherjee en el libro del mismo nombre.

Luis Montuenga, investigador y decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra, hacía una excelente crónica de los avances y retrocesos en la batalla contra el “emperador de los emperadores”: el cáncer de pulmón. La mortalidad que produce esta dolencia es prácticamente equivalente a la suma de muertes causada por el cáncer de colon, mama y próstata juntos. Y sin embargo, la industria del principal responsable de esos estragos, el tabaco, sigue floreciendo.

A lo largo de 2022, The Conversation se ha hecho eco de cómo los investigadores continúan buscando los flancos débiles a las tropas del emperador cáncer. En primer lugar, identificando sustancias naturales capaces de desactivar o frenar la proliferación descontrolada de células que lo caracteriza.

Una farmacia natural

Estos nuevos compuestos pueden esconderse, por ejemplo, en las profundidades marinas. Maria P. Ikonomopoulou, de Instituto IMDEA Alimentación, contaba su investigación pionera para aprovechar las propiedades del veneno del pulpo de las arenas del sur, Octopus kaurna, contra el melanoma. El potencial farmacológico de las ponzoñas animales es inmenso y, en gran medida, inexplorado.

Muy prometedor resulta también el efecto del gosipol, que se extrae de un vegetal esta vez tan común y a mano como la planta del algodón. Judit Ribas Fortuny, de la Universitat de Lleida, Jordi Bruna Escuer, del Institut d’Investigació Biomèdica de Bellvitge, y Víctor José Yuste Mateos, de la Universat de Barcelona, han estudiado concretamente su eficacia frente al gliosblastoma, el más frecuente y letal de los tumores cerebrales malignos.

Aunque el lector quizá haya oído hablar más de la melatonina, la molécula que gobierna nuestros ciclos de sueño y vigilia. Pues bien, entre sus múltiples virtudes se cuenta su capacidad de frenar la evolución de un tumor, desde que empieza a formarse hasta que hace metástasis, y sin producir efectos secundarios significativos. Su precisión antitumoral le ha valido el apodo de “asesina inteligente”. Lo explicaron los profesores Alejandro Romero Martínez, de la Universidad Complutense de Madrid, Emilio Gil Martín, de la Universidade de Vigo, y Francisco López-Muñoz, de la Universidad Camilo José Cela.

Tras la pista del asesino

Más allá del ámbito farmacológico, es prioritario profundizar en los resortes bioquímicos y ambientales que desencadenan ese conjunto de más de 200 enfermedades que conocemos con el nombre genérico de cáncer. Para derrotar al enemigo antes hay que conocerlo, y eso es lo que pretende la secuenciación del genoma de los distintos tumores humanos.

Como recordaba Javier Robles Valero, investigador y profesor de la Universidad de Salamanca, uno de los actuales retos de la biomedicina es saber qué mutaciones genéticas son realmente importantes para que se desarrolle un cáncer. En su centro de investigación, por ejemplo, han identificado el papel que desempeña la alteración del gen VAV1 en la aparición de los linfomas periféricos de células T, una enfermedad muy agresiva. Este tipo de hallazgos ayudarán a afinar la puntería con los tratamientos.

Por su parte, Xose Antón Suárez Puente y Pablo Bousquets Muñoz, de la Universidad de Oviedo, enfatizaban la importancia de sondear las aguas procelosas del “genoma basura”. Así se llama –con poca propiedad, como se ha ido sabiendo– a las secuencias repetitivas, genes defectuosos o antiguos virus que forman gran parte de nuestro material genético y no cumplen ninguna función aparente. Su propio grupo de investigación ha localizado allí un gen mutado que se asocia a diversos cánceres de la sangre y el de próstata.

También es un campo excitante de investigación el que intenta comprender el rol que desempeña nuestra microbiota intestinal tanto en la aparición de tumores como en la respuesta del sistema inmune a la enfermedad.

Sonia Villapol, profesora del Houston Methodist Research Institute, señalaba en su artículo que quizá habría que plantearse modificar la dieta de los pacientes y administrarles, dependiendo del caso, prebióticos (moléculas que promueven el crecimiento de microbios beneficiosos), probióticos, posbióticos (moléculas derivadas de microorganismos) o antibióticos.

La importancia de detectarlo a tiempo

Otra arma definitiva para pararle los pies al cáncer es el diagnóstico precoz. Y en esta tarea está cobrando últimamente una especial importancia la búsqueda de nuevos biomarcadores; es decir, moléculas –genes, proteínas, metabolitos…– que nos avisan de que algo marcha mal en nuestro organismo antes de que sea demasiado tarde.

Así, Pilar Navarro Medrano y Pablo García de Frutos, del Instituto de Investigaciones Biomédicas de Barcelona (IIBB-CSIC), relataron cómo consiguieron relacionar el incremento de una proteína llamada AXL con el cáncer de páncreas más común.

Y Barbara Goff, de la Universidad de Washington, desmintió la fama de “asesino silencioso” que arrastra el cáncer de ovario. Según sus indagaciones, hay que prestar atención a los siguientes síntomas: dolor en la pelvis y el abdomen, aumento de la frecuencia y de las ganas de orinar, dificultad para comer o sensación de saciedad rápida, e hinchazón o distensión abdominal.

La detección temprana de esta enfermedad es vital. Como indicaba la autora, el 70 % de las pacientes son diagnosticadas en estadios avanzados, cuando las posibilidades de curación son escasas.

Para finalizar, una noticia que le dejará buen sabor de boca: si está leyendo el artículo en un teléfono móvil, tenga en cuenta que siguen sin encontrarse pruebas que vinculen el uso de este dispositivo y el riesgo de contraer un tumor cerebral.

The Conversation

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