Por Juanjo Andrés Cuervo

En plena Guerra Fría, cuando la tensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética era muy elevada, la victoria de un político con ideología marxista en América Latina parecía una paradoja macabra, elaborada para quitarle el sueño a los representantes oligárquicos. Y por ello, no sorprendió el golpe de estado perpetrado el 11 de septiembre de 1973 por Augusto Pinochet, que ya había sido previsto por académicos como Régis Debray o Erik Hobsbawm. 

Ni siquiera el propio Salvador Allende, que tuvo que defenderse con una pistola ante el intento de asesinato por parte de la derecha, podía calificar esta realidad como un eufemismo.

De hecho, después de una conferencia organizada en la Universidad de Montevideo, en la que participó junto a Ernesto Che Guevara, ambos hablaron sobre esta coyuntura violenta. Es por ello que el argentino le explicó que debían salir por zonas diferentes de la Universidad, “para no ser un blanco sencillo en un intento de asesinato”.

En efecto, después supieron que ese intento de asesinato hacia ambos se llevó a cabo, y aunque en aquella ocasión pudieron salvarse, un profesor uruguayo murió a la salida del evento. 

Sin embargo, la eterna sombra reaccionaria no impidió a Salvador Allende implantar un programa socialista en Chile, basado en medidas para eliminar las desigualdades en el país Latinoamericano. Para ello, dentro del partido Unidad Popular, se agruparon diversas fuerzas de izquierda, entre las que se incluían comunistas, socialistas, e incluso el ala izquierda del partido demócrata cristiano.

Ciertamente, el resultado de las elecciones de 1970 fue inédito en todo el mundo. Por primera vez en la historia, un político socialista de ideología marxista había alcanzado el poder de un gobierno a través de la votación popular. 

Es por ello que la tarea de Salvador Allende se antojaba utópica, ya que consistía en realizar una transición hacia el socialismo a través de una vía democrática. No obstante, estaba convencido de que el socialismo podía construirse sobre la base de las tradiciones democráticas chilenas. 

De hecho, logró sorprender gratamente a sus seguidores y enfurecer a sus contrincantes, al aprobar en el parlamento la nacionalización del cobre, que era el material más importante para la economía del país, y que anteriormente, había sido adquirido por empresas extranjeras.

Un marco histórico: Capitalismo contra Comunismo

Durante aquellos años, la Guerra Fría seguía en su punto álgido, y el gobierno de Estados Unidos decidió utilizar todas las armas necesarias con el objetivo final de derrocar al gobierno chileno. 

Por aquel entonces, Nixon y Kissinger gobernaban en el país norteamericano. A nivel político y social, era un mundo mayormente dividido entre los aliados de Estados Unidos y los aliados de la Unión Soviética. Es por ello que no sorprendió la oposición tan extrema llevada a por parte de los contrincantes al gobierno de Salvador Allende, tanto dentro del país como en el exterior.

Porque el hecho de tener a un presidente marxista que había llegado al poder a través de métodos democráticos, y que, a través de sus medidas sociales, estaba mejorando las condiciones en el país, era una coyuntura que el país norteamericano no podía tolerar. 

Básicamente, temían que la visión alternativa y progresista a través de la cual Salvador Allende estaba llevando un programa de reformas, ofreciese esperanzas y alicientes al resto de países de América Latina.

Por ello, la intromisión en Chile comenzó siendo sutil pero tenaz, hasta que acabó siendo abierta y letal. A raíz de ello, durante 1972, diversos gremios paralizaron sus actividades; entre ellos, la locomoción colectiva y el transporte. También el desabastecimiento de artículos de primera necesidad y los persistentes rumores de golpe militar, contribuyeron a crear en la población una sensación colectiva de desgobierno. 

El historiador británico Erik Hobsbawm, que escribió numerosos artículos y libros acerca de América Latina y era un gran admirador del presidente chileno, reconoció que “el asesinato de Chile era esperado”. En el libro ‘Viva La Revolución’, se recogen los análisis realizados por el académico inglés. 

Según Hobsbawm, la tarea de asentar un sistema socialista, en un mundo gobernado por los la riqueza de las clases burguesas, es prácticamente imposible. “La izquierda tiende a subestimar el odio y la perversión de la derecha, y la facilidad con la que hombres y mujeres elegantes disfrutan con el sabor de la sangre,” concluyó el historiador británico.

Y los peores temores de Erik Hobsbawm se cumpliero el 11 de septiembre de 1973. Aquel día, el gobierno de la Unidad Popular fue derrocado por un golpe de Estado, encabezado por el general Augusto Pinochet.

Junto a sus más leales colaboradores en el Palacio de La Moneda, Salvador Allende advirtió a sus seres queridos que moriría en el lugar donde lo había puesto el pueblo: como presidente de Chile. 

Al mediodía se inició el bombardeo sobre La Moneda, perpetrado por Aviones de Fuerza Aérea de Chile, que terminaron destruyendo el Palacio de La Moneda, un edificio simbólico que tenía tres siglos de historia, había albergado a veintitrés presidentes de la República de Chile, y que nunca antes había sido destruido.

Antes del fatal desenlace, Salvador Allende ofreció un discurso que se ha convertido en un icono de la libertad. Aludiendo a la fraternidad del pueblo chileno y a la búsqueda constante de la libertad, igualdad y socialismo, la frase “Se abrirán las grandes alamedas”, se convirtió en una epopeya que sigue resonando en la época contemporánea. Tras esto, y antes de que los militares entraran al palacio, Salvador Allende se suicidó.

Una vida dedicada a la política socialista

Habiendo nacido en una familia de clase media alta en Valparaíso, parecía contradictorio que este chileno dedicase su carrera política hacia la búsqueda de la igualdad para todos los habitantes.

No obstante, desde su época de estudiante en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, ya mostró su vocación por el servicio público, realizando diversos trabajos relacionados con la salud.

E incluso antes de esa etapa, se sumergió en el conocimiento del anarquismo a través de las conversaciones con Juan Demarchi, un zapatero italiano, con el que hablaba después de salir de clase, cuando Salvador Allende tenía 15 o 16 años. 

Precisamente, el propio gobernador chileno reconoció en una entrevista con el periodista y filósofo francés, Régis Debray, que Juan Demarchi “tuvo una gran influencia en mi vida de niño”. La clave de ello fue que “me explicaba las cosas con la simplicidad y claridad que tienen aquellos que son autodidactas”.

Su carrera política se fue fraguando con el paso del tiempo. En 1929 integró el grupo político universitario Avance, y en 1933, cuando se fundó el Partido Socialista de Chile, con 25 años de edad, Salvador Allende se convirtió en su primer secretario regional. 

Más tarde, fue elegido diputado por Valparaíso y Quillota, y participó activamente en la fundación del Frente Popular. También fue nombrado Ministro de Salubridad, Previsión y Asistencia Social en el gobierno de Pedro Aguirre Cerda.

Intentos por alcanzar la presidencia

Desde 1945 a 1970 fue senador, y en ese período, se presentó como candidato a la Presidencia de la República en 1952, 1958, 1964 y 1970. Todo ello, con una alianza cuya base la conformaban el partido socialista y el partido comunista.

Hablando sobre Salvador Allende, el historiador Mario Amorós destacó “su visión de la salud pública avanzada y revolucionaria”.

Finalmente, fue en 1970, cuando el político chileno venció democráticamente, y llegó a La Moneda apoyado por una agrupación de partidos de izquierda, la Unidad Popular. En esas elecciones, Salvador Allende obtuvo la mayoría con el 36% de los votos y le siguió Jorge Alessandri con el 34,9% de los votos.  

Pero al no obtener mayoría absoluta, tuvo que ratificar el triunfo en el Congreso. Y el 24 de octubre de ese año, Salvador Allende fue elegido presidente con 153 votos, mientras que Jorge Alessandri obtuvo 35 votos.

La dificultad de unir a diferentes corrientes políticas

El camino de Allende hacia la victoria en las elecciones fue lento pero firme. Comenzó en 1952, cuando integraba el Frente del Pueblo, pero obtuvo solamente el 5% de los votos, y Carlos Ibáñez fue el vencedor.

Por aquel entonces, recibió el apoyo del poeta Pablo Neruda, que tuvo que huir de Chile por la persecución ejercido sobre los comunistas en el país, debido a la Ley de Defensa Permanente de la Democracia.

En 1958, siendo parte de la formación del Frente de Acción Popular (FRAP), formado por alianza de partidos de izquierda, obtuvo el segundo lugar en esa votación, con un 28,8% de los votos.

Durante su participación en sus terceras elecciones presidenciales, en 1964, fue nuevamente candidato apoyado por el FRAP. Sin embargo, fue derrotado por Eduardo Frei Montalva, aunque logró casi un 39% de los votos.

Entonces, se disolvió el Frente de Acción Popular, en 1969, un año antes de las elecciones, y se formó Unidad Popular. Siendo el líder de una organización que reunió a espectros muy amplio de la izquierda chilena, y algunas fuerzas de centro, Salvador Allende terminó triunfando.

Medidas implementadas

Por primera vez en la historia del mundo occidental, un candidato marxista llegaba a la presidencia de la República a través de las urnas. Ejerció el cargo entre el 3 de noviembre de 1970 y el 11 de septiembre de 1973.

Durante su gobierno, intentó instaurar el socialismo por la vía democrática o Vía Chilena al Socialismo. El 11 julio de 1971, el Congreso aprobó la Ley para la Nacionalización de la Gran Minería del cobre, uno de sus mayores logros de su mandato. Desde entonces, esa efeméride se conmemora como el Día de la Dignidad Nacional.

En el aspecto económico, se instauró una política de acentuada redistribución del ingreso y de reactivación de la economía. Por otro lado, La Ley de Reforma Agraria le permitió avanzar de manera veloz en la expropiación de grandes latifundios.

También, se redujeron los salarios en la administración pública, se otorgó medio litro de leche gratuita para todos los niños, se elaboró un plan de construcción de viviendas, se subió el sueldo a los sectores más desfavorecidos, y se aumentaron las pensiones.

Fue un pionero para construir el área de propiedad social de la economía, usando procedimientos legales que no cuestionaban la juridicidad del sistema vigente. Consecuentemente, logró el PIB más elevado jamás logrado en la historia de la nación latinoamericana.

En el ámbito internacional, se restablecieron las relaciones bilaterales con Cuba y se iniciaron, por primera vez, relaciones con China, Corea del Norte, Vietnam del Norte y Alemania Oriental.

A nivel cultural,este período se caracteriza por la proliferación de manifestaciones artísticas que demostraron su adherencia con el proyecto de la Unidad Popular. Entre ellos, los que destacan las figuras del movimiento de la Nueva Canción Chilena y la Brigada Muralista Ramona Parra, que contribuyó con la difusión de sus mensajes.

Entre las iniciativas gubernamentales, destacó el Tren de la Cultura que se promovió a comienzos de 1971, y que consistió en una caravana de artistas que recorrió el país hasta Puerto Montt. Entre ellos se encontraron actores, guitarristas, cómicos y bailarines del Ballet Popular Chileno, que fue fundado por Patricio Bunster y Joan Turner, y que presentaban recitales o exposiciones a los espectadores de cada ciudad. 

Además, el gobierno de Allende impulsó la creación de la editorial Quimantú, con el objetivo de ofrecer libros al alcance de todo el pueblo chileno.

Sin olvidar el Premio Nobel de Poesía obtenido por Pablo Neruda, un comunista que tuvo que huir del país hostigado por la represión. En 1971, con Salvador Allende en el gobierno, alcanzó la gloria, al igual que el presidente chileno. 

Convergiendo sus destinos, ambos fallecieron en septiembre de 1973. No pudieron detener la sombra del imperialismo incipiente en América Latina, y como si se tratase de una metáfora concluyente para establecer el desenlace a una breve historia, se marcharon prácticamente a la vez de un planeta en el que dejaron huella.

Tras su muerte, comenzó un régimen militar que duró 17 años, bajo el cual se violaron los derechos de miles de seres humanos. Según los datos de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, al menos 3.000 personas fueron asesinadas durante ese tiempo, y los familiares todavía buscan respuestas y detalles de sus seres queridos a los que se les privó de la vida.

Es una clara analogía de lo que sucede en España con las víctimas del franquismo. No sorprende que Augusto Pinochet fuese de los pocos representantes políticos en el entierro del dictador Francisco Franco. Para ambos, el golpe de Estado era un “deber patriótico”, y la cuchillada a las libertades humanas, imprescindible.