Sobre la serie «EL hombre del castillo alto»

Racismo y opresión histórica

Por Javier Cortines

Este relato va sobre la serie ucrónica “El hombre del castillo alto” (Amazon, Ridley Scott pruductions) que nos presenta un mundo en el que la Alianza del Eje (Alemania, Japón, Italia y sus aliados) han ganado la Segunda Guerra Mundial. Los hechos tienen lugar quince años después de la conflagración. El territorio estadounidense está dividido en tres partes: una ocupada por la esvástica (la costa este), otra por los nipones (la costa oeste, estados del Pacífico) y una zona neutral. También existe un mundo paralelo en el que los nazis han perdido la guerra. Esa otra realidad la conocen “los viajeros” y se narra en el libro “La langosta se ha posado”[1] y en películas que se afana por ver Hitler.

Aunque hay material de sobra para escribir varias crónicas sobre esa narración (basada en la novela The man in the High Castle (1962) de Philip K. Dick, autor de obras como ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Ridley Scott, “Blade Runner) me centraré sólo (para no dispersarme) en un “tema” que se repite en los dos mundos paralelos: el trato degradante que padecen los negros y “la supremacía blanca”. Se me ocurre, ya que EEUU vive ahora una nauseabunda distopía, que Donald Trump podría ser el Führer de la América nazi y al mismo tiempo tener un clon, en la otra realidad alternativa, que desde la Casa Blanca pudre todo lo humano -como si la langosta jamás se hubiera posado en Yankilandia- con sus vómitos de racismo y locura.

La serie (2015-2019) que he visto durante la pandemia del coronavirus, antesala del control y la vigilancia masiva que se está imponiendo a escala planetaria, nos deja “perlas poéticas” como ésta “el secado del Mediterráneo y la matanza de la población africana” para convertir esos espacios en tierras de cultivo para alimentar al pueblo nazi que está siendo moldeado según los principios de la eugenesia y los cánones apolíneos que persigue el enfermizo Hitler, ya anciano, que mueve los hilos de ese siniestro imperio desde Berlín.

En uno de los capítulos un líder nazi dice “en tono grave y filosófico” -al hablar del exterminio de los africanos- “eran como animales, como bestias, pero tenían mucho orgullo”. Quizás, no lo sé, en nuestro mundo civilizado, con EEUU a la cabeza, no hemos asumido que Occidente se construyó con la sangre de millones de esclavos negros (“y de otras razas”) que fueron torturados, humillados y explotados hasta su último estertor. Todo esto sin contar el borrado de la población indígena, los únicos dueños legítimos de unas tierras que parece que nunca fueron suyas. Volvemos a Saramago ¿Cómo hubieran contado la historia de América los nativos?

Yendo al grano, y siguiendo la línea que me he propuesto en este “análisis”, me centraré sólo en unos pocos personajes, omitiendo el papel de otros muy importantes, para mostraros el pedazo de historia ensangrentada que quiero resaltar aquí, lo que conecta con el asesinato de George Floyd y las manifestaciones que vemos ahora todos los días en EEUU contra la policía supremacista que mata a los negros como si fueran animales de la peor calaña, lo que se agrava con la tenebrosa y enfermiza comandancia de Trump, engendro que debería estar encerrado con varias camisas de fuerza en un manicomio de alta seguridad para intentar salvar al mundo de esa nefasta calamidad.

Uno de los jefes de la América nazi es John Smith (Rufus Sewell) que ocupa el cargo de Obergruppenführer. Este hombre es un americano que cambió de chaqueta al terminar la Segunda Guerra Mundial y se pasó a la Alianza del Eje movido por una ambición sin límites. Está casado con Helen Smith (Chelah Horsdal) -quien al principio comparte su ideología- y tiene con ésta dos hijas y un hijo. El personaje femenino más importante de la serie es Juliana Grain (Alexa Davalos, Crónicas de Reddick) quien “es la pupila” del hombre del castillo alto, Hawthorne Abendsen (Stephen Root) un ser misterioso, iluminado, que conoce las claves para trasladarse a otros universos y que los nazis quieren atraparle para abducir su extraordinaria ciencia infusa.

Juliana Grain (Alexa Davalos)

Esta chica trabaja para el ministro de Comercio japonés Nobusuke Tagomi (Hiroyuki Tagawa). Este funcionario, que es pacifista, es “un viajero” que se traslada “al otro lado” mediante la práctica de la meditación Zen. También lee el I Ching (Libro de los Cambios) para adivinar el curso de los acontecimientos. Y, como broche de oro destacamos que la valiente lideresa de la resistencia es Bell Mallory (Frances Turner) quien dirige “The Black Communist Rebellion (BCR), movimiento que no deja de hostigar a los japoneses, mediante la guerra de guerrillas, para expulsarles del país y crear una nación libre e independiente en la que no ondee la bandera estadounidense, símbolo de todos los males e injusticias que ha padecido su pueblo y media humanidad.

Bell Mallory (Frances Turner)

John Smith y Helen se enteran un día de que su hijo padece una enfermedad degenerativa incurable, y como ya no encaja en los ideales de la raza aria, debe ser sacrificado siguiendo las rígidas prácticas de la eugenesia. Aunque al final el muchacho se entrega voluntariamente para que los médicos concluyan la tarea, eso no deja indiferente a sus padres, especialmente a su madre, quien a partir de ese momento empieza a pensar y a lamentarse de las monstruosidades que han cometido los nazis. De los genocidios en los que han participado su marido y ella.

En el mundo paralelo, al que se puede llegar a través de un portal subterráneo construido en los territorios de la esvástica, John y Helen sólo tiene un hijo, una réplica exacta del exterminado, que está muy sano. En ese universo, en el que los buenos han ganado la guerra, el doble del nazi es un vendedor de éxito y su mujer una fuerte y cariñosa ama de casa. Su vástago adolescente nada tiene que ver con su gemelo adoctrinado. En una clase de historia se levanta irritado y pregunta al profesor: ¿Cuántos esclavos tuvo el presidente George Washington? ¿300? ¿Y Thomas Jefferson? ¿600?

Ese muchacho, armado con una sólida y crítica conciencia social, sabe (como ya publicó en su día History Channel) que en EEUU hubo al menos doce presidentes que tuvieron esclavos negros entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, a saber: George Washington, Thomas Jefferson, James Madison, James Monroe, Andrew Jackson, Martin Van Buren, William Henry Harrison, John Tyler, James K. Polk, Zachary Taylor, Andrew Johnson y Ulysses S. Grant.

“Jefferson (quien violaba a los esclavos) no veía forma de que los afroamericanos vivieran en la sociedad como personas libres. Abrazó las peores formas de racismo para justificar la esclavitud”, remarca un artículo de la “Smithsonian Magazine”.

Muere Hitler, desquiciado y neurasténico, enfermedad que se agrava por las películas que le van llegando en las que los aliados han ganado la Segunda Guerra Mundial. Le sucede Himmler, quien desea rematar la obra del Fúhrer invadiendo, a través del portal subterráneo, el otro mundo paralelo e imponer la esvástica “en todas las galaxias”.

La Rebelión Comunista Negra (RCN, siglas en castellano) encabezada por la heroica y justiciera Bell Mallory y grupos de la resistencia blanca desencadenan múltiples atentados mortales en la zona dominada por los nipones y éstos, con la moral por los suelos, deciden abandonar los estados del Pacífico y reforzar su imperio en Asia.

 

John Smith, el Obergruppenführer, se convierte en el Reichsmarschall (líder supremo en América) y declara la independencia de los estados de la costa este. A partir de ese momento tiene dos objetivos: Invadir la zona que han dejado los japoneses, así como el otro mundo paralelo, a través del portal, para imponer la esvástica en la otra realidad alternativa.

Mientras tanto los blancos de la resistencia y “The Black Communist Rebellion” (BCR) celebran su victoria sobre el Imperio del Sol Naciente y discuten acerca de crear un Estado libre e independiente, como primer paso para borrar las lacras, las miserias y el sufrimiento indescriptible que dejaron los EEUU en innúmeros países de la Tierra, con el beneplácito, apoyo o bendición de sus socios, muchas veces coprotagonistas (o pioneros) de graves genocidios. Luego se procede al barrido de todas las banderas niponas en los estados del oeste.

En medio de la disputa – y en un momento de euforia- algunos despistados sacan la bandera de las barras y estrellas y proponen que sea “el emblema sagrado” de la nueva nación que está a punto de nacer. Rápidamente Bell Mallory y sus seguidores repliegan y retiran ese trozo tela, a mi juicio con excesiva delicadeza (no olvidemos que la novela del hombre en el castillo alto y la serie están hechas por estadounidenses) y con furia gritan ¡NO! alegando que es un símbolo espurio que debería arder en el infierno.

Ese es el mayor error del relato, pues a este escriba y a gran parte de la humanidad (con criterio y conciencia social) le hubiera gustado que esa ominosa, lúgubre y lóbrega bandera (sinónimo de desigualdad, gula, avaricia, destrucción y muerte) hubiera sido arrojada sin contemplaciones a un pozo de ratas, cucarachas y serpientes venenosas, pues lo que maldito es, un destino maldito debería tener. Quizás el estandarte que desea elevar la población negra (y latina) -vejada en ambos mundos- sea la de un hombre o mujer haciendo el amor o levantando el puño, celebrando su salvaje desnudez, su color de piel, y la desaparición definitiva del hombre del cuello y la rodilla.

[1] El libro “La langosta se ha posado” es importante en la novela de Philip K. Dick. En la serie -de cuatro temporadas- apenas aparece, ya que ha sido sustituido por las películas que narran la victoria de los aliados (EEUU, etc.) y que tienen un gran poder “performativo”. Estas filmaciones son desconcertantes y tanto los nazis como la resistencia pugnan por conseguirlas para reconstruir lo que pasa en el otro mundo paralelo y hacerse de valiosa información para actuar en consecuencia.

Nota: La caricatura de Hitler fue realizada por Carolus (Madrid, 1972). Eran tiempos en los que Franco seguía siendo «el padre de todos y todas» salvo de una pequeña e invencible resistencia que en muchos aspectos se parecía a The Black Communist Rebellion (BCR). Si por casualidad alguno de los allegados de este artista (o él mismo) llegan a leer este artículo, ruego se pongan en contacto conmigo, pues ya hace más de cuarenta años que he perdido la pista al compañero que me regaló la citada ilustración. En aquellos tiempos vivíamos mejor contra el generalísimo porque veíamos que la dictadura se iba a derrumbar estrepitosamente como una ahuecada y descomunal montaña. Ahora da la impresión ¡Ojalá que me equivoque! de que los ideales han hallado patria en los chacales.