Cynthia Duque Ordoñez


La menstruación en las culturas patriarcales ha tenido y tiene gran importancia. Desde hace milenios se ha considerado impuras a las mujeres durante el periodo menstrual en base a supersticiones maliciosas que solo perseguían disminuir el poder económico-político de las mujeres en la jerarquía social y evitar su participación en la toma de decisiones en las estructuras políticas de la comunidad. Asociando la menstruación de manera negativa se eliminaban los sentimientos positivos y felices propios de un cambio vital importante en la vida de todas las mujeres. Es decir, de nuevo los sentimientos de orgullo asociados a la madurez vuelven a ser patrimonio del hombre.

La superstición llega al punto de limitar la vida de las mujeres menstruantes a quienes hasta mediados del siglo XX en Occidente se les aconsejaba no hacer ejercicio, no moverse, no bailar y ni siquiera asearse. Tampoco podían donar sangre (1970) o manipular películas de rayos X en los hospitales (1980). Aún hoy parece impregnar el ideario colectivo la falsa creencia de la menstruación como enfermedad cuyos efectos debieran ser físicos, psicológicos o emocionales. ¿Por qué la medicina en temas fisiológicos propiamente de las mujeres era tan ignorante? Porque afectaban exclusivamente a las mujeres, el «segundo sexo», las no-hombres no importábamos, siendo el hombre el sujeto sobre el que se organiza la sociedad.

La medicina como cada elemento de nuestra sociedad es un espacio construido por y para el hombre, a su imagen y semejanza. La desidia sobre el cuerpo de la mujer se extiende más allá de la matriz, por ejemplo a una falta de investigación en enfermedades tales como la Fibromialgia, cuyas mayores víctimas son mujeres, o de un estudio y diagnóstico acertado del infarto en mujeres.

Los ciclos estrales comienzan a partir de la madurez sexual de las hembras de mamíferos y solo en algunas especies se produce sangrado. Es una cualidad fisiológica neutral de las hembras, no es ni algo bueno ni tampoco algo malo. Sin embargo, las hembras humanas, es decir, las mujeres menstruantes han sido percibidas en sociedad como una maldición divina, como impuras o pecaminosas.

La consideración de la mujer como impura o poseedora de malos “humores” durante la menstruación ha existido durante milenios en cada continente. Desde Hipócrates (460-370 a. C) a Plinio el Mayor (23 a 79 a.C) en Europa, a los kung de África del Sur o las tribus nativas de América del Norte, pasando a los taoístas o a los zoroastristas han considerado la menstruación como un castigo, una representación malvada que privaba de su poder a los hombres, que los llevaba hasta la locura o incluso los mataba.

En Nepal es habitual expulsar a las niñas y las mujeres durante la menstruación de las casas, obligadas a dormir en la calle o en los graneros -alejadas del ganado no sea que su sola presencia los envenene-, donde pueden morir de frío, a causa de las inundaciones o del humo de lumbres, a lo que se suma la prohibición de poder asearse, acrecentando el riesgo de contraer infecciones; mientras que en la India algunos padres y madres temerosos preguntan a los maestros y maestras de sus hijas una forma “segura” de extirparles el útero y la matriz una vez sus impúberes cuerpos maduran. ¿Qué razones se esconden detrás de esta salvaje violencia sexual? Enmascara otras formas de violencia sexual: por un lado, las adolescentes son vendidas, sin una dote que ofrecer los padres no casan a sus hijas y la forma de evitar darlas en “matrimonio” es esterilizándolas, dejándolas para su sociedad “inservibles”; en segundo lugar, la India es uno de los países con mayor número de violaciones al año y por ende de embarazos no deseados a causa de esas violaciones. Algunos padres temen no poder mantener a sus hijas y a sus nietos, de quedar éstas embarazadas. Por ende queda descartada la opción de venderlas en matrimonio pues su valor para la institución es inexistente.

A la concepción de mujer impura se suma la de débil. Los zoroastrianos asociaban la menstruación a un malvado dios llamado Ahriman, quien besó a una mujer demonio -obviamente, porque somos muy malvadas- contaminándola para que a su vez hacer que los hombres -excluidas las mujeres porque para eso somos malvadas- fueran incapaces de luchar contra el mal. A consecuencia de ello se separan como mínimo un metro de las mujeres cuando estén menstruando y les está vetado a ellas comer carne o alimentos fuertemente energéticos por miedo a que “alimenten al demonio que las contamina”.

Algunos incautos podrían alegar que en el corazón y en la mente de los europeos no se albergan tales irracionales creencias. Nos sorprenderíamos de que los mitos asociados a la sangre menstrual se los debemos a Plinio, mitos que se manifiestan en cada mofa que escuchamos sobre nuestro carácter si es decidido o fuerte, pero que nunca escuchan ellos si actúan de igual manera. A Plinio le debemos mitos como su “poder marchitador” de la flora, la sequía o los abortos de mujeres y yeguas de su entorno, así como matar al hombre que yaciera con una mujer menstruante. Empero, algo bueno le asignaba y era servir como ahuyentador de las artes oscuras de oriente, porque claro las mujeres seremos oscuras y malvadas, pero peores eran los persas.

Estas creencias son el fruto de la ignorancia y el egocentrismo de quien cree saberlo todo y no sabe nada, prejuicios que siguen existiendo en nuestros días manifestándose de una u otra forma a través de los roles de género. ¿Cómo se ha asignado una condición malvada a lo que es simplemente un rasgo biológico propio de la ovulación de las homínidas?

Sobre el sexo biológico (binario) de las hembras humanas en comunidad se han construido por la sociedad una serie de roles y responsabilidades sujetas a cambios. Es decir, el género es una construcción cultural y por lo tanto no es determinista del sexo, no es el resultado causal del sexo biológico inmutable.

La menstruación como elemento biológico único de la hembra humana ha sido utilizado para oprimirnos: sobre la menstruación se ha elaborado durante siglos un estereotipo sobre cómo se nos percibe o qué se espera de nosotras cómo mujeres en una u otra sociedad y dentro de la misma entre mujeres de capas obreras y burguesas. Por ende, los roles de género responden al cómo la sociedad se organiza, en base a una jerarquía sexual y económica. En otras palabras, los roles y estereotipos de género sobre actitudes y posiciones jerárquicas son diferencias sociales aprendidas y cambiantes en el tiempo y el espacio.

No es ninguna novedad decir lo evidente a efectos de la realidad material: los humanos nacemos sexuados y sobre nuestros genitales visibles somos socializados con roles femeninos o masculinos. No cejará la discriminación sexual mientras no se abolan los géneros que nos marcan para que seamos percibidos de manera diferente en sociedad a efecto de hacernos cargo de las responsabilidades familiares y domésticas. Una participación pareja en la crianza de la prole y en otras responsabilidades de cuidado significa la equidad en el reparto de tareas y libera a la mujer de la sobrecarga que dicho trabajo no remunerado significaba para su desarrollo vital, posibilitando su incorporación a la vida política, social y económica, es decir, posibilitando que las mujeres tomen decisiones dentro la jerarquía social para mejorar sus vidas, hasta ese momento incapaces de hacerlo al verse relegadas a la categoría de reproductoras.

Si de verdad queremos vivir en sociedades democráticas abolir los géneros es una obligación. La abolición pasa por reclamar la visibilización de nuestro sexo sin prejuicios, en equidad, con la finalidad de que nuestras diferencias sexuales (biológicas) no determinen qué posición jerárquica vamos a tener en la sociedad. Si queremos algún día vivir sin miedo a la violencia sexual, a los feminicidios, a terminar secuestradas y vendidas como esclavas sexuales o en granjas de bebés siendo utilizadas como hornos sin que importen nuestros sentimientos o nuestra dignidad solo tenemos una vía: abolir los roles de género para reivindicar que somos personas, mujeres y hembras humanas con los mismos derechos y obligaciones que los hombres, los machos humanos.

 

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2 Comentarios

  1. algunas «feministas liberales» dicen qe la prostitucion es un tajo mas,
    ….pero ellas no lo cojen por si acaso…solo lo cojen ls muy pobres…
    Y asi luego dicen qe «el otro» feminismo es machista ,
    pqe no deja libertad d prostituirse
    cuando en realidad la prostitucion da alas al machista…qees el putero mismo qe trata a la muejr como algo qe se compra…es como violar pagando

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