Borrador automático

Sandra Díez Guerrero
Asamblea Abolicionista de Madrid

El pasado 21 de junio el Tribunal Supremo sentenció que lo ocurrido en Pamplona durante los Sanfermines de 2016 fue un delito continuado de violación (agresión sexual) y no un abuso. Se reconoce así que la ausencia de consentimiento es violación, y que la intimidación y el sometimiento al que se vio expuesta la víctima no eran compatibles con ese consentimiento. Ese mismo día, un político español (diputado autonómico en el Parlamento de Andalucía) publicaba una respuesta a dicha sentencia en Facebook. En ella, cuestionaba la independencia de los jueces y afirmaba que había sido la presión “de la turba feminista” lo que había forzado esa sentencia. El feminismo clamó por el reconocimiento del delito de violación, para protestar contra esa mirada machista que interpretaba la violencia como algo “normal”, cuando los hechos probados no dejaban lugar a dudas, y eran una prueba inequívoca de que se trataba de una violación. Además, fue la manera de mostrar el apoyo que la mujer víctima de esa agresión sexual necesitaba, después de sufrir el acoso de la turba machista.

El texto publicado por dicho individuo rezuma una alarmante misoginia, que debería ser impropia de este siglo. Una parte en concreto del texto refería lo siguiente: «la relación más segura entre un hombre y una mujer será únicamente a través de la prostitución”.  Esta línea es una síntesis de lo que se encuentra en la mente de los hombres que consumen prostitución, y hay que recordar que España es el tercer país del mundo donde más la demandan. No muestran ninguna preocupación hacia lo que las mujeres sienten y desean (hacia su verdadera voluntad), y conciben el sexo como violencia, basado en la dominación sobre las mujeres, a las que reducen a objetos deshumanizados.

Cuando los hombres ven atacada y dañada su situación de poder y privilegios, la prostitución es el lugar en el que resguardan su masculinidad, donde pueden seguir ejerciendo violencia contra las mujeres de manera casi impune. Entre una violación y la prostitución lo único que varía es que en el segundo caso hay dinero de por medio. Los consumidores de prostitución pagan por explotar sexualmente a las mujeres. No es sino una práctica que fomenta la violencia, la cuna de la ideología patriarcal y de la cultura de la violación, y lo es junto a la pornografía, el otro pilar fundamental de la explotación sexual que sufren las mujeres. Como ha comentado la socióloga y feminista radical Kathleen Barry, no hay diferencia entre los hombres que abusan sexualmente de una mujer en una fiesta y quienes consumen prostitución.

En los últimos tiempos, algunos medios han renunciado a seguir incluyendo publicidad sobre prostitución (Prensa Ibérica Media anunció la retirada de estos anuncios de sus cabeceras el pasado mes de marzo). Sin embargo, a la vez que se extienden acciones como estas, hay espacios (medios de comunicación, ámbito político, plataformas de toda clase) que se convierten en altavoz del discurso que idealiza la industria del sexo y reduce lo que es una relación de explotación, consecuencia de las desigualdades de género y económicas, en una simple transacción. Que una mujer venda su consentimiento y se convierta en un producto dentro de un mercado en el que la humanidad parece cada vez más extinta se normaliza y se presenta como algo natural, como un “trabajo”. La equidistancia cuando se habla de la explotación de mujeres y niñas no existe. Una postura que no condena la prostitución favorece al discurso del lobby proxeneta, que es quien se beneficia de la normalización y naturalización de esta forma de violencia contra las mujeres y niñas.

Que un individuo misógino llegara a esa conclusión justo cuando la justicia reconocía que si las mujeres no manifiestan un consentimiento explícito se trata de una violación no extraña. Sin embargo, la idea que se muestra a continuación fue escrita por una política (diputada de la Asamblea de Madrid) que se sitúa en un ala completamente opuesta al anterior, que se define como feminista y de izquierdas: “si todo sexo no deseado (incluyendo el trabajo sexual pero no solo) fuera una violación, estaríamos no reconociendo a las mujeres la posibilidad de tomar decisiones a pesar de sus deseos o incluso contra ellos.”

Si el sexo no se basa en el deseo ¿en qué se basa? El consentimiento debe ser la manera de expresar ese deseo, y ponerlo por delante significa que lo único que lleve a las mujeres a mantener relaciones sexuales sea que las deseen. El consentimiento puede estar viciado, puede existir presión, intimidación, precariedad…Resulta extraño que la conclusión de una feminista sea separar deseo y voluntad, pero, lamentablemente, hace tiempo que el discurso que protege a la industria del sexo pretende escudarse en el feminismo para justificar que la explotación sexual de las mujeres no es tal si ellas la “consienten”. En su análisis quedan fuera los datos y la terrible realidad de la prostitución, sus consecuencias para las mujeres que día a día son violadas en todo el mundo dentro de ese mercado, y para todas las que habitan el mundo, que comparten su vida con hombres que se rigen de acuerdo con pensamientos machistas como los expuestos por el político en Facebook.

Las palabras del diputado andaluz contienen además una frase que afirma que “la diferencia entre sexo gratis y pagando, es que gratis te puede salir más caro”. La idea de que existe un “sexo” que se “paga” sigue la misma línea que afirma que existe un “trabajo sexual”, y que reduce la explotación a un mero intercambio. Conceder más importancia en una relación al “consentimiento” que al “deseo” es la manera de justificar esa explotación y mantener sus privilegios intactos, pues su única preocupación es eliminar las consecuencias penales sobre sus hechos. Para ello existe la prostitución: mujeres convertidas en productos y el dinero como la manera de explotarlas sexualmente sin perjuicios legales.

Lo que los prostituidores piensan sobre las mujeres y sobre las relaciones sexuales queda plasmado en las palabras del político andaluz. Que esta postura se pueda justificar desde el feminismo es lo que carece de sentido. Abordar la prostitución desde una postura abolicionista es una prioridad, lo ha sido históricamente para el feminismo, pese a que haya quien intente ignorar el pasado abolicionista de la teoría y el movimiento feminista. Los prostituidores son hombres que no muestran ninguna empatía por las mujeres y se aprovechan de su situación de poder y de las desigualdades para acceder a los cuerpos de quienes no los desean. Se sigue sin poner el foco en ellos cuando se habla de prostitución, pero el feminismo debe empezar a buscar una condena social, exponerlos como lo que son, hombres que explotan sexualmente a mujeres. Lo que no se puede es llamar feminismo al discurso que los protege y escuda la explotación.

 

Deja un comentario