IMAGE: e-gabi - Pixabay (CC0)

En los años que llevo escribiendo sobre tecnología, he escrito recurrentemente sobre la cartera y su progresiva desaparición: es un objeto que odio, que me resulta incómodo llevar, y que, además, veo perfectamente sustituible mediante la tecnología.

El pasado diciembre, de hecho, comenté cómo se podía ya obtener una copia digital perfectamente válida del carnet de conducir mediante una aplicación de la Dirección General de Tráfico, MiDGT, y cómo ese documento pasaba a desaparecer de mi ya muy reducida cartera (una Secrid en la que caben seis tarjetas lisas o cuatro con relieve, y ni una más), un paso más en la misma dirección.

Pues, como no podía ser de otra manera considerando que soy la típica persona de muy poca cabeza y que olvida todo en todas partes, llegó la hora de poner la teoría a prueba: este año, cuando salí de vacaciones, olvidé mi cartera en mi casa. Me di cuenta cuando llevaba ya algunos cientos de kilómetros, y decidí que no tenía sentido volver a por ella. Conmigo, por supuesto, mi teléfono, en el que tenía el ya citado carnet de conducir (y las dudas de si sería aceptado sin problemas), y una imagen de mi documento nacional de identidad por las dos caras tomada con PhotoScan, que es la app que utilizo cuando quiero tomar fotografías de documentos con una calidad adecuada. Y un par de billetes, unos treinta euros, de esos que se me eternizan cada día más en el bolsillo.

Durante mis vacaciones, he pagado de todo en todas partes, me he identificado en hoteles, he mostrado mi carnet de conducir en un alquiler de coches, he salido del país, he vuelto, y he hecho una vida perfectamente normal. Mi diagnóstico: ni un ruido. Ningún problema. Imagino que los resultados podrán variar en función de las distintas experiencias, pero pensándolo bien, estaba razonablemente cubierto: podría haberme puesto malo, y podría haber utilizado o bien la app de tarjeta sanitaria de la Comunidad de Madrid para tener acceso a la sanidad pública, o la de Sanitas para recurrir a la sanidad privada. Incluso he podido adquirir medicamentos en una farmacia prescritos por la sanidad pública madrileña identificándome con el smartphone, algo que era una asignatura pendiente hace no demasiados años. 

He podido mostrar mi carnet de vacunación en las ocasiones en las que he tenido que hacerlo, he utilizado tarjetas de fidelización, y hasta he pagado desde una app por aparcar en la vía pública. Ningún problema. Hace años, podía llegar a ser problemático pagar utilizando Apple Pay en algunos sitios, especialmente pequeños. Ahora, tras la necesaria dosis de modernidad que la pandemia ha impuesto al comercio, cero problemas, incluso para pagar cantidades ridículamente pequeñas.

¿La asignatura pendiente? La digitalización del documento nacional de identidad, algo en lo que parece que se está trabajando tanto desde el lado oficial, como por el de Apple, empeñada en una cruzada contra la cartera, que ya está trabajando en la digitalización del documento oficial de acreditación de la personalidad en algunos estados de los Estados Unidos.

En la mejor de las teorías, el carnet de conducir – y por tanto, su equivalente electrónico – debería ser suficientemente acreditativo de la personalidad también en España, y de hecho, compañías como Iberia afirman que es válido, por ejemplo, para identificarse en una puerta de embarque antes de subir al avión, pero esa es una prueba que no he hecho todavía. Si efectivamente es válido, estaríamos hablando ya de la eliminación de la cartera en prácticamente todos los contextos, incluso cuando vas a viajar en avión a un destino que no requiera pasaporte.

Falta ya muy poco: estamos prácticamente a punto de decir adiós a la cartera. Y francamente, no la echaré de menos en absoluto.

Enrique Dans

DEJA UNA RESPUESTA