Iria Bouzas

Volvernos infelices no era suficiente. Para poder tener la certeza de que íbamos a ser totalmente manipulables, también nos tenían que tener aisladas

Dicen que el feminismo está de moda. Estoy convencida de que se equivocan. Las modas vienen y van, el feminismo está haciendo cambios en la sociedad y no va a irse a ningún lado hasta que la igualdad de derechos entre hombres y mujeres sea real y efectiva. Entonces, y en todo caso, podrá descansar un poco.

Hay por ahí muchas voces que vaticinan un desmoronamiento próximo del movimiento feminista por las luchas de poder que creen que vamos a empezar a desarrollar entre nosotras.

¡Ay ese pensamiento tan masculino que a algunos se les escapa hasta involuntariamente!

Las mujeres, tradicionalmente, hemos cooperado más de lo que hemos competido. Está en nuestra naturaleza además, la resolución de conflictos a través del dialogo.

De hecho, algo que las feministas hemos criticado hasta la saciedad, es como el neoliberalismo nos ha introducido a las mujeres el “gen de la competición” para tenernos manipuladas, sumisas e infelices.

Cualquiera que se pare a pensar dos segundos en esta tiranía de la belleza, la juventud, la delgadez y no sé cuántas mamarrachadas más con las que nos han machacado desde todas las plataformas posibles, se dará cuenta de que esto no es más que un intento del sistema de mantenernos en un estado de infelicidad vital que nos mantenga permanentemente inmovilizadas atadas a unas autoestimas destrozadas que no nos permitan hacer nada más allá de convertirnos en desesperadas consumidoras de cualquier “pócima milagrosa” que nos vuelva aquello que otros han dictado que es hermoso, para poder sentirnos aceptadas.

Volvernos infelices no era suficiente. Para poder tener la certeza de que íbamos a ser totalmente manipulables, también nos tenían que tener aisladas y para eso nada mejor que romper nuestra inclinación hacia la ternura, la comprensión o la solidaridad a base de ponernos a competir entre nosotras por la aprobación y la aceptación sexual del sexo opuesto. Ese sexo que necesita mantener sus privilegios aún a costa de pisotear nuestros derechos.

Si lo pensamos bien, es un plan maestro. Perverso y repugnante pero maestro al fin y al cabo.

Y durante un tiempo muy largo, caímos en su maldita trampa. De hecho, muchas mujeres siguen cayendo. Nos hemos educado entre generaciones de mujeres en la idea de que debemos ser “mejores” que las demás entendiendo como mejores a aquellas que son más deseadas y jaleadas por los hombres.

Muchas mujeres siguen haciéndolo. Siguen creyendo que revolviéndose contra las demás y recibiendo así el aplauso de algunos hombres, estos ya les consideran un igual.

¡Tremando error el suyo!

Un igual te considera el hombre, que como igual que es, lucha contigo abandonando sus privilegios para equiparar tus derechos a los suyos.

Un igual te considera otra mujer que entiende lo difícil que es a veces levantarse por la mañana y seguir peleando en un mundo donde la única recompensa que existe por luchar es la responsabilidad de seguir haciéndolo aún con más intensidad.

Hay quienes dicen que las feministas vamos a terminar matándonos entre nosotras.

Yo no lo creo y tengo una prueba que lo demuestra y que creo, que ninguna organización no feminista podría pasar con éxito.

En el feminismo jamás denominamos a ninguna otra mujer como nuestra “líder”, tenga el peso que tenga, suponga el referente que suponga, siempre la definimos como nuestra “compañera”

Creo que eso indica algo, y ese algo es lo que nos distingue. Indica que somos un movimiento de cooperación y no de competición y no quiero ni pensar la pesadilla que supone para aquellos que necesitan desmontarlo, el darse cuenta de que no pueden ir contra una sin hacerlo contra todas.

 

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