Cynthia Duque Ordoñez

Los días avanzan y aumenta el número de conciencias que rechazan las granjas de animales mientras los niños mueren calcinados o desangrados en Gaza a manos de mercenarios y colonos sionistas. No verás titulares con sus caras, no verás a los Gobiernos de los Estados que se llaman así mismos “civilizados” o “democracias consolidadas” defender sus vidas, los verás tímidamente condenando la violencia del verdugo y la defensa de la víctima, porque claro quién paga manda y no penséis que sois vosotros queridos lectores los que habéis elegido a los títeres que dicen trabajar en las Cortes. Una jauría de macacos sería más útil y económico, por lo menos no estorbarían.

Rebobinemos: ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo hemos llegado a esta situación? Finalmente, ¿albergamos una solución en un futuro próximo?

En la ocupada Palestina la colonia sionista se acercaba al abismo político de su jerarca Netanyahu -el Señor de la Guerra de Oriente Medio-, tras cuatro elecciones en dos años la oposición liderada por Yair Lapid podía formar gobierno uniendo a todo el espectro político, desde partidos comunistas hasta filonazis y de extrema derecha. Algo así como pasar de la peste negra al cólera.

En este clima convulso se toman por parte del Señor de la Guerra y sus esbirros “sesudas” decisiones como cargar contra los musulmanes en pleno Ramadán en la Explanada de las Mezquitas en la ocupada Jerusalén al punto de prenderle fuego mientras los colonos más extremistas cantan a unos cientos de metros de distancia, al tiempo que en Turquía la población pide defender el ataque al segundo lugar más santo para el islam; tirotear a unos jóvenes en Cisjordania; abastecer de armamento a colonos para que vayan a barrios habitados por palestinos y entren en sus casas por la fuerza “a darles las buenas noches”; prohibir a los árabes sentarse en la Puerta de Damasco; o agilizar los desahucios en el barrio de Sheikh Jarrah de la Jerusalén ocupada desde 1967. La jurisprudencia sionista ha afirmado que todo judío podrá reclamar propiedades inmobiliarias anteriores a 1948, es decir, los títulos de propiedad si no eres judío no sirven y además se remonta a épocas pretéritas en las cuales Israel no existía. Si bien esta técnica de desplazamiento forzoso de semitas cristianos y musulmanes de zonas ocupadas es habitual desde 1948, en los últimos meses se ha recrudecido por la colaboración de grupos extremistas, supremacistas religiosos y paramilitares que entran por la fuerza en las casas y sacan los enseres de los ancianos y niños a punta de pistola. Incluso algunos palestinos han tenido que destruir sus casas con sus propias manos como parte de la condena por negarse a abandonarlas y allanarse a las pretensiones de los colonos sionistas.

De esta forma la escalada bélica se ha cobrado las vidas de los de siempre, de aquellos que no abren telediarios porque la pobreza y la guerra nos asquea en nuestras idílicas sociedades o no tan idílicas, pero a las que nos agarramos como clavos ardiendo para no ver que nuestra condescendencia es su muerte -y la nuestra-.

Esta semana hemos presenciado como colonos al grito de “muerte a los árabes” atacaban comercios minoristas que nos devuelven a 9 de noviembre de 1938; huérfanos rescatados de los escombros con meses de vida que jamás recordarán el amor de sus padres; niños que salen a correr del interior de sus casas con la ropa calcinada y la cara quemada a causa de los proyectiles molotov que han usado los colonos contra ellos; hemos visto a la única democracia de Oriente Medio bombardear el edificio Al Yalá, el más grande de Gaza, desde dónde emitía la agencia de noticias norteamericana Associated Press o la árabe Al Jazeera. Atacar a la prensa y a sus periodistas son daños colaterales que salen baratos a las potencias imperialistas y sino que se lo digan a la familia de Couso.

 

Igual que Roma no cayó en un día el genocidio palestino tampoco ha sido flor de esta primavera.

Arthur James Balfour, Ministro de Relaciones Exteriores de Reino Unido, dirigía el 2 de noviembre una carta al diputado, conservador y banquero, Lionel Walter Rotschild, con el objeto de que se la transmitiera a Haim Weizman, líder de la Organización Sionista Mundial en Gran Bretaña e Irlanda, quién años después sería el primer presidente de la colonia sionista en la ocupada Palestina. Conocemos a esta carta como la Declaración Balfour, en ella se acordaba la entrega de Palestina a la comunidad europea y ortodoxa judía bajo el nombre de Hogar Nacional Judío con la ayuda del Gobierno británico. La Declaración Balfour fue difundida el día 8 de noviembre, por lo que las maquiavélicas intenciones eran conocidas por todos.

Un Estado de ciudadanos que profesen una misma religión, conviviendo sin mezclarse con otras etnias ni con otras religiones, recuerda desde luego al nazismo, justamente porque el sionismo es una corriente nazi defensora de una ideología de supremacía racial segregacionista y antisemita. No debemos olvidar que los descendientes de los antiguos semitas son los palestinos.

Finalizada la Primera Guerra Mundial comienza a dividirse el Imperio Otomano en protectorados, Palestina a pesar de ser la región del Imperio con mayor capacidad para autogobernarse es estrangulada por Gran Bretaña y comienza la evacuación de palestinos a campos de concentración por las Fuerzas Armadas británicas y los grupos paramilitares armados pertenecientes a esa comunidad europea y ortodoxa judía a la que llamamos sionismo. Véase: https://contrainformacion.es/divide-y-venceras-la-estrategia-de-invasion-ocupacion-y-propaganda-usada-por-el-sionismo/

En la década de los años 30 la creación de asentamientos sionistas en Palestina toma impulso de la mano de Hitler con quien los sionistas compartían intereses pues unos y otros querían evitar la mezcla de culturas. Así señalaba Max Weber en 1933 como la Federación sionista de Alemania envía una carta al Congreso del partido Nazi que rezaba de la siguiente forma: “un renacimiento de la vida nacional como el que ocurre en la vida alemana, …, debe ocurrir también en el grupo nacional judío. Sobre la base de un nuevo Estado (nazi) que estableció el principio de la raza, deseamos encuadrar nuestra comunidad en la estructura de conjunto de manera que también para nosotros, en la esfera a nosotros designada, pueda desenvolver una actividad fructífera para la patria.” La carta demuestra como ambos compartían los mismos intereses.

En la misma línea el diario Jewiah Review publicaba: “el sionismo reconoce la existencia de un problema judío y desea una solución constructiva y de largo alcance. Para este propósito, el sionismo desea obtener la ayuda de todos los pueblos, sea ésta en pro o antijudía, porque en su opinión, estamos aquí, más con un problema concreto que uno sentimental, la solución en la cual todos los pueblos están interesados.“

Otra muestra de cómo el nazismo estaba interesado en la construcción de un falso estado en Palestina para albergar a todos los judíos europeos lo encontramos en un artículo de 1938 publicado en el periódico de la SS: “el reconocimiento del judaísmo como una comunidad racial basada en la sangre y no en la religión lleva al Gobierno alemán a garantizar sin reservas la separación racial de su comunidad. El Gobierno en sí mismo se encuentra en completo acuerdo con el gran movimiento espiritual dentro del judaísmo, llamado sionismo, con su reconocimiento de la solidaridad del judaísmo alrededor del mundo y su rechazo a todas las nociones de asimilación.  Sobre esta base, Alemania emprende medidas que jugarán ciertamente un papel significante en el futuro, en el manejo del problema judío alrededor del mundo.” Dicho apoyo se mantuvo hasta 1938 pues el movimiento sionista no fue ilegalizado hasta el quinto año de Gobierno de Hitler, mucho después de haber ilegalizado a los partidos políticos y sindicatos.

El sionismo aprovechó la persecución de los judíos no extremistas que aspiraban a vivir en armonía con otras religiones en Europa para empujar a otros países aceptar la invasión y ocupación de Palestina. En estos años se creaban granjas alemanas en Palestina con dinero público pues a ambos les movía el interés de crear un Estado-Nación puro aprobado por las Leyes Raciales de Núremberg en 1935, las cuales aprueban la creación por parte de Alemania de la patria judía en Palestina. En este mismo sentido, el jefe del servicio de seguridad de las SS, Reinhardt Heydrich, escribía en un artículo denominado El enemigo visible: “nosotros debemos dividir a los judíos en dos categorías, los sionistas y los partidarios de la asimilación. Los sionistas profesan una concepción estrictamente racial y mediante la emigración a Palestina están ayudando a construir su propio Estado judío. Nuestros mejores votos y nuestra buena voluntad oficial para ello.”

La colaboración entre los sionistas y el fascismo abarcó desde el sabotaje de la lucha antifascista hasta la cooperación del servicio de seguridad de Himmler a los grupos terroristas Haganah y Irgun Zvai Leumi con entregas de armamento y entrenamiento militar, que ha pasado a la posteridad en la medalla que Goebbels ordenó acuñar con la esvástica en un lado y la estrella sionista en el otro. Así fue como el nazismo alemán y el neoliberalismo inglés crearon al monstruo que hoy devora Oriente Medio, al cual todos hemos alimentado en mayor o menor medida, directa o indirectamente.

Un monstruo que ha provocado el mayor éxodo de seres humanos del siglo XX, pues es Palestina el país que más refugiados tiene fuera de su territorio. La razón de ser de la artificial Israel es el conflicto, pues un país sin fronteras – jamás las ha fijado pues es un voraz imperialista que ve a sus vecinos con mordaz avaricia- , sin ciudadanos – pues todo judío es ciudadano de Israel con independencia de dónde haya nacido o con independencia de la nacionalidad de sus progenitores, pues lo importante es compartir una religión, a diferencia de los palestinos nacidos en territorios ocupados que difícilmente pueden adquirir dicha nacionalidad siendo siempre extranjeros en su patria y ciudadanos de segunda- y sin Constitución bajo la consigna de que las leyes solo las hace Dios, ese Dios que impide ver a los humanos como iguales, que impide el imperio de la justicia, pues en los territorios ocupados de Palestina si has nacido semita, ya seas musulmán, cristiano o ateo, las leyes sionistas te niegan el derecho a la igualdad pudiendo ser encarcelado toda tu vida por una decisión administrativa que jamás sea enjuiciada.

Las soluciones a los grandes problemas nunca son fáciles, lo cual no significa que sean imposibles y el primer paso para hacerlas reales es trazar los caminos que nos lleven a ellas. La única forma de devolver la vida arrancada y la paz negada a los palestinos y la dignidad que hemos perdido en este siglo es organizar la liberación de Palestina y condenar al sionismo. El fin de la humanidad es creer en la superioridad racial de unos seres humanos frente a otros al extremo de que nos divida de tal modo que acabemos organizando nuestras sociedades en torno a Estados-Nación.

DEJA UNA RESPUESTA