Borrador automático

Gaspar Llamazares Trigo, fundador de Actúa
Miguel Souto Bayarri, profesor de la Universidad de Santiago de Compostela

Lo que sucede en el mundo de hoy entra dentro de lo imaginable. Sin embargo, entrelazados con la globalización digital y sometidos a un control tecnológico creciente, se perciben tres retos importantes a los que parece que somos incapaces de dar respuesta y que deberían ser protagonistas de la agenda política y social porque condicionan el porvenir: La robotización y su alter machina, la inteligencia artificial, que han puesto al homo digitalis al borde del desempleo industrial y lo han lanzado en brazos del sector servicios; la revolución reproductiva y su consecuencia lógica, los flujos migratorios, que confrontan a los perdedores locales de la globalización con los que vienen de fuera; y, por último, pero lo más trascendente, la crisis ecológica y su corolario, el cambio climático, que amenazan con terminar con nuestra historia en la tierra. Son desafíos que hay que afrontar.

Hace casi un siglo que Orwell y Huxley publicaron sus novelas más conocidas. Casi cien años son bastantes visto en perspectiva. También en el debate actual, a menudo aparecen frases que parecen propias de una novela sobre un futuro distópico, en particular, en lo que respecta a un territorio tan sensible como nuestra salud: “las máquinas de inteligencia visual darán mejores resultados que la visión del médico”; “los pacientes preferirán que los consulte una máquina”. Pero quizá sea momento de reconocer que eso es infundado y, además, la inteligencia artificial, en este sentido, está en su infancia. Sin querer ser exactos con las cifras, las líneas que trazan son nítidas: muchos de los algoritmos, incluyendo el diagnóstico por ordenador totalmente automático y el robot cirujano totalmente autónomo, no han superado todavía las fases más básicas de validación.

Ilustración de Javier F. Ferrero

Hay que reconocer, además de destacar las limitaciones actuales de los avances tecnológicos, que sería injusto no valorar sus cualidades. Si algo parece sobresalir en el entorno de la robotización, no es la telecirugía, ni el coche autónomo, dos de sus estrellas más brillantes, sino los resultados de la velocidad de las redes 5G que se están anunciando, con una transmisión de datos en tiempo real y avances previsibles muy importantes en la robotización de muchas de las tareas humanas —y, por supuesto, en el terreno militar, con un protagonismo absoluto de China y los EEUU; ya que el 70% del negocio derivado de la IA se va a concentrar en esos dos países.

Paralelamente, asistimos a una creciente automatización, de la que hace tiempo se dice que va a tener un impacto muy importante que en el mundo del trabajo, pero que tampoco suscita un gran debate ni el interés de nuestros gobernantes.

Como era de esperar, también aquí, en los tiempos del neoliberalismo digital, hay dos modelos que son la cara y la cruz: el empleo precario propio de la industria de sol y playa (y otras actividades precarizadas de la era digital tipo Globo o Deliveroo, de escasa productividad) y el empleo ligado a las nuevas tecnologías y a la innovación. Hoy, una brecha grande separa uno del otro, y pone de manifiesto la importancia y la vigencia de los sindicatos. Mientras uno es temporal y está muy relacionado con las estaciones del año, el otro suele ser más estable. Si bien es cierto que la revolución tecnológica está destruyendo muchos empleos, en contrapartida empieza a haber carreras universitarias cuyo nivel de desempleo se aproxima a cero. En los albores de la cuarta revolución industrial (Klaus Schwab), que se basa en la revolución digital y se caracteriza por la inteligencia artificial y el aprendizaje de la máquina, los cambios, que van a ser profundos, exigirán unos gobiernos cada vez más comprometidos con las universidades y con las empresas más innovadoras. Y también exigirán una reflexión de los agentes sociales que, a su cometido clásico de proteger a los asalariados y combatir las desigualdades, deberán añadir la promoción de una sólida formación de los ciudadanos, con dos objetivos: prepararnos para un proceso de reinvención laboral permanente y paliar los efectos negativos de las nuevas tecnologías sobre el empleo. Pese a que algunas de estas cuestiones nos dejen preocupados, sobre todo por su influencia en el terreno de la desigualdad, lo cierto es que la formación va a ser fundamental para afrontar los tiempos que vienen.

De modo que es cierto que nuestros centros educativos, desde la Formación Profesional a la Universidad, tienen un papel fundamental que cumplir. Es cierto, también, que con los avances tecnológicos disminuyen el número de los obreros industriales y que la formación continua es cada vez más importante para prepararnos para las profesiones del futuro. Y también es cierto que el empleo que se está creando, derivado de la revolución tecnológica, no está compensando la cantidad de puestos de trabajo que se están perdiendo; lo que tiene contrariados a los sindicatos, y sorprende sobremanera a cuántos, estudiosos de estas cuestiones, se preocupan de adaptarse a las condiciones del mercado laboral del siglo XXI. Al tiempo, en la aldea global, los llamados “sin papeles” o “inmigrantes ilegales” hacen los trabajos que nadie quiere hacer, ni siquiera los perdedores locales de la globalización.

Hace un año, la Organización Mundial del Trabajo alertaba sobre los riesgos crecientes de la precariedad, y decía que la incidencia del trabajo temporal estaba creciendo de manera especial en España (un 27% en 2017). En su informe, concluía: “La recuperación del empleo en España se hace primando los empleos de peor calidad”.

El profesor Fernando Broncano, que ha estudiado la distribución de la matriculación universitaria en 2012-14, nos da unas pistas muy interesantes sobre las relaciones entre la universidad y el mercado. En el blog Studia XXI escribe: “Los datos nos dan una imagen sobre la estructura económica del país, centrada sobre todo en los aspectos gerenciales más que productivos e innovadores (los alumnos matriculados en Ciencias sociales y jurídicas son el 47,6%)”.

La política a un nivel local no va a poder, por sí sola, afrontar todos estos temas. Ulrich Beck ha redefinido el concepto de política interior global para distinguir con mayor claridad dónde nos limitamos a restaurar lo antiguo y dónde le damos una oportunidad a lo nuevo. Para no lamentarse por los cambios que se hayan producido con el protagonismo de las nuevas tecnologías pero, al mismo tiempo, proteger algunas de las viejas costumbres. Especialmente importante es evitar la batalla entre viejos y nuevos modelos (taxi/VTC; migrantes/población local). Es lógico pensar que ante las nuevas formas de inter-dependencia político-mundial hacen falta instrumentos que trasciendan el Estado nacional.

La brecha salarial y el techo de cristal son una realidad a combatir también en las profesiones tecnológicas, como en el pasado en las industriales. Por estas y muchas otras razones resulta evidente que una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo que más debe preocupar a la izquierda es que seamos capaces de dar la batalla para reducir las desigualdades. Como dice Adela Cortina, “en esa tarea cabe utilizar la gran riqueza que aportan los progresos del mundo técnico, pero desde la libertad inteligente de una ciudadanía lúcida”.

En estas circunstancias, son muchas las voces que se alzan advirtiendo de la necesidad de otras políticas públicas. Para poder vivir del trabajo y crear empleo —se ha dicho por diferentes líderes europeos—, Europa debe financiar la innovación asignando al nuevo Consejo Europeo de Innovación un presupuesto comparable al de Estados Unidos.

Las consecuencias que se desprenden de aplicar unas u otras políticas tienen una gran trascendencia.

Pero, para empezar, ¿dónde está la necesaria colaboración entre nuestros gobiernos, las universidades y las empresas innovadoras? ¿Qué futuro se puede augurar a un país si su sistema educativo y su sistema productivo caminan disociados?

La conclusión es que el proceso no tiene marcha atrás, pero el viaje desde la revolución digital hacia una robotización avanzada no cuenta por ahora con las condiciones básicas para iniciarlo con posibilidades de éxito. No parece que nos estemos preparando bien para ese futuro próximo. En definitiva, tenemos una tarea difícil: priorizar entre nuestros objetivos la batalla de la I+D. Y para ello se necesita más i+F (innovación más formación).


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