Isabel Brito
El campo está en pie de guerra. Mucho han tardado quienes lo custodian en alzar la voz y poner en marcha los tractores iniciando un camino hacia la recuperación de sus derechos.

Políticas y medidas injustas adoptadas por gobiernos de todo signo han ido sembrando la precariedad en las vidas de las personas que aún mantienen el campo vivo.

La cuestión es el grado de conciencia que tiene la población sobre la importancia del trabajo del cuidado de la tierra.

En Andalucía, hay muchos municipios rurales cada vez más despoblados, y parecidos a las ciudades de cemento y asfalto que hemos ido construyendo. Las nuevas profesiones, los servicios que ofrecen las urbes, la comodidad, una idea de progreso que se asocia a la gran ciudad, al vehículo privado y las nuevas tecnologías, alejan a las generaciones del siglo XXI de los pueblos, el campo y la agricultura. Nunca ha sido la agrícola, una profesión fácil, sometida a la incertidumbre climática, a la bondad de las cosechas, a duras jornadas de trabajo, se asocia con un trabajo a realizar cuando ya no queda más remedio.

Por otra parte, es curioso que ya ni siquiera nos paramos a pensar de dónde vienen los alimentos. El acto de alimentarse no se valora y comer se hace rápido y sin mucha dedicación. Es frecuente leer que muchas grandes empresas han estudiado los hábitos alimenticios en diversos países europeos, y han vinculado la productividad con el tiempo dedicado a la comida, asociando menor tiempo a más productividad. Y sin embargo desde el ámbito de la salud se insiste en la necesidad de alimentarse bien, y se destaca el gran valor de la dieta mediterránea frente a la «comida rápida» y la relación de la calidad de la dieta con los ingredientes y el tiempo dedicado a su elaboración. Parece contradictorio, pero éste es el mundo en que vivimos.

La ganancia de tiempo ha pasado a ocupar un lugar prioritario en nuestra escala de valores frente a la salud y la buena alimentación. Sin embargo, esto no sucede o al menos, sucede menos cuando tenemos hijos. Empezamos a acudir a sus pediatras desde el comienzo de sus vidas con los controles del «niño sano». Unos controles basados en gran medida en la importancia que tiene el tipo de alimentación en el desarrollo físico y cognitivo de nuestros hijos. Llegamos a medir las cantidades de comida que les damos y seguimos todas las indicaciones médicas sobre los momentos idóneos para introducirles la carne, el pescado, la verdura o la fruta, siguiendo una estricta pauta de la que no nos salimos como garantía de salud. La pregunta es, porqué olvidamos esta buena práctica de alimentarnos bien cuando crecemos y qué podemos hacer para incorporarla de nuevo en nuestro día a día.

Se está hablando mucho estos días de comprar productos de temporada, de proximidad, en tiendas de barrio, a ser posible ecológicos, sin fertilizantes ni pesticidas. Una buena iniciativa puede ser proponer a nuestros Ayuntamientos la implantación de huertos urbanos, en barrios, parques o centros escolares, para empezar a reaprender de dónde proceden los alimentos. Si preguntáramos a algunos de nuestros hijos de donde salen las patatas, los tomates, las lechugas, es probable que muchos de ellos no supieran distinguir si de árboles, arbustos, plantas, si son bulbos, cómo son sus semillas, si son de verano o de invierno. Esto último ni nosotros mismos somos ya capaces de distinguirlo con claridad.

Este olvido programado al que nos somete el sistema alimentario actual no es casual y está hecho con toda la intención. Que olvidemos sabores, texturas, olores, es parte de la estrategia de venta dirigida al consumidor. Lo único que han mantenido y de forma artificial son los colores y los brillos. Unos brillos que impulsan la compra de productos sucedáneos de alimentos que entran por la vista camuflando su falta de cualidades nutritivas. Si además están revestidos de plástico y envase también vamos olvidando su tacto.

Recuerdo que antes, por el tacto y el peso identificábamos la calidad de las sandías o melones, y qué típico era tocar o probar la fruta que nos íbamos a llevar. Se priorizaba el sabor, el olor, el tacto y se compartía un momento singular que generaba confianza con nuestro tendero o tendera de toda la vida.

Para no seguir olvidando tenemos que ejercitar nuestra memoria, sembrando, cosechando, comprando saludable, saboreando y volviendo a dedicar tiempo a las etapas por las que pasa nuestra comida hasta llegar a la mesa, porque con las cosas de comer no se juega. Cubrir las necesidades que nos permiten sostener la vida es lo primero, porque somos lo que comemos.

Isabel Brito. Coportavoz de EQUO Verdes Andalucía y Miembro Red EQUO Mujeres