La decisión de Soraya Sáenz de Santamaría de abandonar la política, que comunicó este lunes al líder del PP, Pablo Casado, alivia a la nueva dirección, deseosa de cerrar públicamente la etapa de Mariano Rajoy.

La ex vicepresidenta del Gobierno continúa en el imaginario del Partido Popular y de la población como adalid de Mariano Rajoy e iba a seguir plenamente vinculada al ex presidente del Gobierno. Su situación como diputada de base era insostenible.

Casado ha ido recolocando las piezas de los equipos anteriores, pero midiendo siempre que la integración no afectara al objetivo de rodearse de leales, eliminando a los críticos. María Dolores de Cospedal es la que mejor parada ha salido en el reparto porque siguen abiertas las expectativas sobre su candidatura a Europa y todos sus colaboradores han encontrado acomodo en el nuevo PP.

Durante las últimas semanas empezaron a moverse las especulaciones sobre su candidatura por la Comunidad de Madrid, pero es algo que nunca estuvo encima de la mesa de Génova. Casado necesita obtener un buen resultado en Madrid, pero de su equipo. Su endeble dirección, rodeada en todo momento de la polémica de los máster, no puede dejar fisuras y Madrid sería una enorme. Algo parecido a lo que ocurrió en la etapa de Rajoy con Esperanza Aguirre.

Ayer, Casado y Sáenz de Santamaría envolvieron en muy buenas palabras el anuncio de la despedida de esta última, pero la relación entre ellos ha sido públicamente desagradable y tensa, molesta para cada uno de ellos, desde el Congreso de la sucesión. La interferencia entre bambalinas de Rajoy en la recta final del proceso congresual no ayudó a arreglar las cosas.

Sáenz de Santamaría ha estado en los dos gobiernos de Rajoy y ha sido la mujer que más poder ha acumulado en la política española. Con ella se acaba el “marianismo”. Antes de irse ha dejado integrados en el PP de Casado a casi la totalidad de los ‘sorayos’. Es el caso, entre otros, de Cristóbal Montoro, Íñigo Méndez de Vigo y José Luis Ayllón. Solo queda por sumar a Fátima Báñez

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