Iria Bouzas

Ayer me acosté pensando en C y me he levantado pensando en ella.

Ayer me acosté pensando en la chica de Pozoblanco que está a la espera de su juicio por violación de La Manada, y me he levantado pensando en ella.

Ayer me acosté pensando en todos los hipócritas que se pasaron días y días criticando al juez alemán que había soltado a Puigdemont y que ayer nos decían a las mujeres que no teníamos derecho a cuestionar una sentencia judicial que a todas luces es injusta. Espero que, aunque su ideología les importa tanto como para convertirse en incoherencia hecha esencia, en sus fueros internos sigan prefiriendo que si sus hijas se encuentran una madrugada solas por la calle con alguien, este alguien sea Puigdemont y no alguno de los sujetos de La Manada.

Ayer también me acosté pensando en las mujeres de mi vida. En mi abuela, mi madre, mis primas, mis amigas o mis compañeras de trabajo. Me acosté pensando en todas las niñas que conozco y en las que no conozco. En las mujeres que me rodean pero también en todas las que viven lejos de mí, padeciendo miles de vejaciones y torturas solo por el hecho de ser mujeres.

A muchas de esas mujeres, cada puntada les ha supuesto un gramo más de rabia con la que alimentar su motor interno

Ayer me acosté enfadada. Hoy me he despertado enfadada y dolorida.

Hoy me he despertado, me he vuelto a tapar y me he quedado unos minutos más metida ahí debajo intentando esquivar la idea de tener que volver a enfrentarme con la realidad. Cuando he tenido el valor de abrir los ojos y volver a estar en este universo cruel e injusto, he necesitado desesperadamente prepararme un café.

Mientras la cafetera humeaba, he intentado no pensar en todas las cosas que rondaban por mi cabeza desde la noche de ayer, pero ha sido imposible. “Somos costureras” me he dicho a mí misma una y otra vez. “Somos costureras que han aprendido a remendarse las heridas y seguir viviendo con ello”.

Para mí, ser feminista no es una opción, es una obligación. Pero es una obligación hermosa que ha traído a mi vida ejemplos de mujeres autoremendadas que han conseguido que sus cicatrices hayan formado el más hermoso de los cuadros: ellas mismas.

Mujeres que han sido maltratadas y golpeadas. Mujeres que han sido cruelmente violadas. Mujeres víctimas de abusos. Mujeres que en algún momento tuvieron el alma hecha jirones pero que decidieron sacar la aguja y el hilo y punto tras punto, despacito y entre lágrimas, se han ido recomponiendo a sí mismas. A muchas de esas mujeres, cada puntada les ha supuesto un gramo más de rabia con la que alimentar el motor interno que les ha empujado a estar ahora luchando y peleando por lo que es justo.

Muchas generaciones de mujeres somos el resultado de haber curado, como hemos podido o como hemos sabido, todas nuestras heridas. De hecho, muchas de ellas siguen abiertas supurando y otras ya cerradas, son cicatrices que no dejan de tirarnos de la piel recordándonos lo que un día significaron.

Pero por primera vez en la Historia, las cosas van a cambiar de verdad.

Ayer me acosté pensando en C y hoy me he levantado pensando en ella.

Y si estoy tan segura, es porque hay que ser muy ingenuo, muy idiota y muy básico para creer que se puede asustar a quien ya vivió el mayor de los miedos y siguió peleando. O que se puede amenazar con destrozar a quien ya estuvo rota en mil pedazos y que se ha vuelto a reconstruir a base de un pegamento que es indestructible porque está hecho de lágrimas, sangre y pena.

Hoy, como a vosotras, me duele el alma y estoy cansada.

Mañana, como vosotras, sabré dejar el cansancio a un lado para dejarle paso a la rabia y las ganas de cambiar el mundo.

Hermanas, mis heridas, mis cicatrices y yo, también estamos a vuestro lado. Recordad siempre que ninguna estamos solas.

 

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