Iria Bouzas

Si hoy saliese algún repartidor de Glovo en la televisión diciendo que él está feliz haciendo repartos por una miseria, trabajando como falso autónomo y dejándose la piel y la salud para malcomer mientras duerme en un cajero no le creeríamos. Pensaríamos, y seguramente de forma acertada, que está pagado por alguien para hacer publicidad que blanquee la imagen de un negocio que a todas luces es explotador.
Pero curiosamente cuando una prostituta dice que ella ejerce la prostitución porque quiere, normalmente no se cuestionan esas palabras.

“¿Ves? Es puta voluntariamente. Le gusta. No hay más que hablar”

Pues sí todavía hay mucho más que hablar y vamos a hacerlo pese a que universidades como la de A Coruña pretendan hurtarnos la voz dándole espacio solo a aquellos que se dedican a publicitar la explotación intentando equipararla a una salida laboral cualquiera.

Lo primero que debemos hacer es plantearnos por qué no creemos inmediatamente al “repartidor feliz” de Glovo y sí a la “prostituta vocacional”

Pues muy sencillo. Porque asumir que la prostitución es una forma primaria de explotación implica la necesidad de cambiar el paradigma que la permite y hay una gran parte de la sociedad que quiere que esta siga existiendo.

Las prostitutas existen porque existen los puteros.

Un señor (por nombrarlo de alguna manera) que busca a una mujer aterida de frío que lleva horas y horas en una rotonda medio desnuda y a merced de cualquiera, para que le haga una mamada por cinco euros, necesita que esa mujer esté en una situación de vulnerabilidad. Si ese mismo señor (por llamarle de alguna forma) viene a buscarme a la oficina en la que trabajo un miércoles a las diez de la mañana y se baja los pantalones mientras me ofrece un billete sucio y roto de cinco euros, saldría de allí esposado en un coche de policía y más que probablemente,con la mitad de la cara amoratada.

Ambas somos mujeres. La que está en la rotonda y yo. Pero yo no soy vulnerable y de mí no puede abusar sin que eso sea un delito y sea perseguido. En cambio, ahora mismo de ella sí se puede abusar y nadie paga penalmente por ello.

Las prostitutas existen porque existen los proxenetas.

Hay carreteras de este país que no necesitan alumbrado público. Con las luces de colores de los clubes de carretera es suficiente. Hay muchísimos.

Existe un negocio inmenso que se sustenta en la necesidad de explotar sexualmente a mujeres. Mafiosos y sinvergüenzas que cada año traen a cientos o miles de mujeres de otros países para ser maltratadas y violadas por clientes que imagino que se justificarán a sí mismos con argumentos de lo más peregrinos cada vez que salen de allí.

Mujeres inmigrantes. Mujeres toxicómanas. Mujeres pobres y desesperadas.
Todas ellas susceptibles de aceptar el asqueroso billete de cinco euros de las asquerosas manos de su propietario.

Las prostitutas existen porque existen otras prostitutas.

Los peores latigazos que recibían los esclavos de las plantaciones provenían de otros esclavos que habían llegado a ser capataces.
Vemos en los medios de comunicación a mujeres hablando de la “prostitución de lujo” y generamos categoría de todo ello.

Si usted gana mucho dinero ejerciendo la prostitución y es feliz con ello nada que decir por mi parte. Aunque lamento ser yo la que le explique que es usted la paria de los triunfadores. El neoliberalismo este asqueroso va de hacerse rico explotando a los demás, no a uno mismo.

Pero si a usted le vale y le va bien, por mi parte nada que objetar. No soy quien de meterme en su vida. Salvo en un punto. El de recordarle que usted no puede sustentar la legitimación social y ética de su actividad en la explotación de otras personas.

Si usted ejerce la prostitución libremente sigue estando obligada moralmente a denunciar que la mayoría de las mujeres que lo hacen es coaccionadas de una u otra manera. De lo contrario es como si usted fuese el dueño de Amazon justificando que el repartidor de Glovo no está explotado porque “él también reparte cosas y le va bien”.

Soy abolicionista y no quiero prohibir la prostitución.

No quiero quitarle el pan de la boca a nadie. No quiero imponer mis ideas y no quiero obligar a nadie a nada. Bastante trabajo tengo yo para saber cómo gestionar mi vida como para dedicarme a gestionar la vida de los demás.

Eso es lo que les dicen a ustedes todos aquellos que necesitan ensuciar mediáticamente mis ideas para poder seguir defendiendo su negocio o su ejercicio de la explotación, que las abolicionistas queremos prohibir cosas.

Yo ni quiero prohibir la prostitución ni quiero prohibir debates en universidades públicas. Eso sí, ya que son públicas, lo que quiero es que si se hacen esos debates se representen todas las voces incluida la mía.

Y ya que estoy hablando de lo que quiero, no está de más recordarlo.

Quiero unos servicios sociales dotados de los recursos necesarios y en los que cualquier persona que lo requiera, en este caso mujer vulnerable, acuda y encuentre una solución inmediata.

Quiero una Justicia y unas Fuerzas de Seguridad del Estado que persigan la trata. Quiero que cualquier miembro de ambas no entre en un prostíbulo más que para hacer detenciones cuando así lo ordene un juez.

Quiero una renta básica para las personas en situación de exclusión que les permita vivir dignamente sin tener que mercantilizar sus cuerpos.

Quiero un programa de reinserción dotado de medios para estas mujeres si lo desean.
En resumen, quiero un sistema social que te proteja inmediatamente de las garras de los depredadores que acechan para explotarte en cuanto tengas necesidad de sobrevivir.

En ese momento, cuando esta estructura esté creada, quien quiera prostituirse que lo haga. Pero si mientras llegamos a ese punto simplemente le otorgamos a la prostitución el mismo estatus que a cualquier otro trabajo, ¿por qué vamos a tener que preocuparnos de ellas más que de otro trabajador cualquiera?

Las prostitutas no merecen la misma protección social que el resto de trabajadores. Merecen y necesitan más porque están en una posición mucho más desprotegida y vulnerable de lo que estoy yo sentada en mi oficina delante de la pantalla del ordenador.

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3 Comentarios

  1. Soy trabajadora sexual. No llego a ser una acompañante de lujo, pero tengo buenos ingresos económicos y no me considero explotada.

    Estoy de acuerdo en que la trata de blancas y prostitución infantil debería perseguirse con todos los recursos posibles. Pero la prohibición de la prostitución, incluso persiguiendo únicamente la demanda, nos empuja a todas las trabajadoras sexuales a la clandestinidad. Sólo beneficia a las mafias.

    Cualquier grupo que busque la prohibición está muy lejos de la realidad, o siendo conscientes de la realidad, la ignoran para justificar vete a saber qué (sueldo, más votos…).

    A las realmente afectadas se nos censura y no podemos manifestarnos por el estigma que se está creando de nuestra profesión. ¿Es feminista callarnos la boca y empujarnos a todas a la clandestinidad? A mi no me parece feminista.

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