Juan Ignacio Codina
Subdirector y cofundador del Observatorio Justicia y Defensa Animal
Autor de PAN Y TOROS. Breve historia del pensamiento antitaurino español

Tras las recientes decisiones judiciales de tribunales comunitarios, en nuestro país ha resurgido un movimiento absurdo que aboga por que España salga de la Unión Europea. Y lo han hecho llamar Spanxit. Estos lumbreras, generalmente de las opciones políticas más rancias, casposas, cerradas e ignorantes —es decir, de derechas—, aducen que España ha perdido su soberanía al enmarcarse en la legislación comunitaria. Seamos francos, la mayoría de ellos son tan brutos que creerán que el Spanxit es un medicamento contra la diarrea. En fin, este artículo no pretende refutar desde un punto de vista racional a estos exaltados, porque ello supondría dar validez a sus posturas radicales. No. De lo que se trata es de denunciar que este movimiento, que pretende aislar a nuestro país del resto del mundo, no es, ni mucho menos, nuevo. Es más, los intentos de tibetanizar a España, es decir, de alejarla de Europa y de todo lo que se le parezca, han sido recurrentes a lo largo de nuestra historia, y siempre han perseguido el mismo objetivo: incomunicar al pueblo español para poder ejercer sobre él un dominio sin ningún tipo de resistencia.

Detrás de estos intentos, por supuesto, siempre han estado los mismos: los reaccionarios, los inmovilistas, los que ostentan los privilegios, los que temen el cambio porque cualquier modernización social, política, cultural o económica, supondría una seria amenaza para sus prerrogativas, para su “sofisticado” modo de vida. Así, cada vez que un movimiento europeo ha abogado por la transformación del continente, desde el Renacimiento hasta la Ilustración, en España, estas fuerzas —que siguen actuando hoy en día— han hecho lo imposible para mantener a nuestro país aislado frente a esos nuevos aires, que eran vistos con pavor por la Iglesia —la Inquisición—, por la monarquía —los Borbones— o por los poderes económicos —terratenientes, nobleza, aristocracia—. Es decir, los mismos de siempre. Y, detrás de ellos, una parte del pueblo, desde la ignorancia y el resentimiento, y envueltos en una falsa idea de identidad española, de banderas y de nacionalismo barato, se lo han creído, y han seguido sus pasos.

Para analizar históricamente estos intentos de aislamiento centrémonos, por ejemplo, en la Ilustración europea. Mientras esta corriente de renovación trataba de sustituir la superstición y el fanatismo religioso por el pensamiento racional y la ciencia, e intentaba terminar con espectáculos públicos de tortura de animales —como los festejos taurinos—, en España se pusieron todo tipo de impedimentos para que estas ideas penetraran en nuestro país. ¿Quiénes los pusieron? Ya lo he dicho, los de siempre: los poderes políticos, económicos y religiosos. Es decir, lo señalo una vez más, la Iglesia, la Corona y los terratenientes, y punto. No se puede decir más claro. Así, a partir del siglo XVII comenzó lo que el mismísimo Ortega y Gasset definió como la tibetanización de España. Dicho de otro modo, el pueblo español debía quedar al margen de todo avance cultural y educativo, de todo progreso, de toda transformación, no fuera a ser que los que ostentaban los privilegios los fueran a perder si al pueblo le daba por empezar a pensar por sí mismo. Otro gran filósofo, José Luis López Aranguren, por cierto, también denunció este fenómeno tibetanizador de España. Y, por supuesto, estos reaccionarios, estos tibetanizadores, usaron la tauromaquia como arma de distracción masiva. Y, a la vista está, lo hicieron muy bien.

Durante estos últimos meses he tenido la suerte de poder recorrer medio país hablando de mi trabajo y de mi libro, Pan y Toros. Breve historia del pensamiento antitaurino español (Plaza y Valdés Editores) —aquí, la cita de mi libro era totalmente innecesaria, a todas luces se trata de una cuña metida con calzador, pero ahí se queda, y un saludo a mi editor—. La cuestión es que, en todos estos viajes, no me he cansado de repetir una y otra vez la misma idea: los poderes fácticos nos quieren secuestrados frente a cualquier iniciativa de pensamiento, frente a cualquier atisbo de reflexión, de emancipación y de crítica. Un pueblo embrutecido e ignorante, aislado, es más fácil de engañar y, sobre todo, de robar. Esta es la triste historia del pueblo español, sometido durante siglos a los abusos de caciques, señoritos y poderosos.

Como digo, esto no es nuevo. Se lleva denunciando desde hace siglos. Ahora se me vienen a la cabeza, por ejemplo, los nombres del vehemente Eugenio Noel y sus campañas antitaurinas a comienzos del siglo XX, o el del ilustrado León de Arroyal, por poner otro ejemplo, quien, en su carta apologética conocida, precisamente, como Pan y Toros, ya denunciaba este asunto a finales del XVIII. Su texto, que fue incansablemente perseguido por la Inquisición y que, precisamente por ello, tuvo que circular clandestinamente en copias manuscritas, supone una memorable denuncia de que España se estaba quedando al margen de Europa, enrocándose en su atraso, regodeándose en su aislamiento. Así, Arroyal escribe que, mientras ingleses y franceses, «insaciables  de riquezas y prosperidad viven esclavos de las artes y del comercio; estos [los españoles], satisfechos de su pobreza y escasez, se entregan libremente a la holganza y a la inacción», y a la tauromaquia.

Seguramente la Unión Europea no sea una panacea ni la solución a todos los problemas, pero una cosa debe quedar meridianamente clara: si los patriotas reflexivos —los auténticos patriotas, como diría Azorín— consideramos que nuestro país todavía debe mejorar mucho, imaginémonos cómo estaríamos si no formáramos parte de la Unión Europea. Tal vez seguiríamos como a comienzos del siglo XIX, cuando el Borbón Fernando VII instauró una férrea censura y clausuró la mayoría de periódicos, restaurando la Inquisición, cerrando las universidades y, eso sí, inaugurando una escuela de tauromaquia en Sevilla porque, si había que “escolarizar” a los españoles, al menos que fuera empollando la barbarie taurina, no vaya a ser que aprendan cosas tan perniciosas como sumar, leer o restar. Cualquiera les engañaría si supieran todas esas nocivas y perjudiciales cosas que se aprenden en los libros. Entonces esto sería un sindiós, no habría modo de seguir robándoles, y hasta ahí podíamos llegar. No, lo mejor es cerrar las universidades y, a cambio, entretener a la gente con la sangre del toro, que es una droga, y de las más duras, como dijo Ortega y Gasset.

Por cierto, este fenómeno de aislamiento tibetanizador de España explicaría por qué, por ejemplo, la primera sociedad protectora de animales de nuestro país no se constituyó hasta 1872 —fue en Cádiz—, mientras que la primera del mundo, la de Londres, se había creado muchos años atrás, en 1824, y la de París, otra capital europea de referencia, en 1850. España, ya se ve, siempre muchos años por detrás de Europa. La tibetanización es lo que tiene.

De hecho, a lo largo de los siglos, muchos autores españoles miraron hacia Europa con cierta melancolía, por no decir con envidia. Mientras en el continente se fomentaban el pensamiento libre, la cultura, la lectura, la música o el teatro, en nuestro país se impulsaban casi exclusivamente los festejos taurinos. Mariano José de Larra, que se había educado en Francia y que tenía dos dedos de frente, fue uno de estos autores que querían que España se mirara en el espejo de Europa. Pero hay muchos otros. Desde Jovellanos a Unamuno, desde Giner de los Ríos a Joaquín Costa pasando, por ejemplo, por el destacado jurista, escritor y político abulense del siglo XIX Eugenio de Tapia, quien llegó a escribir en uno de sus poemas, y  con una finísima ironía: «No me hables de Londres/ De Roma y París/ Que toros no lidian/ Los hombres allí/ ¡Dichoso el que puede/ Gozar en Madrid/ Función tan gloriosa/ Que empieza en Abril!». Dicho de otro modo: en Londres, Roma o París tendrán ciencia, cultura e ilustración pero ¿y qué?, sólo en España se puede “gozar” de las “gloriosas” corridas de toros. Chúpate esa Europa, te chinchas. Vosotros tendréis a Eiffel, a Pasteur, a Marie Curie o a Darwin, pero nosotros tenemos al Gallito, al Bombita, al Tato y a Pepe Hillo. Envidia cochina, ¡ea! Dejadnos con nuestras supersticiones, con nuestros fanatismos religiosos, con nuestras quemas de herejes, con nuestras bellas costumbres tauromáquicas, y quédense ustedes con la ingeniería, la filosofía, el arte y la civilización. Estos europeos son tontos, pudiendo elegir se quedaron con el trabajo, el estudio y la cultura, mientras España se quedaba con la fiesta, el fandango, la misa diaria, el rosario, la castañuela, el vinito y la corrida de toros. Y ahora, siglos después, nos quejamos de que no nos tomen en serio. En fin.

En esta misma línea, los que pretendían el aislamiento de España solían sostener que los europeos, que eran muy malos, tenían envidia de nuestras tradiciones porque ellos no disfrutaban de la tauromaquia, que era cosa muy española y que, por tanto, ardían de rabia ante la felicidad del pueblo español. Sí, era felicidad, pero la felicidad del idiota, la despreocupación del ignorante. Así cualquiera es feliz. Y, mientras tanto, los poderosos a lo suyo: cuanto más idiota sea el pueblo, tanto mejor, no para el país, sino para sus intereses particulares.

Lo cierto es que España hace siglos que dejó de pintar algo en el concierto internacional. Mientras hubo un tiempo en que el mundo se regía por la barbarie, por la guerra, por la espada y por la cruz, España tuvo mucho que aportar, pues a bárbaros no nos gana nadie. Pero, llegado un momento, con la revolución industrial, el mundo cambió sus parámetros: del hacha, la lanza, la tauromaquia, la navaja y el garrotazo se pasó a la industrialización, a la invención y al progreso. Los poderes públicos españoles promovieron la tauromaquia en vez de fomentar la innovación y el desarrollo industrial, científico y educativo. Desde aquel momento, nuestro país perdió el tren de la historia, y se convirtió en el hazmerreír de medio mundo, precisamente del medio mundo más desarrollado. Y, hoy en día, seguimos igual, e incluso peor, porque los que quieren dar la espalda a Europa son los mismos que ahora han metido como asignaturas en los colegios de primaria la caza y la tauromaquia. Como hizo Fernando VII. Ni más ni menos. Para estar a la misma altura de aquel infame rey, solo les quedaría restaurar el Santo Oficio, que seguro que ya están en ello.

En todo caso, este nuevo intento de aislamiento de nuestro país no es una mera pataleta, y no debe ser tomado a la ligera. De hecho, lo primero que hace una secta cuando capta a un individuo es aislarle, apartarle de sus seres queridos, secuestrarle física y mentalmente. Al hacerlo así, el individuo puede ser manipulado mejor. Esto es de primero de sectas. Y esto, precisamente, es lo que quiere esta gente, solo que el individuo, en este caso, es el pueblo español. Debemos plantarles cara. Europa, aún con sus cosas malas, debe ser el referente a seguir. España no puede ser secuestrada por esta secta que pretende aislarnos para manipularnos, robarnos y engañarnos.

España no puede permitirse el lujo de seguir perdiendo trenes. Porque, como ha sucedido en cada momento histórico en el que en nuestro país se ha combatido lo “viejo” para que se instaure lo “nuevo”, los inmovilistas y los reaccionarios se han opuesto para no perder sus privilegios. Y, en todo esto, las corridas de toros han tenido una importancia esencial. La barbarie taurina ha sido el opio del pueblo español durante siglos, y por eso han sido señaladas como síntoma de una ferocidad atávica y como un lastre para el progreso social y moral del país. No es casualidad que los sectores que más defienden el Spanxit sean, precisamente, los mismos que quieren que nuestros hijos e hijas saquen matrículas de honor en tauromaquia y en caza. Una vez embrutecidos, una vez deshumanizados, estos niños y niñas ya formarán parte de la secta taurina, de la secta del mal. Y, mientras tanto, España seguirá sin salir de su miseria. Debemos hacerles frente, y cuanto antes empecemos, mejor. O corremos el riesgo de volver, como mínimo, al siglo XVI, si es que no estamos ya en él.