La recuperación de la actividad en amplias partes del mundo parece haber servido de bálsamo a los precios del crudo -precios que a finales de abril se desplomaron y que hicieron creer a los más ingenuos que era una especie de canto de cisne de la era de los combustibles fósiles-, y ya alcanzan algo más de 40 dólares por barril en el caso del West Intermediate Texas -WTI- y supera los 43 dólares por barril en el caso del Brent.

Si bien es verdad que el petróleo es la piedra angular en los presupuestos de muchas áreas del globo que podríamos denominar en vías de desarrollo, no es menos cierto que hay pruebas bastante concluyentes -en ciencia no hay dogmas de fe, pero con ella podemos acercarnos mucho a una auténtica certeza- de que su uso intensivo es uno de los principales culpables del cambio climático, cambio que por sus efectos perniciosos es especialmente gravoso en países pobres, por no hablar de que su extracción y transporte es especialmente contaminante para los distintos ecosistemas.

El comportamiento de la cotización del crudo durante la pandemia

Estos meses han sido una montaña rusa para cualquiera que haya estado negociando con petróleo ya sea realizando trading con CFDs, comprando acciones o invirtiendo en ETFs. Si el Brent y el WTI comenzaron el año con el barril por encima de los 60 dólares y ambos soportaron con bastante soltura la tensión bélica Irán-USA, la guerra comercial USA-China y el avance del coronavirus por el gigante asiático, parece que la extensión del virus por Europa primero y el salto al resto del mundo después supuso un golpe demasiado duro para ambos, y los precios terminaron por desplomarse en el último tercio de abril. Los futuros del WTI llegaron a marcar precios negativos por un breve periodo de tiempo y obligaron a algunos estados a tomar medidas proteccionistas enérgicas.

El barril criollo argentino

El barril criollo -se denomina barril criollo a aquel que tiene un precio sostén fijado por el gobierno para garantizar de esta forma que extraer el petróleo continúa siendo rentable- volvió a estar vigente en la Argentina desde principios del pasado mayo hasta final de año o hasta que la cotización del barril supere los 45 dólares durante diez días consecutivos, lo que ocurra primero.

La medida se tomó principalmente por dos razones; la fuerte presión política de las provincias petroleras en el gobierno de la nación y por la práctica paralización de la industria por las medidas anti-COVID-19, medidas que por otra parte han sido recientemente endurecidas para evitar o cortar un repunte en los contagios. Dado que las perspectivas económicas para Argentina este año son malas y que vencen algunos plazos de los pagos de una nada desdeñable deuda externa habrá que ver cómo afecta a la economía en su conjunto este “rescate” gubernamental, entre cuyos objetivos se encuentra el evitar despidos de un personal altamente cualificado que podría recolocarse fácilmente en otras industrias petroleras -una de las consecuencias más insidiosas de la mala gestión de PDVSA ha sido la descapitalización de una parte importante de su talento humano-.

Repsol no termina de levantar cabeza

Ya en nuestro país vemos que la petrolera más importante de España no consigue ni acercarse a los valores que marcaba la acción a principios de año, a pesar de que la diversificación de sus actividades, alianzas estratégicas con empresas de primer orden –Repsol y KIA han llegado a un acuerdo para la instalación de puntos de recarga de coches eléctricos– y la búsqueda por parte de la petrolera de combustibles más limpios o directamente sostenibles deberían tener un impacto significativamente más positivo en su cotización en bolsa. Aunque en honor a la verdad es cierto que se encuentra alejada de los 6 euros que marcó la acción el 19 de marzo.

Una posible explicación podría ser el miedo de los inversores a comprometer su dinero en un momento en el cual la incertidumbre podría dejar atrapado el capital en activos poco o nada rentables, y la querencia de los mismos por conservar efectivo para poder aprovechar posibles oportunidades de inversión o por el miedo de no poder convertir las acciones en líquido rápidamente si fuera necesario.